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Nuestra América contra el monstruo

Vigencia del pensamiento martiano en la resistencia del pueblo cubano frente al imperialismo en el siglo XXI.

El 18 de mayo de 1895, en su campamento de Dos Ríos, José Martí escribió una carta a su amigo Manuel Mercado que la historia reconocería como su testamento político. En ella, a pocas horas de caer en combate, el Apóstol confesaba el propósito supremo de su lucha: «impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América«. Y acto seguido, en una metáfora que atraviesa los siglos, sentenciaba: «Viví en el monstruo y le conozco las entrañas: y mi honda es la de David«.

Hoy, 130 años después, cuando el gobierno de Estados Unidos mantiene contra Cuba el bloqueo económico más prolongado de la historia moderna, impide la entrada de combustible a Cuba, financia campañas de desinformación digital para fracturar la unidad del pueblo cubano y mantiene ilegalmente una base militar en Guantánamo; cabe preguntarse: ¿Qué diría Martí hoy?

La respuesta es clara: Martí no diría nada nuevo, porque ya lo dijo todo. Sus advertencias sobre la naturaleza del «monstruo», sobre la función estratégica de las Antillas, sobre la necesidad de la unidad latinoamericana y sobre la dignidad como principio innegociable, describen con precisión la coyuntura actual. Esta investigación demuestra que Martí no es una figura de museo, sino un contemporáneo crítico cuya voz es más necesaria que nunca.

La forja del pensamiento antiimperialista: las entrañas del monstruo

Entre 1880 y 1895, Martí vivió 14 años en Nueva York. Aquellos años no fueron un exilio pasivo, sino una inmersión deliberada en las entrañas del poder estadounidense. Desde allí envió crónicas a periódicos latinoamericanos en las que describía con lucidez quirúrgica el funcionamiento de aquella sociedad.

Ya en 1879 había escrito: «Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento… ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?«. Martí comprendió temprano que las instituciones no son artefactos intercambiables, sino expresiones de realidades históricas y culturales específicas.

Uno de sus hallazgos más notables fue la identificación de lo que hoy llamaríamos poder corporativo. En 1881 advirtió: «Una aristocracia política ha nacido de esta aristocracia pecuniaria«. Es decir, el poder económico genera una clase social que ocupa directamente las posiciones de mando, controla la prensa y manipula los procesos electorales. Esta crítica anticipa en décadas la denuncia del complejo mediático-empresarial que hoy asfixia a Cuba.

Martí también denunció el racismo estructural de la democracia norteamericana. Presenció los linchamientos en el Sur, la segregación sistemática, la exclusión de la población negra. Comprendió que la doctrina del «destino manifiesto», que justificaba la expansión territorial, tenía su correlato interno en las teorías raciales que legitimaban la exclusión.

Hoy, cuando observamos el trato que reciben los migrantes en la frontera sur de Estados Unidos, comprobamos que aquella matriz racista no solo no ha desaparecido, sino que se ha profundizado.

Las Antillas como «fiel de la balanza»: geopolítica martiana

Martí concibió a Cuba, Puerto Rico y República Dominicana como una unidad geopolítica llamada a cumplir una función decisiva en el equilibrio continental. En su ensayo «Las Antillas y Baldorioty Castro» (1892), escribió: «Las Antillas, que han de salvarse juntas, o juntas han de perecer«. La interdependencia de los pueblos caribeños frente al poder expansivo del norte era para él una verdad ineludible.

Las Antillas eran, en su visión, el «fiel de la balanza» entre las dos Américas —la sajona y la nuestra—, el punto de equilibrio cuyo control determinaría el destino del continente. En su carta a Mercado lo dice sin ambages: su lucha por la independencia de Cuba buscaba «impedir a tiempo… que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América«.

130 años después, la geopolítica del Caribe confirma sus peores pronósticos. El Comando Sur de Estados Unidos patrulla las aguas del Golfo de México y el Mar Caribe con la mayor flota desplegada en la región desde la crisis de los misiles. Se impide la llegada de buques cisterna con combustible a Cuba mediante amenazas a empresas navieras. Se mantiene ilegalmente la base naval de Guantánamo. Se promueve activamente la desestabilización de los gobiernos que no se alinean con Washington.

La «contención» que Martí visualizó sigue siendo una urgencia. La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA-TCP), Petrocaribe, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) son herederas directas de esa visión martiana de integración solidaria.

«Nuestra América» vs. «la América ambiciosa»: dos proyectos en pugna

En enero de 1891, Martí publicó «Nuestra América», uno de los textos fundamentales del pensamiento latinoamericano. En él contrapone dos proyectos civilizatorios: la América sajona, materialista y expansionista, y la América nuestra, espiritual, mestiza y solidaria.

El ensayo denuncia el error de las élites que han gobernado «con receta extranjera«, ignorando las realidades propias. «El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país«, afirma. Esta crítica al colonialismo intelectual sigue siendo hoy una advertencia necesaria frente a las recetas del Fondo Monetario Internacional y los dogmas del neoliberalismo.

Martí critica también la Doctrina Monroe, denunciando que tras el lema «América para los americanos» se esconde en realidad «América para los estadounidenses». Cita y hace suya la respuesta del diplomático argentino Roque Sáenz Peña: «Sea la América para la humanidad«.

Su labor en la Conferencia Panamericana (1889-1890) anticipa las batallas contra el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). En 2005, en la Cumbre de Mar del Plata, la resistencia de los movimientos sociales y los gobiernos sudamericanos logró enterrar el ALCA, que no era sino la versión contemporánea de aquella unión aduanera que Martí había combatido.

El bloqueo y la asfixia energética: confirmación de las alertas martianas

En 1884, Martí escribió: «El monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres«. La metáfora es precisa: el monopolio no entra en la casa del pobre; le basta con sentarse a la puerta e impedir que entre lo que necesita para vivir.

Eso es exactamente el bloqueo: un cerco que impide a Cuba comprar alimentos, medicinas, combustible, equipos, tecnología. Las madres que no encuentran leche para sus bebés, los enfermos que carecen de medicamentos, los estudiantes sin computadoras, los trabajadores que sufren apagones: todos son víctimas de ese «gigante implacable».

El bloqueo incluye hoy medidas que Martí no pudo imaginar en sus detalles técnicos pero que responden a la misma lógica: persecución extraterritorial a empresas de terceros países, prohibición de usar el dólar en transacciones internacionales, inclusión de Cuba en espurias listas de países patrocinadores del terrorismo.

Guerra mediática y desinformación

Martí fue quizás el primer pensador latinoamericano en comprender la importancia de la guerra mediática. En 1895, cuando envió un mensaje al New York Herald explicando los objetivos de la guerra independentista, el periódico publicó una versión mutilada y tergiversada. La opinión pública norteamericana recibió una imagen deformada de la lucha cubana.

Este antecedente es el arquetipo de lo que hoy enfrenta Cuba. Las grandes corporaciones de la comunicación —CNN en español, Univisión, El Nuevo Herald, las redes sociales— operan como aparatos de propaganda contra la Revolución Cubana. Financiadas por el gobierno estadounidense a través de organismos como la USAID y la National Endowment for Democracy, difunden noticias falsas, amplifican las dificultades internas y presentan el bloqueo como una respuesta a la supuesta falta de democracia.

La anexión como tentación permanente

Martí combatió el anexionismo con todas sus fuerzas. Demostró que la anexión no traería prosperidad, sino pérdida de identidad nacional, subordinación y perpetuación de las desigualdades. La experiencia de Puerto Rico, convertido en colonia estadounidense tras 1898, confirmó trágicamente sus pronósticos.

Hoy, sectores de la extrema derecha cubanoamericana en Miami promueven la idea de que la solución para Cuba es la rendición incondicional. Utilizan las redes sociales para difundir este mensaje, aprovechando las dificultades económicas. El pensamiento martiano es el antídoto más poderoso contra esa tentación: «Patria es humanidad«, escribió. La patria no es negociable.

Martí y Fidel: la continuidad histórica

El 16 de octubre de 1953, en el juicio por los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, Fidel Castro pronunció su alegato «La historia me absolverá». Allí declaró: «Nosotros ponemos la Revolución por encima de todo… Pero la Revolución tiene un autor intelectual: ¡José Martí!«

Esta declaración no era retórica. Fidel había sido un lector apasionado de Martí desde su juventud, y su pensamiento se nutrió profundamente de las ideas martianas. Logró articular el independentismo martiano con el socialismo, demostrando que la liberación nacional y la justicia social son inseparables.

La proclamación del carácter socialista de la Revolución en abril de 1961, en medio de la invasión mercenaria por Playa Girón, no fue una desviación del camino martiano, sino su consumación. Martí había dicho: «Quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre«. Esa dignidad plena exige no solo independencia política, sino justicia social e igualdad real.

Martí en la resistencia cotidiana

Pero Martí no está solo en los discursos oficiales o en los monumentos. Martí está en la resistencia cotidiana del pueblo cubano. Cuando una familia comparte lo poco que tiene con el vecino, encarna el principio de que «patria es humanidad«. Cuando un médico viaja a una comunidad remota para atender a los necesitados, realiza el ideal martiano de que «hacer es la mejor manera de decir«. Cuando un maestro improvisa una clase durante un apagón, demuestra que «trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra«.

Los apagones, la escasez, las largas colas no han logrado quebrar esa dignidad. El pueblo cubano sabe que esas privaciones no son producto de la incapacidad, sino del cerco implacable que el imperio mantiene desde hace más de sesenta años. Y sabe también que rendirse sería la peor de las opciones, la traición a Martí y a todos los que dieron su vida por la independencia.

Martí, brújula en la tormenta imperial

Martí no solo predijo la naturaleza del imperialismo con precisión escalofriante, sino que ofreció las herramientas para enfrentarlo:

La unidad latinoamericana y caribeña. La fragmentación es la puerta de entrada para la dominación. Por eso la independencia de Cuba es pieza clave para la defensa de todo el continente.

La educación como trinchera. «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra». La batalla contra el imperio es, fundamentalmente, una batalla de ideas. Por eso el bloqueo intenta asfixiar también la cultura, la ciencia, la educación. Por eso la Revolución Cubana ha hecho de la educación su obra más sagrada.

La cultura como defensa. Un pueblo que conoce su historia, que valora sus tradiciones, que produce arte y pensamiento propios, es un pueblo invencible. Por eso la resistencia cultural es también resistencia política.

La dignidad como principio innegociable. «La dignidad del hombre es inviolable», afirmó Martí. No hay bloqueo, no hay amenaza, no hay agresión que justifique la claudicación de esa dignidad.

Cuba resiste hoy, como resistió ayer, como resistirá mañana. Y al hacerlo, cumple el mandato martiano de «equilibrar el mundo«. Porque en un mundo donde el poderoso impone su ley, la resistencia del débil es el único equilibrio posible. La pequeña isla del Caribe, con su honda de David, sigue enfrentando al gigante. Y el gigante, pese a todo su poder, no ha podido vencerla.

¿Qué haría Martí hoy? La respuesta está en sus propias palabras: «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra«. Hoy, las ideas de Martí son la primera trinchera. Y desde esa trinchera, el pueblo cubano sigue combatiendo, sigue resistiendo, sigue venciendo.

Porque, como también dijo Martí: «La victoria no está en el triunfo, sino en la lucha«. Y mientras haya un cubano dispuesto a luchar por su patria, la obra de Martí seguirá viva. Y el monstruo, por más que lo intente, no podrá devorar a Nuestra América.

Redacción Razones de Cuba

Trabajos periodísticos que revelan la continuidad de las acciones contra Cuba desde los Estados Unidos.

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