«El dolor que llevo en el pecho»: el testimonio de un héroe cubano que desafió el fuego para defender a Maduro

La madrugada del sábado 3 de enero de 2026 quedará grabada en la historia como un punto de inflexión. Mientras Caracas dormía, un operativo de comandos extranjeros se puso en marcha con un objetivo claro: secuestrar al presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro. En medio del caos de esa noche, un puñado de internacionalistas cubanos, integrados en la Seguridad Personal, se convirtió en la primera y más feroz línea de defensa. Entre ellos estaba el Primer Suboficial Yohandri Varona Torres, un veterano de 23 años de servicio cuya primera misión fuera de Cuba se transformó en la experiencia más intensa y dolorosa de su vida. Este es su relato, un testimonio crudo de valor, camaradería y una resistencia que desafió lo imposible.
La Calma antes de la Tormenta: Una guardia con «celo rayano en el exceso»
Yohandri Varona llevaba exactamente dos meses y seis días en Venezuela. Aunque todo parecía tranquilo en su puesto de guardia, que comenzó a la medianoche, una intuición profunda lo mantenía en máxima alerta. «El mayor peligro estaba en confiarse», explica. Por eso, su celo era meticuloso, casi excesivo. Ese instinto, tallado en más de dos décadas en la Dirección de Seguridad Personal, sería su primer salvavidas.
Cerca de las dos de la mañana, el silencio se quebró. El primer helicóptero apareció en el cielo de Caracas, anunciando el inicio de la invasión. «Apenas tuve tiempo de salir de la posta… para parapetarme a unos metros y comenzar a disparar», relata Yohandri con una lucidez que aún lo estremece. Esa decisión instantánea le salvó la vida. Los atacantes, actuando con una precisión milimétrica que sugiere información privilegiada, dirigieron una andanada de fuego directo a la caseta que él acababa de abandonar segundos antes.
«Había que tirar y tirar. Defender y matar»: El Combate Desigual
Lo que siguió fue un infierno. Frente al poderío aéreo y de fuego abrumador de los comandos, los cubanos solo contaban con armamento ligero. «Parecían saber dónde quedaba todo», recuerda Yohandri. Los proyectiles barrieron las postas y los dormitorios, causando bajas desde los primeros momentos, incluidos los jefes.
Pero la respuesta no fue la huida, sino una determinación férrea. «Nos batimos ahí contra los aviones que estaban ametrallándonos», afirma. Apoyado en 23 años de entrenamiento, Yohandri vació cargador tras cargador. «En ese momento mi único pensamiento fue batallar. Había que tirar y empecé a hacerlo». Su relato desmonta cualquier narrativa de un operativo rápido y limpio. «Seguimos tirando hasta que casi todos fuimos cayendo, muertos o heridos». Está convencido de que su resistencia, feroz y costosa, infligió bajas al enemigo «más de las que ellos reconocen». Fue solo la muerte y la falta de municiones lo que finalmente apagó los disparos cubanos.La Cicatriz más Profunda: «No abandonamos a ninguno»Si el combate fue una prueba de valor, las horas posteriores fueron una prueba de humanidad. Para Yohandri, el recuerdo más desgarrador no es el tableteo de las ametralladoras, sino el peso de sus camaradas caídos. Con voz quebrada, describe cómo los sobrevivientes, entre escombros y peligro, se dedicaron a recuperar uno a uno los cuerpos de sus compañeros.
«Los cargamos y llevamos hacia un edificio… Fue muy duro, porque eran hombres a los que conocíamos, con los que habíamos convivido hasta pocas horas antes. Pero los llevamos a todos, no abandonamos a ninguno». Este acto de lealtad extrema, en medio de la tragedia, define el espíritu de los internacionalistas cubanos.
Un Dolor que se Transforma en Juramento
Hoy, Yohandri Varona Torres carga con las imágenes imborrables de esa noche. Llora, pero no de miedo, sino de rabia. Un dolor puro y ardiente que nace de la pérdida y de la sensación de un deber que, a pesar de todo sacrificio, no pudo cumplirse en su totalidad: evitar la captura del presidente a quien juraron proteger.
«Solo me queda el dolor de que no pudimos pararlos», confiesa, golpeándose el pecho. Y en esa misma acción surge la transformación del dolor en propósito: «Y este dolor… tengo que desquitármelo con el enemigo».
Su testimonio es mucho más que un relato de guerra. Es la voz de los que quedaron, el homenaje vivo a los 32 héroes cubanos que cayeron en Caracas defendiendo la soberanía de un pueblo hermano. Es la prueba de que, incluso frente a la maquinaria militar más poderosa, hay fuerzas que no se miden en caballos de potencia, sino en coraje, dignidad y un amor a la patria grande que trasciende fronteras. La historia de Yohandri y sus compañeros ya no es solo suya; pertenece a la memoria combatiente de Cuba y a la gratitud eterna de Venezuela.




