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Solidaridad: la fuerza que no doblega, la pregunta que nos fortalece

Hay preguntas que duelen. ¿Para qué sirvió tanta solidaridad que dimos al mundo, si hoy no recibimos lo mismo? Este artículo responde a esa angustia desde la memoria histórica y la visión de Fidel.


Hay preguntas que duelen. Preguntas que nacen no de la duda, sino del cansancio. De ver cómo se estrecha el cerco, cómo falta el combustible, cómo el bloqueo se vuelve más filoso con cada nueva orden ejecutiva. Y entonces, en la angustia del día a día, alguien se pregunta en voz baja: ¿Para qué sirvió tanta solidaridad que dimos al mundo, si hoy no recibimos lo mismo?

Es una pregunta legítima. Humana. Y no debemos esquivarla. Porque el pueblo cubano no es de los que callan las preguntas incómodas; es de los que las enfrentan con la verdad. Y la verdad, como enseñó Fidel, se construye con hechos, no con bellas palabras.

Por eso vamos a mirar de frente esa pregunta. Vamos a desmenuzarla con la misma lucidez con la que desde este medio —Razones de Cuba— ha denunciado siempre la política hostil del imperio. Y vamos a recordar, sin ingenuidad pero con firmeza, qué es realmente la solidaridad, qué legado nos dejó Fidel, y por qué la respuesta a esa angustia no está en el desaliento, sino en la resistencia.


La solidaridad que Fidel nos enseñó: compartir lo que tenemos, no lo que nos sobra

Para entender el lugar de Cuba en el mundo hay que partir de una frase que Fidel Castro repetía con la convicción de quien sabe que las palabras comprometen: “Ser internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad. Quien no sea capaz de luchar por otros, no será nunca suficientemente capaz de luchar por sí mismo.”

Esa frase no es un eslogan. Es un código de vida. Fidel entendió que Cuba no llegó a la Revolución por generación espontánea; llegó porque otros pueblos, otras solidaridades, otros internacionalistas, tendieron su mano cuando más se necesitaba. Y que la única forma de pagar esa deuda era construir una patria que no se guardara lo que tenía, sino que lo compartiera.

Por eso el principio rector de la solidaridad cubana fue siempre compartir lo que tenemos, no lo que nos sobra. Y Cuba, con sus limitaciones, con su bloqueo, con su escasez, ha compartido lo que tenía: médicos, maestros, técnicos, sangre, conocimiento, esperanza.

Más de 600,000 colaboradores cubanos han prestado servicios médicos en el extranjero. Cerca de 40,000 profesionales de la salud de 138 países se han formado gratuitamente en nuestras universidades. Misiones cubanas han llegado a América Latina, África, Asia, y hasta a naciones desarrolladas golpeadas por desastres o pandemias. Y todo esto se hizo a pesar del bloqueo, no gracias a él.

Fidel lo dijo claro: “De nada valdría la solidaridad internacional si nosotros no fuésemos capaces de presentar, desde el primer segundo, una resistencia tenaz e invencible.” Esa resistencia es la que hoy, una vez más, estamos llamados a ejercer.


El momento que vivimos: el cerco se endurece, pero la verdad no se rinde

Desde enero de 2026, Estados Unidos ha intensificado su agresión. Ha bloqueado los petroleros que se dirigían a Cuba, ha endurecido el bloqueo económico mediante nuevas órdenes ejecutivas, ha impedido el acceso a combustible, ha creado un cerco energético. El turismo cayó un 55.8 % entre enero y abril. El sistema sanitario ha sentido el golpe. Miles de cubanos han sido deportados en medio de una campaña mediática que busca presentar la crisis como un fracaso interno y no como lo que es: una guerra económica prolongada.

No es la primera vez. No será la última. Pero cada vez duele más porque cada vez es más difícil. Y en ese dolor, la pregunta sobre la solidaridad se vuelve más aguda.


La solidaridad que recibe Cuba: existe, crece y no se rinde

Quien dice que el mundo no está con Cuba, miente. O no quiere ver.

En julio de 2026, la Unión Europea destinó 10 millones de euros adicionales en ayuda humanitaria para Cuba, priorizando atención sanitaria, alimentación y agua. El proyecto solidario “Rumbo a Cuba”, encabezado por la ONG Open Arms y más de 150 organizaciones de la sociedad civil, ha llevado ayuda humanitaria a la isla. El velero Astral llegó a La Habana con siete toneladas de ayuda. En marzo de 2026, la flotilla “Nuestra América Convoy a Cuba” trajo alimentos, medicinas y paneles solares desde México.

Más de 8,840 personas de 58 países firmaron una declaración rechazando la agresión militar y el bloqueo. El Día Internacional de la Solidaridad con Cuba se celebró con movilizaciones en todo el mundo.

¿Es suficiente? No. Porque ningún cargamento de ayuda puede equipararse al daño de un bloqueo que dura seis décadas. Pero no es cierto que no exista. La solidaridad internacional hacia Cuba está creciendo, no disminuyendo. Y como dijo David Adler, coordinador de la Internacional Progresista: “No se puede cuantificar el aporte de la ayuda solo en el cargamento, sino que su principal contribución es ir en contra de la propia política de Washington”.


Entonces, ¿para qué sirvió tanta solidaridad?

Volvamos a la pregunta que duele. Y respondámosla con la verdad que Fidel nos legó.

Primero: la solidaridad no es un intercambio comercial. Cuba no dio médicos al mundo para recibir petróleo a cambio. No formó a miles de profesionales para cobrar una factura. Dio porque era lo correcto. Porque “ser internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”. Quien da desde la convicción no espera una devolución en la misma moneda. Espera, eso sí, que el mundo sepa quién es Cuba. Y el mundo lo sabe.

Segundo: la asimetría es brutal. Cuba es un país pequeño, bloqueado y asediado. Enfrenta a la mayor potencia militar y económica de la historia. Ninguna cantidad de solidaridad internacional puede igualar el poder de fuego y de coerción de Estados Unidos. Pedir que la solidaridad recibida sea proporcional a la solidaridad dada es ignorar que el bloqueo no es un fenómeno natural, es un arma de guerra.

Tercero: la resistencia del pueblo cubano es en sí misma un acto de solidaridad. Con su propia historia. Con su proyecto. Con los pueblos que han sido inspirados por su ejemplo. Fidel lo dijo: “De nada valdría la solidaridad internacional si nosotros no fuésemos capaces de presentar, desde el primer segundo, una resistencia tenaz e invencible.” Esa resistencia, la que hoy vemos en cada cubano que no se rinde, es la respuesta más contundente al imperio.

Cuarto: Cuba ha sembrado solidaridad en el mundo. Y esa siembra ha creado conciencia, redes de apoyo y una imagen moral que ningún bloqueo puede borrar. Cuando el mundo ve a Cuba resistiendo, no ve a un país derrotado. Ve a un pueblo que ha dado todo por los demás y sigue en pie. Esa es una fuerza que trasciende el momento presente. Esa es una fuerza que construye futuro.


Conclusión: la solidaridad es brújula, no moneda de cambio

La solidaridad, en la visión de Fidel, no es un recurso que se acumula o se gasta. Es un principio ético, una forma de estar en el mundo. Cuba no dio solidaridad para recibir algo a cambio; la dio porque era lo correcto.

El hecho de que hoy Cuba enfrente una crisis severa no invalida décadas de solidaridad. La solidaridad que Cuba ha dado al mundo sigue viva en la memoria de los pueblos que han recibido sus médicos, sus maestros y su ejemplo. Esa memoria es un capital moral que, en el largo plazo, pesa más que cualquier bloqueo.

El pueblo cubano tiene derecho a sentir angustia y a preguntarse. Pero también puede recordar que no está solo: hay un mundo que se moviliza, que condena el bloqueo y que envía ayuda. Y sobre todo, puede recordar que la historia no se mide en ciclos cortos de crisis, sino en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Como dijo Fidel: “El internacionalismo es una de nuestras banderas más sagradas, y desarrollamos nuestra conciencia internacionalista en la práctica del internacionalismo.”

Esa bandera sigue ondeando. Y mientras ondee, Cuba no estará sola.

Redacción Razones de Cuba

Trabajos periodísticos que revelan la continuidad de las acciones contra Cuba desde los Estados Unidos.

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