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El sueño no estaba del otro lado

Reportaje desde La Habana: las caras detrás de la deportación

Más de 50 cubanos llegaron en un mismo vuelo. Algunos habían salido hace dos años, otros hace uno. Todos regresan con una historia que los titulares no cuentan.

Hubo un momento, en el aeropuerto de La Habana, en que los pasajeros dejaron de ser un número. El vuelo de deportación procedente de Estados Unidos tocó tierra y comenzaron a bajar. No traían maletas. Casi ninguno traía nada. Traían la mirada hundida, las manos vacías, y una certeza que les costó la libertad, el dinero y los sueños construir: el sueño no estaba del otro lado.

I. El camino que no muestra ninguna postal

Iraida tiene más de cincuenta años, es ingeniera, madre de dos hijas. Salió de Cuba hace poco más de un año. No salió buscando el sueño americano. Salió buscando a la persona que ama.

Su pareja vive en Estados Unidos. Atraviesa una situación de salud muy grave. Iraida necesitaba estar ahí. Eso fue todo.

El recorrido se llamó Nicaragua, Honduras, Guatemala, Tapachula. En Tapachula estuvo ocho meses, trabajó. No quería depender de nadie. De Tapachula fue a Tijuana, y de Tijuana a Juárez. Y en Juárez todo se complicó de verdad.

«En Juárez hay organizaciones que viven de los migrantes», dice. «Viven de robarte, de secuestrarte, de mantenerte encerrada mientras le piden dinero a tu familia.»

Estuvo veintiún días secuestrada en una casa. La persona que la tenía prometía que la iba a pasar. La llevaba a ver cómo pasaba a otros. A ella no la pasaba. Solo le robaba el dinero. Se escapó a los veintiún días. Se fue a la terminal de ómnibus. Su pareja le decía que se fuera a Tijuana. Ella dijo que no. Ya había pagado. Iba a seguir.

Siguió. Y en la tercera casa a la que llegó, a las seis y media de la tarde escuchó un disparo.

Mataron a un muchacho delante de ellos. Lo envolvieron en una colcha. Lo sacaron en una camioneta. Cuando dejaron la puerta abierta al sacar el cuerpo, Iraida pidió que la sacaran. Le mandaron un Uber. De la muchacha que quedó adentro nunca más supo nada.

II. El río y el punto infrarrojo

Después de todo eso, intentó cruzar.

La pusieron a subir y bajar montañas de noche. Tiene una lesión en una de sus extremidades. Se lastimó en el camino. Un muchacho que vino con ella nunca la soltó. Cuando escucharon que venía el helicóptero, ella le dijo: «Vete tú, déjame, sálvate». Él no se fue en ese momento. La ayudó a levantarse.

La capturaron.

Vio el punto infrarrojo puesto en su pecho. Se arrodilló. Les echó en el suelo todo lo que tenía en los bolsillos. A la hora más o menos, también capturaron al muchacho.

Sus pertenencias —el teléfono, el anillo, la cadena— las metieron en un sobre. Nunca le dijeron que tenía treinta días para reclamarlas. Nunca se las devolvieron. Perdió todo.

III. La prisión y la entrevista que no se puede ganar

Estuvo tres días en una primera prisión. Un juez dejó su caso abierto. Después la llevaron a otra prisión. Ahí estuvo cincuenta y siete días en cuarentena.

Cuando salió, le hicieron la entrevista de «miedo creíble». No la aprobó. No tenía cómo demostrar lo que ellos querían que demostrara. Y no quiso falsificar nada. «Hay personas que buscaron pruebas que no tenían y pasaron», dice. «Yo no quise hacer eso.»

En la primera prisión, todos estaban de paso, peleando su caso. Comida prelaborada. Una hora de sol al día. Pero se mantenían organizadas. En la última, el centro de deportación, nadie hablaba español. Había tensiones. Violencia entre reclusas.

Discutió con el agente de ICE que quería deportarla a México, siendo que tenía documentos para estar allá. Él le dijo que la deportaba a Cuba de todas formas. Y así fue.

«Feliz de regresar a Cuba», dice, y hay una pausa que pesa más que cualquier adjetivo. «Tengo familia aquí. Me duele tener una hija fuera. Pero algún día nos encontraremos todas. Yo tengo trabajo, sé trabajar. No tengo dificultad ninguna».

IV. La presunción invertida

Elmer Joaquín Medina Fernández, de Camagüey, salió de Cuba en 2022. Voló hasta Nicaragua y de ahí todo por tierra. Un mes caminando, cruzando fronteras, hasta llegar al río.

«Uno va con la ilusión», dice. «Pensando que al otro lado está el porvenir.»

Trabajó en la construcción mientras pudo. Pero llegó el momento en que lo detuvieron. Seis meses estuvo encerrado después de que le negaron la salida voluntaria. Nunca había estado preso en su vida.

«Eso te destroza por dentro. Lloraba como un niño chiquito porque no entendía cómo era posible que te trataran así, como si no fueras una persona, como si fueras un animal en cautiverio. Te quitan los documentos, la ropa, los medicamentos. Te dejan sin nada. Sin absolutamente nada».

Derny Reboifero Chaveco, de Santiago de Cuba, tiene un caso que desmonta cualquier discurso sobre legalidad. Él no cruzó de manera irregular. Entraba con un parole legal, con su estatus migratorio en regla. Y de todas formas lo encerraron en el Condado de Harris, Texas, basándose en una acusación sin sustento, sin pruebas.

Estuvo un año y cuatro meses preso. “Por gusto”, sentencia él.

Describe el centro de detención de Harris como «la ley de la selva». Cuando no hablas el idioma, estás completamente desprotegido. El aislamiento es absoluto. Nadie te entiende. A nadie le importa entenderte. El entorno se vuelve hostil, violento. Hubo un mes en que se registraron treinta y seis incidentes, treinta y seis peleas y conflictos, solo por la falta de comunicación.

Y encima, le hablaban de presunción de inocencia.

«Qué va. La lógica allá es al revés: eres culpable hasta que alguien decida demostrarte inocente. Y mientras tanto, te quedas la vida y la salud en un calabozo.»

V. Las esposas y el agua

El vuelo de regreso fue otra forma de castigo.

Desde las cuatro de la tarde les pusieron las esposas. No se las quitaron en todo el vuelo. Horas y horas esposados. De agua, les dieron una sola vez para todo el trayecto.

Así llegaron. Así los devolvieron.

Elmer habla de «coacción pura». «Te gestionan como una mercancía, no como un ser humano. Te desmantelan moralmente, poco a poco, hasta que firmas lo que ellos quieren o aceptas lo que te imponen. El sueño americano se te deshace entre las manos dentro de una celda. Y eso no te lo quitas más: es un trauma que te marca para siempre.»

Derny, a pesar de saber lo que lo espera en Cuba —las dificultades, los apagones—, siente el regreso como un acto de liberación. «La vida en Estados Unidos para mí se convirtió en un limbo de reclusión sin pruebas, sin futuro, sin dignidad».

Elmer lo resume: «El alivio de recuperar la libertad en tu propia tierra compensa cualquier precariedad que nos espere. La libertad personal, después de meses de maltrato y de que te pisoteen el debido proceso, vale más que cualquier promesa económica que ese sistema no supo —o no quiso— garantizarnos».

VI. Tortura psicológica

André salió de Cuba el 22 de enero de 2024. La primera gran lección la recibió antes siquiera de llegar a la frontera. Lo secuestraron en Ciudad de México. Salía de la casa donde estaba. Llegaron, lo agarraron, y empezaron a pedirle dinero a su familia en Estados Unidos. Lograron pagar algo. Lo soltaron. Le dijeron que estaba libre.

Siguió la ruta hasta Tecate. Y ahí se entregó a las autoridades voluntariamente. Les dijo la verdad: que había estado secuestrado, que venía de pasar por todo eso.

Lo pusieron en una celda de todos modos. Cuarenta y cinco días preso. Después lo mandaron a una prisión de mayor seguridad, perfil de alta peligrosidad.

«¿Yo? ¿Peligrosidad? Yo era mecánico. Trabajaba, mandaba dinero a mis hijos».

Salió, se integró, trabajó. Intentó hacer los papeles bien. Pero el 20 de noviembre lo volvieron a detener. El 22 lo metieron en un centro de procesamiento. Veintitrés días estuvo ahí. Cuarenta y pico de personas y un televisor. Se bañaba cada tres días. La comida se la entregaban en un plato con una pajita de jugo y una servilleta. Y tenía que devolver la servilleta. Si no la devolvía, problema. Si decía algo, problema. Todo era un pretexto para presionarlo.

«Eso es tortura psicológica. Te lo digo con cuarenta años de vida y con certeza: fue la tortura psicológica más grande que he sufrido».

Lo trasladaron a Miami, luego a Louisiana. Louisiana fue lo peor. «Lo más negro, lo más malo.» Ahí lo sacaban esposado de las manos, encadenado de la cintura, de las caderas, de los pies. Si iba al médico, esposado. Al teléfono, esposado. A bañarse, esposado. Lo trataban como si fuera un terrorista.

«Y nosotros no éramos terroristas. Éramos migrantes. Éramos personas que querían trabajar».

André llegó a un punto muy oscuro. Un día le dijo a un guardia que quería acostarse y no levantarse más. Que lo que le estaban haciendo era demasiado. Que él no había hecho nada para merecer eso. Lo escucharon. Lo dejaron solo en una celda. Tuvo que llamar y gritar para que alguien viniera. Y cuando vino, le explicó que no podía más con la tortura. Lo dijo con esas palabras.

Él estaba en ese vuelo. Eran cincuenta y seis cubanos.

Lo que le dice a la gente es simple: no vendan lo que tienen aquí. No vendan la casa. No vendan nada. «Porque allá la casa nunca es tuya. Pagas dos mil dólares al mes por un pedazo de techo y el día que no puedes pagar, te van a sacar a la calle. Aquí la casa es tuya. La familia es tuya. El café que te hace tu esposa de mañana vale más que todo eso. Yo nunca fui feliz allá. Nunca».

VII. Lo que vio en la cárcel

Iraelio presenció algo que ningún informe oficial podrá borrar.

“Había un muchacho cubano, creo que de La Habana. Llevaba cuatro días sin recibir su medicamento. Cuatro días. Empezó a pedirlo, a reclamarlo. Los oficiales lo llevaron a la celda”. Y lo mataron. Impunemente, delante de todos ellos. Lo golpearon. Vino un médico. Ya era demasiado tarde.

Ese testimonio coincide con un caso documentado: Geraldo Lunas Campos, ciudadano cubano de 55 años, fallecido el 3 de enero de 2026 en El Paso, Texas, mientras se encontraba bajo custodia de las autoridades de inmigración estadounidenses. Un hombre que no era un criminal, que no era una amenaza. Que pedía medicamento. Y murió.

El testigo lo dice claro: «Eso es lo que pasó. Y hay que decirlo, porque ahí se llevan vidas y nadie sabe nada».

A él también le robaron. La cadena de oro, la sortija, el teléfono, hasta cuarenta dólares que tenía. En el propio centro de detención. Reclama, lo mandan a otro bloque. Si insiste, peor. Así funciona. Entró con cosas y salió sin ellas. Nadie responde por nada.

Tiene una orden de deportación con diez años de prohibición de entrada a Estados Unidos. «Voy a intentar por México, por España, a ver. Pero de allá… de allá ya aprendí».

VIII. Tres días a la deriva

Otro hombre llegó a Cuba en una barca. Tres días a la deriva en el mar. Su familia no sabía nada.

Solo la gracia de Dios, dice, lo trajo de vuelta. Y se pregunta: ¿qué hubiera pasado con mi familia si él hubiera muerto en ese mar? Destrozada. Por una decisión suya. Por pensar que del otro lado estaba algo mejor.

Habla de los jóvenes cubanos que llegan a Estados Unidos y se pierden. Sin familia, sin idioma, sin raíces. «La juventud llega ahogada. Y ahí está todo lo que ese mundo ofrece como sustituto de lo que dejaron atrás. Cosas que no hacen bien a ningún ser humano.»

Él encontró algo más firme en esa prisión. Y regresa a tiempo para conocer a su hija recién nacida. Nació el 19. No la conoce todavía. Su esposa lo espera afuera. Pero llegó.

IX. 26 horas esposado

Un cuarto testimonio completa el cuadro. Pasó más de dos años en ese sistema. Pagó doce mil quinientos dólares a un abogado sin resultado alguno. Describe veintiséis horas continuas esposado dentro del avión de deportación. Sin comida. Apenas un pedazo de pan.

«Que la gente que está mirando piense bien las cosas antes de dar ese paso. Que no vendan lo poco que tienen aquí pensando que allá es un sueño. Con este presidente que tienen ahora, con lo que está pasando… no es cuento. El dinero que ganas lo gastas en sobrevivir. Y mientras tanto tu familia, tus hijos, tu tierra… todo eso queda atrás».

Epílogo

Iraida llegó sin su anillo, sin su cadena, sin su teléfono. Sin la persona a quien fue a buscar. Pero llegó de pie. Su historia no es la historia del fracaso. Es la historia de lo que le cuesta a una persona cubana —a cualquier persona— el solo hecho de querer estar con quien ama, en un mundo que ha convertido la movilidad humana en un negocio de sangre.

Elmer, Derny, André y los demás bajaron del avión con una certeza que ningún centro de detención pudo quitarles: la libertad personal, después de meses de maltrato y de un debido proceso pisoteado, vale más que cualquier promesa económica.

El hombre de fe abrazará a su hija. Iraida volverá a trabajar.

Cuando el derecho se desvanece de esa manera, el hogar —incluso en su versión más precaria— se convierte en el último bastión de la dignidad humana.

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