fbpx
ESPECIALES

El mercado de las necesidades: la mutación de la confrontación Cuba–EE.UU. (II)

III Parte: Campañas y ascensos

En la campaña presidencial de Donald Trump en 2016 y 2020, el flujo financiero vinculado al lobby cubanoamericano fue significativo. Según registros de la Federal Election Commission (FEC) y análisis del Center for Responsive Politics, los comités de acción política (PACs) asociados a empresarios del exilio y a sectores de la industria de remesas y paquetería aportaron más de 25 millones de dólares en donaciones directas o indirectas. Entre los principales contribuyentes figuraron grupos como US-Cuba Democracy PAC, Cuban Liberty Council y empresarios vinculados a la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA).

El dinero no solo financió propaganda y eventos en Florida, sino también la estrategia de comunicación digital que convirtió el discurso sobre Cuba en un símbolo de “mano dura” y patriotismo. Trump entendió que cada voto cubanoamericano en Miami valía más que un anuncio nacional: era un voto que arrastraba redes familiares, iglesias y negocios. Por eso, el gasto en Florida fue desproporcionado —más de 90 millones de dólares en publicidad segmentada y operaciones de campo, según OpenSecrets.org.

En cuanto a Marco Rubio, su estrategia hacia 2028 se está tejiendo sobre esa misma base. Rubio busca consolidarse como el heredero político del trumpismo en Florida, pero con una narrativa más institucional. Su equipo ha comenzado a captar fondos de los mismos donantes que financiaron las campañas de Trump, incluyendo empresarios de paquetería, remesas y tecnología financiera. En los últimos dos años, Rubio ha recaudado más de 12 millones de dólares para su comité Rubio for Senate, con aportes provenientes de Miami, Coral Gables y Tampa, donde el lobby cubanoamericano mantiene su poder económico.

¿Por qué Cuba sigue siendo importante? Porque es el símbolo que sostiene la maquinaria. Sin Cuba, el discurso del exilio pierde su razón de ser; sin el embargo, desaparece el negocio que convierte la escasez en oportunidad. La isla es la gallina de los huevos de oro: justifica las sanciones, moviliza el voto, mantiene viva la narrativa de resistencia y permite que los intermediarios sigan lucrando con remesas, envíos y trámites. Si el conflicto se resolviera, se desmoronaría el sistema de poder que une a políticos, empresarios y medios en Florida.

En otras palabras, Cuba no es solo un tema de política exterior: es un activo económico y electoral. Trump lo entendió como negocio; Rubio lo entiende como estructura de poder. Y el lobby cubanoamericano lo defiende como su fuente de legitimidad y supervivencia.

IV Parte: Se jodió

Si Estados Unidos decidiera invertir en una campaña militar directa contra Cuba —más allá de las maniobras de presión económica y diplomática— el impacto sería devastador no solo para la isla, sino para la propia estructura política y económica que el lobby cubanoamericano ha construido durante décadas.

Primero, hay que entender que esa estructura funciona como un ecosistema de poder y dinero: las sanciones, las remesas, las paqueterías, los trámites migratorios y el discurso de “libertad” son piezas de una maquinaria que genera miles de millones de dólares al año y sostiene la influencia electoral en Florida. Si una acción militar destruyera la infraestructura cubana o desestabilizara el país, ese mercado colapsaría. No habría remesas que enviar, ni paquetes que cobrar, ni crisis que explotar como argumento político.

El lobby perdería su razón de ser. La “gallina de los huevos de oro” —la Cuba bloqueada, necesitada y simbólicamente útil— dejaría de existir. Y con ella se desmoronaría el discurso que alimenta campañas, financia PACs y moviliza votos. En términos económicos, los sectores vinculados al diferendo —empresas de logística, remesas, asesorías migratorias y medios de comunicación del exilio— verían desaparecer su fuente de ingresos. En términos políticos, figuras como Marco Rubio perderían su plataforma de legitimación: sin Cuba como enemigo, su narrativa se diluye.

Además, una intervención militar tendría costos financieros y geopolíticos enormes. El presupuesto de defensa estadounidense ya supera los 850 mil millones de dólares anuales, y una operación en el Caribe implicaría gastos logísticos, diplomáticos y humanitarios que no se justificarían ante el electorado. Pero el costo más alto sería simbólico: destruir la obra construida —el sistema de presión económica que sirve de herramienta electoral— sería como matar el negocio que sostiene la retórica de poder.

Por eso, aunque algunos sectores radicales del exilio sueñan con una acción militar, los estrategas reales del lobby saben que la guerra económica es más rentable que la guerra militar. Mantener la tensión sin resolverla permite seguir explotando el conflicto como fuente de dinero y votos. Si se destruyera Cuba, se perdería el enemigo útil, el argumento moral y el mercado de las necesidades.

En resumen: una intervención militar sería el suicidio político y económico del sistema que hoy sostiene el diferendo. Cuba es el eje simbólico y financiero de esa maquinaria; si se elimina, se apaga el motor que mueve millones de dólares y miles de votos. Por eso, más allá de las amenazas, la estrategia real es mantener la crisis viva, no resolverla.

A modo de conclusiones:

Lo que hemos analizado revela que el diferendo Cuba–EE.UU., antes sostenido en bases ideológicas, se ha transformado en un entramado económico y político donde la escasez se convierte en mercancía y el pueblo en cliente cautivo. Las sanciones impulsadas por Trump y defendidas por Marco Rubio no solo buscan presionar al Estado cubano, sino que alimentan un mercado de las necesidades controlado por empresarios del exilio, que lucran con remesas, paqueterías, trámites y ahora criptomonedas. Trump, con intereses históricos en invertir en Cuba y marcas registradas en la isla, encontró en este conflicto una fuente de votos y dinero; Rubio, por su parte, consolidó su liderazgo articulando el lobby cubanoamericano y canalizando fondos hacia su estrategia política. GAESA, debilitada por las sanciones, resiste como competidor estructural, mientras el lobby busca abrir espacio a una nueva élite empresarial privada. El dinero fluye en campañas y PACs, sosteniendo la maquinaria electoral en Florida, donde Cuba funciona como la “gallina de los huevos de oro”: sin crisis, sin enemigo y sin mercado de la miseria, se derrumbaría el sistema que convierte la política en negocio y la necesidad en rentabilidad.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba