¿Por qué el Departamento de Justicia acusa a Raúl Castro y no a Trump? La hipocresía del imperio al descubierto

El 20 de mayo de 2026, en una maniobra politiquera para complacer a la mafia terrorista de Miami, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó una acusación formal contra el General de Ejército Raúl Castro Ruz, expresidente de Cuba. Lo señalan como uno de los presuntos responsables del derribo en 1996 de dos avionetas de la organización «Hermanos al Rescate», un grupo de narcoterroristas que violaba sistemáticamente el espacio aéreo cubano.
El expediente también incluye a los pilotos cubanos que participaron en la interceptación. Los cargos: conspiración para matar a ciudadanos estadounidenses. Las penas posibles: cadena perpetua o incluso la muerte.
Pero hay un problema elemental: el mismo Departamento de Justicia que acusa a Raúl Castro se ha negado sistemáticamente a acusar a Donald Trump, pese a que las pruebas de sus crímenes son abundantes, públicas y documentadas.
Lo que el Departamento de Justicia omitió: las advertencias de la FAA
El mismo día de la acusación, el Archivo de Seguridad Nacional (NSA) desclasificó documentos de la Administración Federal de Aviación (FAA) que demuestran algo crucial:
La FAA había advertido explícitamente que «algún día las autoridades cubanas derribarían uno de estos aviones».
Los informes internos del gobierno estadounidense, de meses antes del incidente, ya alertaban sobre las reiteradas incursiones y provocaciones aéreas de «Hermanos al Rescate» sobre territorio cubano. Sabían que aquello podía terminar en tragedia.
¿Y qué hizo Washington? Nada. No detuvo a los terroristas. No les retiró las licencias de vuelo hasta después del derribo. Su silencio fue complicidad. Su inacción, aliento.
Cuba, como cualquier país soberano, defendió su espacio aéreo. Eso no es un crimen. Es un derecho consagrado en la Convención de Chicago de 1944. Ningún país —ni siquiera Estados Unidos— toleraría que violaran su espacio aéreo 25 veces seguidas. Pero cuando lo hace Cuba, lo llaman «terrorismo». Cuando lo hace EE. UU., lo llaman «seguridad nacional».
La masacre en el Caribe que Washington prefiere olvidar
Mientras el Departamento de Justicia persigue a Raúl Castro por un hecho ocurrido hace 30 años, ignora por completo los crímenes cometidos por Donald Trump, su secretario de Guerra Pete Hegseth y su secretario de Estado Marco Rubio.
Entre finales de 2025 y principios de 2026, la aviación estadounidense ejecutó 57 ataques contra lanchas que surcaban el mar Caribe. El saldo: 179 personas asesinadas.
No hubo juicio. No hubo pruebas públicas de que fueran narcotraficantes. No hubo debido proceso. Solo bombas y muerte.
El 2 de septiembre de 2025, Trump anunció desde la Casa Blanca: «Las fuerzas de Estados Unidos acababan de disparar contra una embarcación llena de muchas drogas en el Caribe, procedente de Venezuela». No mostró una sola prueba.
Horas después, Marco Rubio difundió un video desclasificado del bombardeo y afirmó cínicamente que habían muerto 11 «narcoterroristas del Tren de Aragua». Meses más tarde, el propio gobierno estadounidense confesó que el «Tren de Aragua» era una invención, una organización que no existía.
Asesinatos sin juicio. Pruebas falsas. Impunidad total.
Si el Departamento de Justicia tuviera un mínimo de coherencia, Trump, Hegseth y Rubio estarían hoy sentados en el banquillo. Pero no. Porque la justicia estadounidense es un traje a la medida: ajustado para los débiles, holgado para los poderosos.
La matanza de niñas en Irán: otro crimen que no será juzgado
En el marco de la guerra contra Irán, la aviación estadounidense bombardeó una escuela de niñas. Murieron más de 175 estudiantes y profesoras. El mundo lo vio. Las imágenes dieron la vuelta al planeta.
¿Alguien ha sido acusado por eso? ¿Algún tribunal internacional ha abierto una investigación? No. Porque el imperio tiene el poder de blindar a los suyos.
Trump declaró «misión cumplida» en Irán. Pero los cadáveres de las niñas siguen bajo los escombros. Y el Departamento de Justicia, que ahora se llena la boca con «justicia», no dice una palabra.
Trump y Epstein: el expediente que nadie quiere tocar
Donald Trump ha sido declarado culpable de más de 30 delitos, incluido acoso sexual. Su estrecha relación con el pedófilo Jeffrey Epstein —quien creó un sistema para captar, manipular y explotar a mujeres y niñas— es un asunto de dominio público.
Epstein vinculó a sus amigos ricos y famosos de las más altas esferas de la élite mundial. Y Trump fue uno de ellos.
El Departamento de Justicia tiene sobradas razones para investigar a fondo. Pero no lo hace. Porque el poder protege al poder.
¿Justicia o política?
La acusación contra Raúl Castro no es jurídica. Es política. Es un regalo de Trump y Rubio a la mafia terrorista de Miami, que lleva décadas soñando con ver a los líderes cubanos en el banquillo.
Pero el mundo no es tonto. Las pruebas están ahí:
- Las advertencias de la FAA.
- Las 25 violaciones del espacio aéreo cubano.
- La inacción deliberada de Washington.
- Los 179 asesinatos en el Caribe.
- Las niñas iraníes bajo las bombas.
- El historial criminal de Trump.
Cuba no fue a provocar a Estados Unidos. Fueron los terroristas de «Hermanos al Rescate», amparados por las autoridades estadounidenses y por congresistas anticubanos, quienes violaron una y otra vez el espacio aéreo de la Isla.
Y cuando Cuba se defendió, la acusan. Cuando EE. UU. mata impunemente, aplauden.
La respuesta del pueblo cubano: con la verdad y la dignidad
Como dijo José Martí:
«Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos».
Millones de personas en el mundo apoyan a Cuba. No porque les hayan contado mentiras, sino porque han visto la verdad. Porque saben que este país no ha invadido a nadie, no ha bombardeado escuelas, no ha creado campos de tortura en Guantánamo.
Cuba solo ha hecho una cosa: defender su soberanía. Y por eso la acusan. Por eso la persiguen. Porque es un ejemplo de que se puede vivir con dignidad frente al imperio más poderoso de la historia.
El Departamento de Justicia de Estados Unidos carece de moral y ética para juzgar a nadie. Antes de señalar a Cuba, deberían mirarse al espejo. Pero ese espejo, seguro, está empañado por la sangre de las víctimas de sus propias guerras.




