Lo que fue ya no es: réquiem para EEUU

Hace unos días estaba por escribir sobre el tema. El intento de rescate de un piloto estadounidense derribado en territorio Iraní capitalizó la idea, y aunque es opaca y contradictoria la información hasta este minuto, hay evidencias suficientes para sostener las conclusiones generales siguientes.
Propongo iniciar con una comparación entre dos operaciones —el rescate del oficial del F-15E derribado sobre Irán y el secuestro de Nicolás Maduro en Caracas en enero— ambas son reveladoras, se efectuaron con fuerzas bastante similares en número y tecnología, y según la narrativa norteamericana, triunfaron gracias a fuerzas especiales de élite (Delta Force, Night Stalkers) respaldadas por decenas de aeronaves, inteligencia y ciber.
En ambas participaron cientos de operadores y aeronaves, incluidos reaper que actuaron con precisión quirúrgica. En Irán, pese al derribo inicial, el rescate fue “uno de los más audaces de la historia” (dice Trump), pero dejaron en el terreno cinco vehículos aéreos destruidos y un número indeterminado de bajas, con un costo aún impreciso en el orden militar, pero nefasto para Trump en el plano político.
En Venezuela, la incursión nocturna en la capital superó la aparente fortaleza del regimen de Nicolás Maduro, sin bajas estadounidenses significativas. En este contexto, la CIA se llevó los lauros al debilitar y quebrar la resistencia ideológica chavista. (¿Suena elegante la pasadita de mano al término traición, verdad?).
Lo realmente aplastante es que sí la proliferación de drones y misiles se hubiera activado a tiempo —tecnología utilizada eficientemente por Teherán—, Caracas hubiese cambiado las reglas de los sucesos actuales, dejando sin petróleo la retaguardia de EE.UU. Bajo estas condiciones no hubiese continuado la expansión de la guerra tal y como la conocemos hoy. Cuenta en esta historia que un enjambre barato puede agotar interceptores caros; una defensa alerta y saturada multiplica los costos hasta hacer insostenible la proyección imperial y la estanca, una situación de guerra perfectamente posible por estos días.
Estados Unidos sigue siendo una potencia global, pero ya no puede presentarse con la misma aura de invencibilidad que dominó el final del siglo XX y buena parte del XXI. La maquinaria militar sigue siendo inmensa, carísima y global, pero también más pesada, más expuesta y más vulnerable a formas de guerra que antes parecían secundarias: drones, misiles de precisión, guerra electrónica y saturación de sistemas defensivos.
Durante décadas, Washington convirtió su superioridad tecnológica en una especie de religión estratégica. Portaaviones, bases repartidas por medio planeta, bombarderos de largo alcance, fuerzas especiales de alta movilidad y un presupuesto militar colosal alimentaron la imagen de un poder capaz de intervenir en cualquier rincón del mundo. Esa imagen no desapareció, pero sí perdió solidez. Hoy el costo de sostener ese aparato es descomunal, y el rendimiento político y militar ya no es automático.
El problema no es solo cuánto cuesta el poder, sino cuánto cuesta mantener la ilusión de que ese poder sigue intacto. Un ejército como el de Estados Unidos no se mide únicamente por su volumen de fuego, sino por la red logística que lo sostiene: bases, puertos, aeródromos, satélites, sistemas de reabastecimiento, cadenas de comando y una industria bélica que necesita alimentar conflictos, modernizaciones y reemplazos permanentes. Ese modelo sigue siendo letal, pero también es cada vez más oneroso y menos flexible.
La guerra moderna ha cambiado las reglas. Un portaaviones ya no es únicamente un símbolo de dominio; también puede convertirse en un blanco de alto valor. No hace falta destruirlo para neutralizarlo, basta con obligarlo a retirarse, esconderse o actuar con extremo cuidado. Lo mismo ocurre con las bases exteriores y con las plataformas visibles del poder estadounidense. En un escenario de confrontación con un adversario decidido, como Irán, la pregunta ya no es si Estados Unidos puede golpear, sino a qué precio y con qué nivel de exposición a represalias.
Irán, en particular, representa el tipo de amenaza que más incomoda al Pentágono, no la del ejército clásico que acepta la batalla frontal, sino la del actor que combina misiles, drones, redes dispersas, guerra irregular y capacidad de castigo prolongado. Esa combinación no garantiza la victoria inmediata de Teherán, pero sí vuelve más costosa cualquier aventura estadounidense, máxime si se combina con presiones estratégicas como el cierre del Estrecho de Ormuz. El conflicto deja de ser una demostración de fuerza unilateral y se transforma en una ecuación de desgaste, incertidumbre y daño mutuo.
Ahí está el centro del asunto, Estados Unidos sigue siendo superior en capacidad total, pero ya no puede asumir que esa superioridad se traducirá fácilmente en victoria política o militar, con lo cual la credibilidad queda expuesta y en riesgos. La historia reciente lo demuestra en Afganistán, Irak, Siria y Libia la superioridad técnica no basta cuando el adversario convierte la guerra en un pantano. El mundo ya no responde al libreto de la superioridad aplastante; responde a la lógica del costo, la resistencia y la fricción.
En ese marco, comparar operaciones es útil solo si se hace con rigor. No sirve confundir propaganda, rumor y evidencia. Una cosa es una fuerza especial desplegada para una misión puntual; otra, la escala de una operación de ocupación o captura en un teatro hostil. La lección no está en inflar o inventar hazañas, sino en entender que incluso la maquinaria militar más poderosa puede ser desafiada, contenida o desorientada cuando enfrenta un entorno adverso, descentralizado y políticamente explosivo y en el caso de Irán, Trump, como comandante supremo, llegó dinamitado al conflicto y las adversidades militares se han convertido en la peor realidad de cara al futuro.
Por eso resulta más sensato hablar del agotamiento de un modelo que del derrumbe de una potencia. Estados Unidos no está muerto, ni mucho menos, por el contrario, está peligrosamente desmoralizado. Así entra en una fase donde su poder requiere cada vez más dinero, más tecnología y más cobertura política para producir resultados cada vez menos seguros.
El mundo aprendió a mirar al imperio sin miedo reverencial. Y cuando el algoritmo del miedo se rompe, el poder deja de ser mito y pasa a ser problema. Es ahí la paradoja actual: miedo & poder. Lo ciertamente comprobable, «lo que fue ya no es», no porque haya desaparecido la fuerza estadounidense, sino porque ya no alcanza con tenerla. La era de la impunidad estratégica terminó. Y en su lugar ha comenzado otra, más áspera, donde hasta el elefante tiene que medir cada paso dónde hay trampas para osos.




