La Ilusión del Jake Mate a Cuba se esfuma

El tablero de la doctrina de “presión máxima” que define la administración Trump y su funcionariado más cercano, ofrece un supuesto axiomático: ¡que el sufrimiento inducido por sanciones unilaterales puede forzar cambios de régimen sin costo político significativo para Washington!
Órdenes ejecutivas en pugna: de la EO 14380 a la revocación parcial
La orden ejecutiva de enero de 2026 (EO 14380), que declaraba emergencia nacional por supuestas “amenazas” cubanas y proyectaba aranceles punitivos a cualquier proveedor de petróleo a la isla, ejemplifica esta lógica.
Posteriormente la revocación parcial de esos aranceles mediante la orden “Ending Certain Tariff Actions” del 20 de febrero de 2026 no representó un giro humanitario, sino una calibración táctica destinada a mitigar el daño reputacional.
La pasión no nos puede cegar al ver los hechos en su cronología, tampoco una victoria épica nos puede deslumbrar, por ello confio más en el análisis por capas (palimséstico) que en las trayectorias lineales que pueden enmascarar la realidad.
Ambigüedad calculada: las declaraciones de Marco Rubio y Joseph Humire
Como han documentado reportes independientes, el secretario de Estado Marco Rubio mantiene la ambigüedad característica: “Ya veremos”, dijo a la prensa después de salir de una reunión con el G7, condicionando cualquier alivio futuro a los cubanos a un cambio radical del “sistema que rige el país” y del “modelo económico”.
Por su parte, y casi al unísono, un alto funcionario del Pentágono, Joseph Humire, reiteró desde Caracas hace unas horas que Cuba sigue siendo uno de los adversarios de inteligencia más potentes de Estados Unidos, pero que “por ahora” la respuesta será “política”… «Ya veremos»; «por ahora», «quizá, tal vez». El mensaje es claro, el garrote se afloja momentáneamente, pero sigue listo. La secuencia no es anomalía, es continuidad de la peligrosa retórica.
Seis décadas de bloqueo: asfixia económica y retórica de “liberación”
Desde el bloqueo impuesto hace más de seis décadas, la política estadounidense hacia Cuba ha oscilado entre asfixia económica y retórica de “liberación”. La novedad actual radica en la escalada de la crisis energética inducida —apagones masivos, colapso de la infraestructura— y en el hecho de que Washington ya no puede ocultar que su intervención agrava el sufrimiento del pueblo cubano.
El propio Humire insiste en que “la crisis no es culpa de EE.UU., es un fracaso de su propio diseño”, se refiere al diseño político-económico cubano, están apurados en el recule diplomático después que Trump se adjudicó la autoría de la política de máxima presión. Tal afirmación ignora la evidencia acumulada: las sanciones secundarias han disuadido inversiones, bloqueado remesas y limitado el acceso a combustible, mientras el gobierno cubano carga con la responsabilidad exclusiva ante su población.
La presión máxima, lejos de acelerar la democratización, ha servido históricamente para justificar la perpetuación del mal llamado embargo y para desviar la atención de los costos humanos que genera.
La reacción internacional: G7, “castigo colectivo” y disenso entre aliados
Lo más revelador, sin embargo, no es la retórica interna de Washington, sino la reacción internacional. Hace apenas unas horas, los miembros del G7 —Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón y Reino Unido— no han ocultado su disconformidad. En encuentros ministeriales y llamadas de febrero y marzo, las “caras largas” reflejaron una preocupación explícita por el impacto humanitario de la escasez energética.
Términos como “castigo colectivo” y, en círculos diplomáticos más críticos, “genocidio por falta de energía” circularon con fuerza. Estos aliados tradicionales de Estados Unidos no cuestionan la retórica anticomunista por principios abstractos; lo hacen porque perciben que la unilateralidad de Washington amenaza la estabilidad regional y la imagen global de la alianza occidental.
América Latina, UE y el derecho internacional: un mundo desalineado
Por su parte, América Latina, la Unión Europea y organismos multilaterales han reiterado que la crisis cubana es, en gran medida, consecuencia de una política obsoleta que viola normas básicas del derecho internacional. El mundo, en suma, no está alineado con la decisión estadounidense.
Esta desalineación trasciende con creces el caso cubano. Se inserta en un patrón más amplio de política exterior que acelera el colapso sistémico que ya se vislumbra en el horizonte de 2026. La escalada del conflicto en Irán —con amenazas creíbles de cierre del estrecho de Ormuz— pone en riesgo más del 20 % del suministro global de petróleo.
Las disrupciones persistentes en el mar Rojo, provocadas por la osadía yemení y las respuestas asimétricas regionales, han elevado costos logísticos y precios energéticos en todo el planeta.
Al mismo tiempo, la política de “arrastre” de Benjamin Netanyahu —al prolongar indefinidamente operaciones militares en Gaza y Líbano mientras arrastra a Estados Unidos y a sus aliados a un conflicto de alcance regional— ha generado un rechazo casi unánime en la Asamblea General de la ONU y en capitales europeas y latinoamericanas.
Washington, al respaldar incondicionalmente esta estrategia, no solo pierde legitimidad moral; contribuye directamente a la fragmentación de las rutas comerciales y a la inflación energética mundial.
El microcosmos de una estrategia imperial sin consenso
La presión máxima sobre Cuba, por tanto, no es un episodio aislado de realpolitik caribeña. Es un microcosmos de una estrategia imperial que ya no cuenta con el consenso tácito del orden posterior a 1945.
Mientras Trump y Rubio insisten en que el “ya veremos” ofrece una salida condicional a La Habana, el resto del mundo percibe un patrón recurrente: sanciones que castigan poblaciones, retórica de excepcionalismo que ignora costos colaterales y una negativa a reconocer que la multipolaridad emergente —China, Rusia, bloques regionales— ya no tolera la hegemonía unilateral.
El costo previsible: credibilidad estadounidense en juego
El resultado previsible no es el colapso del régimen cubano; es el colapso de la credibilidad estadounidense como actor responsable en la gobernanza global de cara a las elecciones de medio término. Y es que Elo de Cuba es bien alto en materia de conflictos de este tipo, donde las emociones no cuentan.
En última instancia, la historia juzgará estas políticas y a sus mentiras (Rubio lleva toda la vida en esta chángana) no por su retórica de “seguridad nacional”, sino por su contribución concreta al sufrimiento humano y a la inestabilidad sistémica.
La revocación parcial de los aranceles petroleros a esta altura del partido no corrige el error estructural; simplemente lo disimula y el costo será en las urnas inequívocamente. ¡Ya veremos!
La ilusión de la presión máxima frente a un mundo en llamas
Mientras el estrecho de Ormuz, el mar Rojo y las costas de Gaza arden, y mientras el G7 y la comunidad internacional expresan su disenso creciente, Washington continúa apostando por la ilusión de que la presión máxima puede sustituir a la diplomacia.
Esa apuesta, como han demostrado seis décadas de bloqueo a Cuba y años de conflicto en Oriente Medio, no solo fracasa en sus objetivos declarados: acelera el desorden que amenaza con arrastrar a la humanidad entera en los próximos meses.
La verdadera cuestión ya no es si Cuba cambiará, Cuba está cambiando; es si Estados Unidos está dispuesto a cambiar el modelo de poder que el mundo ya no acepta.
¡Jake Mate Trump!




