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Ante un posible giro en la política de Trump hacia Cuba: pragmatismo versus doctrina dura

Andan moviéndose tras bambalinas actores y tramoya; la corazonada del público avizora un cambio significativo en la política de Estados Unidos hacia Cuba en breve. La señal llega desde varios medios alternativos de peso en el escenario cubanoamericano que muestran preocupación por la dirección que podría tomar la administración de Donald Trump.

El POTUS ha abierto frentes no declarados durante la campaña electoral y estos, convertidos en escenarios geopolíticos de peso, amenazan el futuro inmediato de sus planes, especialmente los que se concretan ante un Congreso cada vez más agresivo. La última comparecencia de Marco Rubio ante el Senado sobre la política estadounidense hacia la isla ha dejado al secretario de Estado en una encrucijada política sin fácil salida. El silencio de los congresistas de Florida en las últimas horas no es un detalle como para dejarlo pasar.

Estos medios indican que Trump busca una victoria política rápida y que esa victoria puede lograrse mediante un acuerdo con el gobierno cubano sin que haya cambios políticos profundos en la isla. En ese escenario, Rubio queda entre la espada y la pared: su doctrina exige cambio de régimen como condición legítima para cualquier alivio, pero Trump tiene la última palabra y está dispuesto a presentar cualquier entendimiento como un logro propio, sin comprometerse con una transición democrática real. El tiempo no le alcanza y hay un Mundial de fútbol en curso marcando pautas políticas.

La conclusión rápida es que Trump no va a sacrificar el partido republicano por conservar a Marco Rubio; si un pacto con La Habana le permite mostrar eficacia, control migratorio o ventaja geopolítica, el costo interno de dejar al secretario expuesto será secundario. Todo indica que es la pieza política a sacrificar.

Para agregar argumentos al análisis debemos comenzar por el contexto que hace plausible este giro: la gravedad de la crisis cubana provocada por el propio presidente que ha dado rienda suelta a los planes del además asesor de seguridad nacional, lo que indudablemente pone a Trump directamente sobre el brasero. La isla atraviesa el peor momento en materia de energía, alimentos y deuda, con colapso de la capacidad de generación eléctrica, escasez persistente y una balanza de pagos estrangulada.

El nivel de presión impulsa posibles aperturas en ambos escenarios, pero sobre todo prepara el terreno para que el gobierno cubano valore un trato que no exige reformas estructurales. Es conocido que la captura de Nicolás Maduro en Caracas a principios de enero de 2026 eliminó el apoyo venezolano clave, lo que aumentó la presión sobre Cuba al perder un socio estratégico para energía y financiación. Sin el petróleo venezolano y sin el respaldo económico, la economía cubana se enfrenta al colapso más rápido, y el gobierno cubano tiene menos margen para resistir.

En paralelo, al escenario se incorpora la presión internacional sobre el gobierno de Trump y las recientes declaraciones de altos funcionarios de la ONU quienes alertan sobre una crisis humanitaria de la cual EE.UU. y su política de máxima presión son responsables. Algunos de estos funcionarios han señalado que la política de máxima presión de Estados Unidos es responsable de agravar la situación, lo que añade un costo diplomático y reputacional a la administración.

La política estadounidense de máxima presión se ha intensificado en los últimos meses. Trump amplió las sanciones mediante un decreto que afecta a Cuba y lo considera una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos; la medida escaló la campaña para obligar al gobierno cubano a revisar su sistema económico y político. En mayo, Estados Unidos sancionó a altos funcionarios cubanos, lo que supone una escalada en la campaña y lesiona a GAESA, el grupo empresarial militar que equilibra la economía, pero nada de esto cambia el gobierno.

Por su parte, la ayuda humanitaria de cien millones de dólares que Cuba aceptó entra en la lógica de un acuerdo sin cambios estructurales, pero tampoco representa garantías para reformas profundas. Y en última instancia, aunque puede ser presentada como gesto de buena voluntad, su disponibilidad real aún no está garantizada, invalidando el efecto que pueda causar en la población objetivo.

Marco Rubio, en su comparecencia ante el Senado, fue explícito: dijo que le encantaría ver un cambio de régimen en Cuba y recordó que levantar sanciones sin ese cambio choca con el marco legal vigente. Esa postura lo alinea con una estrategia de coerción prolongada y lo pone en tensión con el pragmatismo presidencial que busca resultados visibles. Trump ha venido diciendo que Cuba quiere llegar a un acuerdo y que incluso podría lograrlo muy fácilmente, colocando a Rubio en el centro de las conversaciones. Eso encaja con una lógica de gestión del costo político: si hay un trato, Trump puede venderlo como un logro propio sin comprometerse necesariamente con una transición democrática real.

La metodología usada para este análisis político se basa en un modelo estructurado de variables ponderadas que evalúa la probabilidad de dos escenarios: cambio político real versus acuerdo sin cambios políticos. Se seleccionaron diez variables clave accesibles en el contexto actual de Cuba en febrero y mayo de 2026, con Trump en su presidencia inaugurada en enero de 2025. Cada variable recibió un peso entre 0 y 10 para cada escenario, reflejando su impacto relativo. Para calcular el score total, se elevó cada peso al cuadrado para enfatizar variables de mayor impacto y se sumaron los resultados. El score total para cambio político real fue 405 y para acuerdo sin cambios fue 434, con una diferencia de 29 que tiende a acuerdo sin cambios.

Además, se realizó un análisis de sensibilidad en el que se aumentó, deliberadamente, el peso de la variable de posicionamiento de Rubio de 9 a 10 en cambio y de 2 a 1 en acuerdo, lo que resultó en un score ajustado de 424 para cambio y 295 para acuerdo, con una diferencia de 129 que favorece cambio. Esto confirma que el acuerdo sin cambios solo ocurre si Trump logra marginar a Rubio o comprometerlo como ejecutor sin poder de veto.

El análisis de variables clave —crisis económica en Cuba, eliminación del apoyo venezolano, embargo energético mediante aranceles a petroleros, sanciones a funcionarios, ayuda humanitaria aceptada, posicionamiento de Trump para una victoria política rápida, posicionamiento de Rubio que exige cambio de régimen, presencia de actores externos como China, Rusia, Irán y Turquía, movilización social con protestas y migración, y costo electoral para Trump— muestra que el escenario más probable es un acuerdo sin cambios políticos profundos.

El acuerdo, de suceder, será probablemente parcial, con ayuda humanitaria, cuestiones migratorias y algún alivio simbólico, pero sin exigencias a elecciones libres ni fin del equilibrio en la economía que genera la gestión de GAESA. La apertura a un entendimiento que Trump puede vender como victoria está en el centro del tablero. La alerta de la ONU sobre la crisis humanitaria podría acelerar ese acuerdo, porque Trump necesita mostrar acción antes de que las críticas internacionales se vuelvan más fuertes.

Cuba, por la cercanía geográfica y emocional a Florida y el sur de Estados Unidos, no es Gaza ni Ucrania: el costo electoral de la migración es inmediato y tangible, ni que decir si hay muertes por acciones militares puntuales o masivas. Y aunque la base anti-comunista podría rechazar un acuerdo sin cambio, el costo electoral de no actuar ante el colapso cubano y la migración proyectada hacia la región y Florida es también alto.

En resumen, la señal que se vislumbra es correcta: Trump no sacrificará el partido por conservar a Marco Rubio. El acuerdo sin cambios políticos es el escenario más probable, pero frágil. Si la base anti-comunista se moviliza o Cuba no cumple, el pacto puede romperse rápidamente, pero siempre después de noviembre de 2026, el momento más crítico del diferendo actual. Rubio queda como ejecutor y límite ideológico dentro de esa operación, atrapado entre su historial de presión máxima y el pragmatismo presidencial.

La conclusión certera es que la estructura de incentivos favorece un entendimiento que Trump puede vender como triunfo, aunque no traiga reformas democráticas, y que Marco Rubio perderá la batalla si Trump decide priorizar algún acuerdo. El riesgo, para la línea dura contra Cuba, es que ese acuerdo se convierta en normalización sin transformación, con elevados costos políticos y morales para la política estadounidense tradicional hacia Cuba, y la generación de un marcado desequilibrio de las relaciones comerciales que hoy se producen por debajo del telón, afectando intereses del lobby cubanoamericano en Florida, que ha defendido la política de máxima presión por décadas.

Importante: la alerta de la ONU sobre la crisis humanitaria y la presión internacional sobre Trump pueden acelerar ese acuerdo, pero también pueden dejar preguntas abiertas sobre la responsabilidad de Estados Unidos en el agravamiento de la situación.

La posible postura cubana ante estos acontecimientos deja abiertas preguntas sobre las razones que sostienen la etapa que se avecina. Las razones son claras: la crisis económica cubana, la pérdida del apoyo venezolano, la reparación de la Isla para un enfrentamiento prolongado y de consecuencias estratégicas, que por demás no ha mostrado debilidad ni fisuras, la presión internacional de la ONU, y el costo electoral de no actuar ante el colapso y la migración hacia Florida.

Nota: al cierre de este análisis se supo que mañana 10 de junio estará en la Base Naval de Guantánamo y en la sede del Comando Sur en Florida el Secretario de Guerra. Los acontecimientos ameritan máxima atención y no confiar ni tantico así, nada.

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