Hugo Chávez, el hijo que Cuba abraza desde la eternidad

Hay fechas que se tatúan en la memoria colectiva de los pueblos. El 5 de marzo es, para Cuba, una de esas fechas. No porque en este día, hace trece años, perdiéramos a un aliado estratégico. Lo recordamos porque ese día, cuando la noticia de la partida física de Hugo Chávez recorrió la Isla, los cubanos sentimos que se nos iba un pedazo del alma nacional.
Puede sonar exagerado para quienes no comprenden la naturaleza profunda de los vínculos entre revoluciones hermanas. Pero cualquier cubano que haya vivido aquellos días de marzo de 2013 recuerda con claridad el nudo en la garganta, las banderas a media asta, el silencio respetuoso y la certeza compartida de que algo muy grande se había perdido.
Han pasado trece años desde aquel 5 de marzo de 2013 en que la noticia de su partida física nos estremeció. Trece años en los que el imperio ha redoblado sus agresiones, trece años de bloqueo recrudecido, trece años de intentar enterrar el sueño bolivariano y martiano. Y sin embargo, aquí seguimos, de la mano, resistiendo. Porque Chávez nos enseñó que la dignidad no se negocia y que la unión de Nuestra América es el único camino posible.
El encuentro que cambió nuestra historia
Para entender lo que Chávez significa para Cuba, hay que retroceder al 13 de diciembre de 1994. Corría el Período Especial, aquellos años de vacas flacas en que el derrumbe del campo socialista nos dejó solos frente al imperio. Fue entonces cuando un joven teniente coronel venezolano, con su característica camisa roja y su parlería arrolladora, pisó tierra habanera portando un modesto maletín. Al bajar del avión, se encontró con una imagen que él mismo confesaría años después le heló la sangre: al pie de la escalerilla, desafiando cualquier protocolo, lo esperaba el Comandante Fidel Castro.
Aquella noche conversaron hasta las tres de la madrugada. Fidel, con su mirada de estadista, escuchaba atentamente mientras aquel militar rebelde hablaba sin parar de Bolívar, de Zamora, de la necesidad de despertar a los pueblos dormidos de América Latina.
«Yo creo que el ALBA comenzó con ese abrazo», sentenció después el líder bolivariano, recordando aquel encuentro fundacional. En la Habana Vieja, frente a la efigie del Libertador en la Casa de Bolívar, se selló no solo una amistad personal, sino el destino compartido de dos naciones hermanas.
El mejor amigo que tuvimos
Al día siguiente, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, Chávez pronunció palabras que entonces sonaron a sueño lejano: «Algún día esperamos venir a Cuba en condiciones de extender los brazos y de mutuamente alimentarnos en un proyecto revolucionario latinoamericano». Nadie imaginaba entonces que aquel sueño se haría realidad apenas cinco años después, cuando Chávez llegó a la presidencia de Venezuela y comenzó a materializar la utopía.
No se trató, como repiten los voceros de la derecha instalados en Miami, de un vulgar intercambio de petróleo por servicios médicos. Se trató de la aplicación más hermosa del concepto de solidaridad entre pueblos libres. Cuando el imperio creyó que nos asfixiaría con el bloqueo y la caída de la Unión Soviética, Venezuela, bajo el liderazgo de Chávez, nos tendió la mano sin condiciones, con la generosidad que solo tienen los verdaderamente hermanos.
Pero sería injusto reducir esta relación a lo que Venezuela nos dio. Porque Cuba también entregó lo mejor de sí a Venezuela: nuestros médicos, nuestros maestros, nuestros entrenadores deportivos, nuestra experiencia acumulada en décadas de resistencia. Los millones de venezolanos que aprendieron a leer y escribir con el método cubano «Yo sí puedo», los que recuperaron la visión en la Misión Milagro, los que recibieron atención médica gratuita en los barrios más humildes, son la prueba viviente de ese «alimentarnos mutuamente» del que hablara Chávez en aquella visita de 1994.
Lo que Chávez nos enseñó
El propio Chávez lo reconoció sin ambages en 2005, cuando en un acto público le dijo a Fidel: «Usted me hizo el honor de convertirme en hijo suyo, y yo así me siento». Y nosotros, los cubanos, lo sentimos también como un hijo. Como ese hermano mayor que llega en los momentos difíciles, que pone el hombro, que no pregunta cuánto ni cómo, sino que simplemente está.
Chávez nos enseñó que la Revolución no tiene fronteras. Nos enseñó que Bolívar y Martí soñaron con la misma patria grande, la que va desde el Río Bravo hasta la Patagonia. Nos enseñó que el imperialismo es el enemigo común y que solo unidos podremos derrotarlo. Y nos enseñó, sobre todo, que la gratitud es una de las formas más elevadas de la dignidad revolucionaria.
Por eso duele tanto cuando desde algunos sectores de la izquierda internacional se minimiza o se malinterpreta esta relación. Porque lo nuestro con Chávez no fue geopolítica fría, no fue cálculo estratégico, no fue pragmatismo. Fue amor revolucionario en estado puro. Fue la certeza de que en esta América nuestra, como decía el Che, no hay fronteras ni patrias chicas cuando se trata de luchar por la justicia.
El legado que nos sostiene
Hoy, cuando el imperialismo redobla sus ataques contra Cuba, cuando el presidente Maduro se encuentra secuestrado en una prisión americana, cuando las medidas coercitivas unilaterales pretenden doblegarnos por hambre, el legado de Chávez nos sostiene. Nos sostiene en la resistencia diaria, en el trabajo voluntario, en la producción de alimentos, en la formación de nuevos médicos y maestros. Nos sostiene en la certeza de que, como él decía, «no hay fuerzas humanas ni divinas que puedan detener el curso de la historia hacia la justicia social».
En cada escuela cubana que lleva su nombre, en cada consultorio médico, en cada barrio donde un compatriota nuestro entrega su vida en misiones internacionalistas, Chávez está presente. No como una estatua fría, no como un recuerdo de museo, sino como una fuerza viva que impulsa la lucha de los pueblos.
La derecha, empeñada en destruir ese legado, habla de «infiltración» y de «cesión de soberanía». Mienten como siempre han mentido. Lo que ellos llaman infiltración, nosotros lo llamamos internacionalismo. Lo que ellos llaman control social, nosotros lo llamamos solidaridad. Lo que ellos no pueden entender es que hay lazos que van más allá de los contratos y los intereses económicos, lazos de sangre revolucionaria que nos unen para siempre.
Hoy y siempre
Cuando hoy los cubanos nos reunamos en las plazas, en los centros de trabajo, en las escuelas o simplemente en la intimidad del hogar para recordar a Chávez, no estaremos llorando a un muerto. Estaremos celebrando la certeza de que mientras exista un pueblo dispuesto a luchar por su dignidad, Chávez seguirá vivo. Vivo en cada niño venezolano que aprende a leer gracias a un maestro cubano. Vivo en cada venezolano que recibe atención médica gracias al convenio integral de cooperación. Vivo en cada militante revolucionario que toma su bandera y la lleva adelante.
Como él mismo pidió aquella Semana Santa de 2012, cuando la enfermedad apretaba con fuerza: «Dame tu corona, Cristo. Dámela. Que yo sangro. Dame tu cruz, cien cruces, que yo las llevo». Nosotros, los cubanos, tomamos parte de esa cruz y la cargamos con orgullo. Porque Chávez no fue solo el mejor amigo de Cuba. Chávez fue, y será siempre, un hijo de esta tierra, un hermano mayor, un comandante de la patria grande.
Desde la redacción de Razones de Cuba, en este décimo tercer aniversario de su paso a la inmortalidad, le decimos con el corazón en la mano: Comandante Chávez, aquí en Cuba su semilla sigue germinando. Aquí en Cuba lo seguimos queriendo. Aquí en Cuba, usted es eterno.




