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¿Cuánto vale la palabra de Trump?

¡Ah, la palabra de Donald J. Trump! Menos que un boleto de lotería usado.

En un mundo donde los políticos ya son expertos en giros de 180 grados, Trump eleva el arte de la voltereta dialéctica a niveles olímpicos. No se trata de coherencia, ni de principios, ni siquiera de un plan medianamente sensato. No, señor: se trata del show. Del gran circo ambulante donde él es el payaso principal, el domador de leones y el trapecista todo en uno.

Ucrania: del «Fin en 24 horas» a la promesa de «Luchar hasta el final»

Mantener los ojos del mundo clavados en su figura dorada, eso es lo que cuenta. El resto —guerras, refugiados, planetas en llamas— es mero telón de fondo para su próximo tweet furioso o su pose de salvador del universo.

Tomemos, por ejemplo, su odisea verbal con la guerra en Ucrania. Recuerden febrero de 2025: Trump, fresco en su segundo mandato, tuiteaba con la urgencia de un vendedor de infomerciales a medianoche. «¡Terminaré esta guerra en 24 horas! ¡Una semana como máximo!», bramaba, como si Putin y Zelensky fueran meros inquilinos reacios a renovar el contrato de su casita en Crimea.

En marzo, lo pillamos en una reunión candente con Zelensky, donde le soltó un ultimátum digno de un guionista de telenovela: «¡Negocia ya o nos largamos! ¡Haz un trato o estás solo, Volodymyr!» Presión pública, amenazas veladas de cortar la ayuda… Todo para “forzar” un «acuerdo» que, según él, cedería varios territorios a Rusia a cambio de un abrazo eterno.

Un giro inesperado: El «estratega» que se desdice en la ONU

¡Qué maestro del ajedrez diplomático! O al menos, eso vendía. Pero esperen, queridos espectadores, ¡el plot twist! Avancemos a septiembre de 2025, en plena Asamblea General de la ONU. El mismo Trump que juraba «paz en una semana» ahora declara que «Ucrania puede recuperar todo su territorio con apoyo de la OTAN y Europa».

¿Luchar más? ¡Por supuesto! Y no solo eso: en una reunión con Zelensky, le guiña el ojo y dice que está abierto a proporcionar misiles de largo alcance para que Kiev les dé una «lección» a los rusos en su propio patio trasero.

¿Dónde quedó la «presión para negociar»? Ah, sí: en el basurero. ¿El resultado? Ningún fin de guerra, solo más combustible para el drama eterno. Porque, ¿quién necesita consistencia cuando tienes atención?

Gaza: De la «Riviera» a la «Misión de paz» en un abrir y cerrar de ojos

Y no paren la orquesta, porque Gaza es el bis perfecto de esta farsa. En febrero, Trump desempolva su manual de bienes raíces y anuncia su «gran idea»: EE.UU. toma control de la Franja, expulsa a los 2.2 millones de palestinos a Egipto, Jordania o cualquier vecino que pille desprevenido, y ¡voilà! La convierte en la «Riviera del Medio Oriente».

Imagínenlo: palmeras, casinos Trump, y un spa donde antes había ruinas. Netanyahu aplaudía como si fuera el guionista de su propia sitcom, mientras el mundo jadeaba en horror ante esta receta de limpieza étnica envuelta en papel de regalo inmobiliario. «¡Tomaremos Gaza!», tronaba, como si fuera un Airbnb de lujo en disputa.

Pero ¡sorpresa, segunda temporada! Para septiembre, con los líderes árabes frunciendo el ceño en la ONU y las protestas globales convirtiéndose en un dolor de cabeza, Trump saca un «nuevo plan» de la manga: nada de expulsiones, ¡promesa! En su lugar, una «misión militar árabe» para garantizar la paz, con tropas de Jordania y Egipto manteniendo el orden mientras Israel se retira gradualmente.

Un «plan de 21 puntos» que incluye amnistía para militantes de Hamas arrepentidos, fondos árabes para reconstruir, y hasta un guiño a un futuro estado palestino. ¿La Riviera? Olvídense, ahora es «desradicalización» y «ayuda humanitaria». ¿Por qué el cambio? Simple: el show necesitaba un giro pro-árabe para no perder audiencia en Riad y Doha. Los palestinos, por supuesto, siguen como extras en esta producción: ni expulsados ni empoderados, solo esperando el próximo guion.

El cambio climático: El negacionismo como espectáculo para las petroleras

Y para rematar, aterricemos en su discurso en la ONU. Ahí, ante un auditorio de líderes mundiales que fingían interés, Trump desata una avalancha de manipulaciones sobre el cambio climático que harían sonrojar a un mago de tres al cuarto. «¡Es una estafa! ¡Un cuento chino para jodernos la economía!», repite como un loro con resaca, ignorando que 2024 fue el año más caliente en 175 años de registros.

Miente sobre las energías renovables: «¡Destruyen empleos y no funcionan!», cuando en realidad crearon tres veces más puestos que el resto de la economía en 2024, y el 90% de los nuevos proyectos son más baratos que los fósiles. Ataca el Acuerdo de París como un «robo» donde China se sale con la suya (falso: cada país fija sus metas). Y Europa, que se calienta al doble del promedio global, ¿qué? «¡Sus olas de calor son un invento!», dice, mientras 62.700 personas mueren de golpe de calor al año.

Todo para complacer a sus donantes petroleros. ¿Manipulación burda? Claro. ¿Mentiras? Un carrusel entero. Pero hey, ¡genera clics!

El show debe continuar, sin importar la realidad

En fin, ¿cuánto vale la palabra de Trump? Menos que el precio de una entrada a su próximo mitin: cero absoluto, evaporada en el éter del espectáculo. Cambia de «paz en una semana» a «¡luche hasta el final!» porque las cámaras lo exigen. Pasa de «expulsemos a Gaza» a «¡misión árabe de paz!» para no perder el favor de los jeques.

Trump no es un líder; es un showboy eterno, un ilusionista que prioriza el aplauso sobre la realidad. Si esperas sustancia, cómprate un libro. Si quieres entretenimiento, sintoniza Fox. Pero si buscas una palabra que valga algo… mira a otro lado.

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