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La votación contra el bloqueo bajo la lupa: presión de EE.UU. y giros políticos en América Latina

La resolución contra el bloqueo estadounidense obtuvo 130 votos a favor, su nivel más bajo en tres décadas. Diecisiete países votaron en contra y 25 se abstuvieron. El cambio no se explica solo por el debate sobre Cuba: responde a una ofensiva diplomática de Washington y a una ola de realineamientos políticos en América Latina.

La trigésima cuarta votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU) sobre la resolución que exige el fin del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos contra Cuba culminó con una victoria contundente para La Habana con 130 votos a favor. A pesar de que el bloqueo mantiene su carácter unilateral y extraterritorial, la mayoría absoluta de los países miembros volvió a respaldar la resolución que lo califica de violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas.

Es cierto que el apoyo cayó respecto a años anteriores y que 17 países votaron en contra, mientras que 25 se abstuvieron y 21 no participaron. Pero el resultado global debe leerse en su justa dimensión: 130 naciones —más de dos tercios de la Asamblea— se mantuvieron firmes en su condena al bloqueo, desafiando una de las campañas de presión diplomática más agresivas desplegadas por Washington en décadas. La victoria es de Cuba, pero también de la legalidad internacional y del principio de no intervención.

Resultados de la votación contra el bloqueo llevada a cabo el 28 de octubre del 2026.

Una ofensiva diplomática sin precedentes

El aumento del bloque opositor —de siete a diecisiete países— no responde a un cambio de conciencia global sobre Cuba, sino a una ofensiva coercitiva sin precedentes. La delegación estadounidense ante la ONU, encabezada por el embajador Mike Waltz y secundada por el Secretario de Estado Marco Rubio, desplegó una diplomacia transaccional que condicionó la continuidad de preferencias arancelarias, paquetes de ayuda económica y exenciones migratorias al alineamiento de los países con la posición de la Casa Blanca.

El secretario de Estado estadounidense Marco Rubio (I) y el embajador de EEUU ante la ONU Mike Waltz (D) en una comparecencia ante la prensa en 2025.

Las advertencias incluyeron amenazas de aranceles del 30% a cualquier nación que provea combustible a la isla, restricciones de visados para funcionarios y sus familias, suspensión de programas de cooperación, e incluso apoyo a partidos de oposición en elecciones futuras. Washington también reforzó el cerco comercial mediante órdenes ejecutivas para sancionar a empresas de terceros países que comercien con Cuba, una medida que agravó la crisis energética y afectó directamente a la población cubana.

Esta combinación de presión económica directa, amenazas de sanciones secundarias e intenso lobby diplomático fue el catalizador decisivo para que muchos gobiernos reconsideraran su voto histórico. No se trató de un análisis soberano sobre los méritos de la resolución, sino de un cálculo de costos y beneficios frente a un actor que controla mercados, visas y programas de asistencia.

Argentina: el más fiel subordinado de Whashington en Latinoamerica

El caso argentino es el más emblemático de cómo la presión y la lealtad ideológica pueden torcer la política exterior de un país. Históricamente considerado una nación amiga de Cuba, Argentina votó en contra de la resolución tras un giro doctrinario impulsado por el presidente Javier Milei. El punto de quiebre ocurrió cuando la entonces canciller Diana Mondino votó a favor de levantar el bloqueo en 2024, en línea con la tradición diplomática argentina. Horas después, Milei la destituyó.

El presidente argentino Javier Milei junto al mandatario estadounidense Donald Trump en octubre del 2025.

Con la llegada de Pablo Quirno a la Cancillería, Argentina adoptó una línea de alineamiento explícito con Washington y Tel Aviv. El gobierno argumentó que mantener el bloqueo es coherente con su condena a lo que considera un «régimen que no respeta las libertades democráticas». Más allá de la retórica oficial, el episodio demostró una lealtad ciega a Donald Trump y su subordinación a las ideologias de la Casa Blanca.

Colombia, Costa Rica y Ecuador: seguridad y asistencia como moneda de cambio

En Colombia, el cambio de voto respecto de 2025 estuvo vinculado a un acercamiento estratégico con Washington y el inicio de un gobierno de ultraderecha. La representación diplomática colombiana pasó de respaldar la resolución a oponerse, en un contexto de negociación de acuerdos de cooperación en seguridad e incentivos comerciales con Estados Unidos. Una dinámica similar se observó en Ecuador y Costa Rica, cuyos ejecutivos pasaron de la abstención al voto en contra directo.

El presidente colombiano Abelardo de la Espirella es ciudadano estadounidense por naturalización, después de haber vivido 10 años en Miami, Florida.

De acuerdo con análisis de la votación, ambos países condicionaron sus decisiones a la consolidación de paquetes de asistencia financiera y militar otorgados por el Departamento de Estado estadounidense para combatir el crimen organizado transnacional. Paraguay, por su parte, ratificó su voto negativo en sintonía con su estrategia de fortalecimiento de lazos económicos y políticos con la Casa Blanca.

En todos los casos, la presión externa y los intereses bilaterales primaron sobre el principio de condenar un bloqueo que afecta a millones de cubanos.

Trinidad y Tobago: la fractura en el Caribe

El quiebre de la cohesión regional también llegó al Caribe. Trinidad y Tobago rompió una tradición de más de treinta años de apoyo a la resolución cubana y se convirtió en el primer país de la CARICOM en votar en contra.

Su decisión estuvo marcada por la vulnerabilidad energética, la dependencia de acuerdos de patrullaje marítimo con las Fuerzas Armadas estadounidenses y la presión para supervisar el tráfico comercial en la región.

Abstenerse también es cambiar

El presidente chileno, Jose Antonio Kast en la Cumbre Escudos de las Américas 2026 junto al presidente Donald Trump.

El grupo de los 25 abstencionistas reflejó otra forma de desacople. En América Latina, Chile, Perú y Honduras abandonaron su voto favorable de 2025 para abstenerse. El caso chileno es especialmente simbólico: tras 33 años de apoyo incondicional, el nuevo gobierno ultraderechista de José Antonio Kast justificó su abstención señalando que «las dificultades del pueblo cubano no se deben únicamente a factores externos». Perú y Honduras, gobernados por líderes con buena relación con Trump, siguieron la misma lógica.

Estas abstenciones no son un silencio neutral: representan una retirada de la postura de apoyo más firme sin adoptar explícitamente la oposición. Para Cuba, implican una pérdida de respaldo en países que durante décadas fueron parte de su base diplomática regional. Pero también evidencian hasta qué punto la presión estadounidense logró permear incluso en gobiernos que se presentaban como aliados de La Habana.

130 votos: una victoria que incomoda a Washington

A pesar de las presiones, las amenazas y los chantajes, 130 países votaron a favor de poner fin al bloqueo. Esa es la verdadera historia de esta votación. Estados Unidos logró torcer algunos votos, pero no pudo revertir el consenso mayoritario de la comunidad internacional. La resolución sigue siendo aprobada por una mayoría abrumadora, y el bloqueo sigue siendo señalado como una medida unilateral, extraterritorial e ilegal.

La victoria de Cuba en la ONU no se mide solo por los 130 votos a favor, sino por la capacidad de resistir una ofensiva diplomática sin precedentes y mantener el respaldo de más de dos tercios del mundo. El bloqueo podrá tener aliados circunstanciales, pero la condena internacional es irreversible. Y mientras Washington siga presionando, el mundo seguirá votando contra el bloqueo.

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