Donald Trump, el Gorbachov de Norteamérica

Desde La Habana, donde hemos visto caer imperios a lo largo de 500 años y desmoronarse proyectos que se creían eternos, la situación de Estados Unidos en este junio de 2026, apenas cinco meses de las elecciones de medio término, evoca con fuerza el drama final de la Unión Soviética.
Trump, aquel que canalizó a través del nacionalismo MAGA una ola de descontento popular, se ha convertido en el involuntario acelerador de la fractura del sistema que juró defender. Como Mijaíl Gorbachov, que quiso reformar el coloso soviético y terminó siendo el catalizador de su disolución, Trump encarna hoy al anti-Trump: el líder que, atrapado en sus propias contradicciones, erosiona los valores de libertad e independencia que hace 250 años forjaron la Constitución estadounidense.
Los resultados de las primarias de este martes dibujan ya una noche electoral prometedora para los progresistas, que podría consolidarse aún más con los conteos de la Costa Oeste. En California persiste la posibilidad de que los dos finalistas para la gobernación sean demócratas. Más allá, existe una probabilidad real de que los demócratas conquisten no solo la Cámara de Representantes sino también el Senado. La victoria de Ken Paxton en Texas pone en juego otro escaño republicano, sumándose a las vulnerabilidades en Carolina del Norte, Maine, Ohio y Alaska.
Es el regreso solapado de dinámicas sureñas que recuerdan a los viejos dixiecrats, ahora bajo nuevas formas: la sentencia en Louisiana contra Callais desnudó cómo la erosión de la Ley de Derechos Electorales reduce el peso real de los votantes negros del Sur en Washington, fracturando aún más la cohesión interna del imperio.
Trump acelera, casi con saña, el desmantelamiento de conquistas históricas. Su empeño en privatizar y debilitar el Departamento de Asuntos de Veteranos contradice el pacto no escrito con quienes fueron carne de cañón de sus aventuras bélicas, siguiendo al pie de la letra las recetas del Proyecto 2025.
Mientras tanto, en el frente internacional, la promesa de un “gran acuerdo” con Irán para abrir el estrecho de Ormuz se evapora como tantas otras. Irán ha demostrado que una contra-doctrina asimétrica basta para desafiar la supremacía naval estadounidense. Esa fisura, que Trump ha dejado al descubierto al quedar atrapado en la agenda de Netanyahu, revela la vulnerabilidad de un gigante sedentario, inmovilizado por su propia inercia imperial.
El MAGA que nació como grito de independencia frente al establishment globalista se ha vuelto contra los propios principios norteamericanos. Trump desprecia en la práctica la libertad que dice defender: ataca las instituciones, profundiza las divisiones raciales y sociales, y entrega la política exterior a un Israel que, como el propio Estados Unidos, ya no podrá sostenerse indefinidamente tal como lo conocemos. El sistema, fracturado por décadas de inmovilismo, encuentra en Trump al acicate perfecto. Algo va a estallar. La pregunta no es si el reordenamiento estructural de la Unión comenzará, sino cuán profundo será.
Para Cuba, que ha resistido décadas de hostilidad imperial, este espectáculo resulta instructivo. El imperio que se creyó indispensable se descompone desde dentro, impulsado por su propio líder carismático. Los progresistas celebran esta noche porque intuyen que el cambio no vendrá de Trump, sino a pesar de él. Y en ese “a pesar de”, late la posibilidad histórica de que el coloso norteamericano, como la URSS de 1991, inicie un proceso irreversible de reconfiguración. Trump no es la solución que prometió.
Es el Gorbachov que Norteamérica no sabía que necesitaba para comenzar a desmontarse.




