Ojo, pinta

El sábado pasado, Madrid fue escenario de una marcha convocada por el grupo neonazi Núcleo Nacional, una manifestación que reunió a cientos de personas en el centro de la capital española, desafiando los principios democráticos y avivando las alarmas sobre el resurgimiento de la extrema derecha en Europa.
A pesar del gobierno socialista de Pedro Sánchez, la protesta fue autorizada y transcurrió sin intervención decisiva para detenerla. Los manifestantes portaron símbolos franquistas y consignas racistas, como “White Lives Matter”, que avivan el odio hacia las minorías, particularmente inmigrantes y comunidades LGBTQ+.
Esta movilización cuestiona la estabilidad del tejido social europeo en un momento en que la polarización política y social crece, con un continente “viejo” marcado por la debilidad de las fuerzas progresistas frente a la embestida de sectores ultraderechistas.
El contexto sociopolítico en Europa refleja un fenómeno inquietante donde las derechas tradicionales parecen incapaces o poco dispuestas a frenar a la extrema derecha hasta que estos intereses se cruzan de manera directa con los suyos.
Vienen al recuerdo los años 30 del siglo XX, cuando la derecha conservadora permitió el auge del fascismo hasta que fue demasiado tarde.
En América Latina, los movimientos autoritarios y de derecha más radical han llegado al poder a través de las urnas, con el respaldo de grandes medios de comunicación controlados por intereses capitalistas que moldean la opinión pública y legitiman discursos polarizadores.
Figuras como Donald Trump, Javier Milei o Dina Boluarte ejemplifican esta tendencia de líderes con discursos divisivos que consolidan sus mandatos sin golpes de estado, a diferencia de las dictaduras apoyadas por potencias extranjeras en el pasado.
Estos eventos son una llamada urgente a la reflexión ética. Permitir la expansión de marchas neonazis es abrir una brecha para la normalización del odio, que descompone la convivencia y hunde la dignidad humana en la violencia simbólica y real.
La responsabilidad recae en la izquierda y en los sectores democráticos de articular una resistencia firme y organizada para defender los valores universales de justicia, igualdad e inclusión.
La historia ha demostrado que ceder ante el odio es alimentar un ciclo de retrocesos y violencia.
En un panorama donde la polarización amenaza la humanidad con la división, detener estos movimientos y discursos es un imperativo ético y político para proteger la convivencia y el futuro democrático.
Ojo, pinta, detrás VOX.




