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Dejen en paz el Caribe

Ahora resulta que el mar Caribe no es un tablero de ajedrez donde vienen a mover sus flotas por cálculo electoral…

Lo que deben saber es que este mar no es un escenario para distraer votantes, ni un teatro donde los capitanes reparten miedo mientras en sus propias calles se mata por una dosis más. Si la guerra es un asunto de encuestas, que la hagan en su propio territorio. Que amarren sus buques de muerte en las aguas que los rodean, allí donde la angustia del ciudadano común ya carga con su propio lastre.

El Caribe ha sobrevivido a demasiados siglos de invasiones, bloqueos y saqueos. Ya no necesita los uniformes que llegan con discursos de libertad y acaban dejando ruinas. Cada isla, cada costa, tiene derecho a respirar sin la sombra de los portaaviones. Si quieren guerra, que la declaren contra sus propios fantasmas: los que fabrican armas en masa, los que lavan el dinero del narcotráfico y los que consumen hasta el aire.

Que se vayan a sus avenidas donde corre el tráfico real: Los Ángeles, Miami, Chicago, Nueva York. Que enfrenten allí a los carteles que controlan las esquinas, las pandillas que nacieron bajo sus luces de neón y sodio, los muertos que ya ni caben en las estadísticas.

Este mar pide respeto.

Pide silencio para sus pueblos pequeños, que han sabido sobrevivir al oro, al azúcar, a las bases militares y a las promesas rotas. Si quieren petróleo, que lo compren. Si necesitan aliados, que los ganen con justicia y no con intimidación. Que naveguen en sus propias aguas. Que miren hacia sus propias costas.

Sobre todo: dejen en paz el Caribe.

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