Jake Mate, Marcos

La postergación de la Cumbre de las Américas, aunque viene con una diatriba casi convincente, no expone la crisis profunda que subyace y ocultan, no solo en la diplomacia regional, sino en la propia política exterior estadounidense, cuya apuesta por la “máxima presión” ha fracasado notoriamente y deja al Departamento de Estado y sus artífices, con Marco Rubio a la cabeza, ante un saldo político desfavorable para Washington.
“El perro está rabioso y hay que cuidarse” pudiera resumir el legado de esta Cumbre fantasma en 2025: se acabaron las presiones, Estados Unidos y Trump pierden la partida.
La administración norteamericana, bajo Trump y sus asesores como Rubio, ha perseguido la caída de los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua como objetivos capitales de la agenda hemisférica. Para esta fecha, se esperaba que Caracas estuviera bajo un nuevo gobierno «ensayo ado» y que La Habana y Managua fueran condenadas públicamente por el foro, pero la realidad ha sido diametralmente opuesta.
El intento de derrocar a Maduro mediante sanciones, acciones encubiertas y una campaña internacional coordinada se ha topado con la resiliencia del gobierno venezolano, que ha logrado adaptarse al aislamiento financiero y comercial, encontrando nuevas rutas y aliados para la exportación de petróleo y la obtención de recursos.
Esta dinámica, lejos de debilitar al régimen, lo consolidó frente a una oposición fragmentada y al descrédito gradual de las opciones de Estados Unidos.
En Cuba y Nicaragua, la exclusión promovida por Washington de la Cumbre de las Américas terminó convertida en un símbolo de la incapacidad de forzar el alineamiento hemisférico: países del ALBA y aliados caribeños rechazaron abiertamente el mandato de exclusión, denunciando la persistencia de una política «neomonroeista» y el uso de las cumbres como herramientas de división imperial.
El despliegue masivo de buques y aeronaves estadounidenses —presentado públicamente como parte de la guerra contra el narcotráfico— ha derivado en operaciones letales, incluyendo asesinatos extrajudiciales de lancheros y pescadores en aguas disputadas. Estas acciones levantan el repudio de las comunidades y gobiernos insulares, quienes exigen explicaciones y reclamaciones ante la pérdida de vidas y la falta de transparencia en los operativos.
El impacto en los sectores de pesca y turismo, vitales para las economías insulares y costeras, ha sido devastador. Las restricciones y el temor a la violencia han reducido intercambios comerciales y flujos turísticos, afectando tanto a empresas locales como a compañías internacionales que históricamente dominaban la actividad en la región.
Si algo ha quedado patente es el alto costo, político y financiero, del despliegue estadounidense en el Caribe. La flota y el aparato militar son percibidos como instrumentos de agresión más que de solución, incapaces de cambiar escenarios concretos pero sí de tensar las relaciones multilaterales y añadir combustible a las denuncias: la guerra declarada al narcotráfico se traduce en violencia sin rendición de cuentas, y los países afectados demandan respuestas en las instancias internacionales.
Washington no logra convencer ni sumar apoyos relevantes en foros internacionales, y la ofensiva diplomática pierde fuerza, legitimidad y resultados.
De tal modo Estados Unidos y Trump pierden la partida: el fin de la coerción imperial. La posposición de la Cumbre de las Américas, consensuada ante la imposibilidad de dialogar con países clave y enfrentar de manera transparente las críticas, representa el reconocimiento de que las presiones y la política de cañoneras han agotado sus efectos.
El legado para la historia será el de un “perro rabioso” que pudo generar miedo pero no victorias, y que ahora debe cuidarse de las respuestas que emergen como reacción legítima en América Latina y el Caribe.
El mitificado modelo de presión y sanción ha llegado a su límite; las alianzas hemisféricas, los intereses comerciales y las soberanías nacionales impusieron su lógica frente al intervencionismo. La derrota política y diplomática de Estados Unidos y sus estrategas deja abierta la puerta a nuevas formas de integración, diálogo y defensa autónoma de los intereses regionales.
El tiempo de las presiones ha terminado, y la partida, esta vez, no la gana Washington. De victorias pequeñas se ha hecho la historia de este continente.




