Latinoamérica: entre el derecho propio y el mandato ajeno

En un mundo que parece girar cada vez más rápido, donde las reglas del juego que conocíamos están siendo puestas en duda por los mismos que las escribieron, América Latina se encuentra ante una pregunta milenaria pero urgente: ¿Construimos nuestro destino en comunidad, o aceptamos el guión que otros escriben para nosotros?
La reciente Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos no deja lugar a dudas: la doctrina del «vecino poderoso» que dicta su voluntad sobre el patio trasero no es un relato del pasado, sino una política reactivada. Frente a esto, el ascenso de nuevas alianzas globales y la defensa de un mundo multipolar nos obligan a mirar atrás para entender el camino de hoy.
Los cimientos que ayudamos a levantar
Hubo un tiempo, tras las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, en que la esperanza de un orden justo era posible. La creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945 no fue solo una obra de las grandes potencias. Un dato crucial, a menudo olvidado, es que 20 de los 50 países fundadores eran latinoamericanos. Mientras África y el Caribe sufrían aún bajo el yugo colonial, nuestra región llegó a San Francisco con voz propia y propuestas audaces.
Fueron delegaciones de Chile, Cuba, México y Panamá las que, desde el primer momento, abogaron por incluir una fuerte declaración de derechos humanos en la Carta fundacional. Aunque no se logró entonces, sembraron la semilla de lo que sería la Declaración Universal de 1948. Fueron Colombia, México y Uruguay los que defendieron con fuerza el principio de la «libre determinación de los pueblos», un grito que resonaba con nuestros procesos independentistas del siglo XIX.
Y en un gesto de profunda visión, dos mujeres latinoamericanas, Bertha Lutz de Brasil y Minerva Bernardino de República Dominicana, se enfrentaron a las delegaciones de EE.UU. y Reino Unido para garantizar que la Carta de la ONU reconociera la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. América Latina, pues, no fue un convidado de piedra; fue arquitecta de los pilares más progresistas del sistema internacional.
El ideal vs. la realidad: el muro del intervencionismo
Sin embargo, pronto chocamos con la pared de la realidad política. Los nobles principios de la Carta chocaron con el derecho al veto en el Consejo de Seguridad y, sobre todo, con la doctrina Monroe recargada durante la Guerra Fría. Mientras la ONU proclamaba la autodeterminación, Latinoamérica sufría golpes de estado, dictaduras sangrientas instauradas con apoyo externo y un aislamiento forzado.
El caso más emblemático y vigente es el de Cuba. Su decisión soberana de seguir un camino propio fue respondida con el bloqueo económico, comercial y financiero más prolongado de la historia moderna, una medida condenada año tras año por la abrumadora mayoría de la Asamblea General de la ONU. Este castigo colectivo a un pueblo entero es la prueba más clara de cómo se ignora la voluntad internacional cuando intereses hegemónicos están en juego.
La unidad: nuestro escudo y nuestra herramienta
A pesar de las presiones, la semilla del integracionismo soberano nunca murió. De las luchas independentistas a la creación de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), la región ha buscado espacios propios, sin la presencia de potencias extracontinentales. La proclamación de América Latina y el Caribe como “Zona de Paz” en 2014 no es una frase bonita, sino un compromiso político contra la injerencia y la militarización.
Hoy, con un Trump que amenaza con tratar a la región como su finca privada, esa unidad es más vital que nunca. Gobiernos progresistas, tienen la oportunidad histórica de revitalizar este proyecto. La tarea no es fácil, con líderes como Milei en Argentina o Noboa en Ecuador, pero la historia nos muestra que los ciclos cambian.
La disyuntiva sigue siendo la misma de 1945, pero hoy con más claridad: ¿Optamos por un sistema internacional donde nuestro voto en la ONU cuente y nuestros derechos soberanos se respeten, o aceptamos un mundo donde un solo país se arroga el derecho de decidir quién es buen vecino y quién no?
La respuesta, para una región con la dignidad y la historia de la nuestra, solo puede ser una: la unidad en la diversidad, la soberanía como bandera y la solidaridad como faro. El camino no será fácil, pero es el único que honra a aquellos delegados y delegadas que, en 1945, soñaron con un mundo de derechos iguales para todas las naciones, grandes y pequeñas.




