Los días contados de Trump

El aire político en Washington tiene el espesor de la mermelada de frambuesa: densa, cargada de olores y difícil de tragar caliente. Algunos se molestarán al leer este texto, otros se alegrarán, creo que en mayoría.
Lo cierto es que Donald Trump gobierna entre ecos de tribunales y titulares de prensa, mirando hacia un horizonte que se le estrecha cada semana. Lo que comenzó como un segundo intento por restaurar el sueño perdido del poder absoluto hoy se parece más a un lento desmoronamiento público.
Los documentos vinculados al caso Epstein —las sombras que nunca se disiparon del todo— han vuelto a la superficie con fuerza devastadora. Fotografías, registros de vuelos, testimonios cruzados: un archivo que parecía enterrado reaparece ahora en manos de fiscales federales y periodistas obstinados. Las aberraciones de los tiempos en que era amiguito de satán lo persiguen.
Las voces dentro del propio Partido Republicano hablan de “daño estructural” y de una presidencia sostenida por el hilo de la negación, con un concepto MAGA en destrucción.
A estos escándalos se suma otra tormenta: las investigaciones abiertas sobre la operación secreta que habría llevado al secuestro de Nicolás Maduro en suelo extranjero. El hecho, filtrado por antiguos asesores del Departamento de Defensa, coloca al presidente en el centro de un dilema diplomático de proporciones históricas.
Las capitales latinoamericanas observan con cautela mientras en Washington los analistas se dividen entre quienes hablan de un exceso de poder mal administrado, alevoso e impune y quienes temen un colapso inminente que arrastre tras de sí a la otrora potencia que mostraba valores universales mientras despedazaban la vida de niñas y bebés en actos canibalescos y pedofilos.
Propaganda o no políticamente Trump está cada vez más aislado. Su entorno inmediato ha reducido las apariciones públicas y los discursos improvisados son seguidos de desmentidos apresurados. El brillo populista que lo sostuvo en sus años de confrontación masiva parece haberse oxidado bajo la presión simultánea de los juicios y las filtraciones.
Algunos observadores calculan que su salida podría precipitarse hacia mediados de año, por agotamiento político o por incapacidad mental manifiesta. Otros, más prudentes, hablan de un tenebroso “vía crucis presidencial” que podría extenderse hasta los últimos meses del mandato. Seguro es que los demócratas recuperarán el Congreso.
Lo cierto es que, detrás de las cámaras y los intentos de control del relato, se percibe una figura desfondada, con salideros imparables, un hombre que alguna vez creyó dominar el tablero y que ahora se asoma al abismo de su propia historia.
En el silencio del Salón Oval, dicen, el presidente mira cada vez con menos convicción los retratos de aquellos que lo precedieron, presidentes que gobernaron, para los estándares Norteamericanos, con decoro. El poder, como la gloria, tiene fecha de caducidad. Y la de Trump, todo indica, se aproxima con la implacable serenidad de los finales inevitables.
Las figuras que le circundan ya sienten el barco haciendo aguas. Para los que se preocupan, Cuba sobrevivirá a esta situación, cuestión de tiempo, inteligencia y esa manera genuinamente cubana de resistir.




