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Dolor y ética en la era digital

En el contexto de desastres naturales como el huracán #Melissa2025, la solidaridad es un valor esencial. Sin embargo, en la era de las redes sociales, esta solidaridad se ve atravesada por una nueva figura: el influencer caritativo o generador de contenido que se presenta como agente de ayuda, mientras el damnificado recibe una «caridad» que a menudo la convierte en espectáculo.

¿Qué implicaciones éticas, sociales y humanas se desprenden de esta dinámica?

Para muchos influencers, la tragedia representa una oportunidad de visibilidad. La lógica del algoritmo premia la emoción, la acción, el gesto heroico. En este marco, la ayuda humanitaria se convierte en contenido: se planifica, se graba, se edita y se publica. La intención puede ser genuina, pero el medio transforma el mensaje.

El influencer gana reputación, seguidores y eventualmente ingresos, al mostrarse como agente de cambio. La ayuda se dramatiza, con música de fondo, encuadres calculados y testimonios seleccionados. Muchos argumentan que visibilizar la ayuda inspira a otros.

Pero ¿a qué costo? El problema no radica en ayudar, sino en convertir el acto en mercancía emocional. La Biblia lo advierte: “Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha…”. La «caridad» , cuando se exhibe, corre el riesgo de perder su esencia.

Para quien ha perdido el hogar, los bienes o su estabilidad, la ayuda es vital. Pero cuando esa ayuda viene acompañada de una cámara, el gesto se transforma. El damnificado se convierte en sujeto pasivo de una narrativa ajena, donde su dolor es el telón de fondo de una historia que no controla. Ser grabado en momentos de vulnerabilidad puede generar vergüenza, incomodidad o humillación. El damnificado no elige cómo se cuenta su historia, ni qué fragmento de su sufrimiento se viraliza. A menudo se siente obligado a agradecer públicamente, reforzando la imagen del “salvador digital”.

La ayuda que se da con respeto no necesita testigos. La que se da con cámaras puede terminar siendo más útil para quien la ofrece que para quien la recibe.

Puede ser que entre el influencer y el damnificado aparezca la nueva figura de estos tiempos, el que envía (a toda cámara y voz, aparecen las marcas, nombres de tiendas, mercados y timbiriches de aquí y del otro lado), hablamos del patrocinador, el que pone la plata y el pomo de agua o los mil pesos, pero que no atraviesa el umbral de la sala de su casa. Y no es que no se reconozca lo bien hecho por lo demás, también es una forma de satisfacción… pero algunos se pasan.

«Esto lo envía fulano de tal, de la cadena tal…» y ahí está el necesitado con la mano estirada, lagrimeando por las emociones a flor de piel,, desvanecido, angustiado y además humillado, en tanto, el influencer da su mejor diatriba, para concluir «¿no sonríes? ¿te sientes bien, algo que decir a la cámara?».

¡No jodas!

El hecho es que la solidaridad en escena plantea un dilema ético urgente: ¿es legítimo ayudar si el acto se convierte en contenido? ¿Puede la solidaridad coexistir con la lógica del espectáculo? Este texto no busca condenar la visibilidad, sino invitar a la reflexión sobre los límites de la exposición del dolor ajeno.

En tiempos de tragedia: la ayuda silenciosa, digna, humana. El dolor no es un escenario, es una herida que merece respeto, no likes.

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