Al día siguiente y nueve años después: La siembra que no cesa

Hay partidas que son solo siembras. La del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz es una de ellas. Hoy, a nueve años de su siembra física, no lo rememoramos como una ausencia, sino como una presencia que se ha multiplicado en el latido de un pueblo. El “día después” de su partida no fue el inicio de un vacío, sino la confirmación de que las ideas, cuando son profundamente arraigadas, se convierten en raíces indestructibles.
Una breve anécdota personal que compartimos del 20 de julio de 1975 en Tarará, es mucho más que un recuerdo nostálgico. Es la metáfora viva de la Revolución. Un espacio que antes fue exclusividad de ricos, transformado en alegría para miles de pioneros. Ese día, Fidel no era solo el estadista; era el “amiguito mayor” que enseñó con sus palabras a los pioneros allí presentes, y con la obra tangible a sus espaldas, que solo del trabajo entusiasta y creador surgen los bienes verdaderos. Los convenció de que una idea, para triunfar, debe ser pensada, predicada, defendida y, finalmente, abrazada por la gente. A los 10 años de edad un pionero amigo —presente allí— comprendía entonces que la justicia no era un discurso, sino una realidad: escuelas, médicos, un campamento donde no había un solo niño desamparado, hambriento o pidiendo limosna. Era el futuro hecho presente.
Y sin embargo, hoy, otro año se despide y el contexto nos obliga a una reflexión más profunda, a mirarnos en el espejo de estos “tiempos duros” que nos forjan en la añoranza. Un septuagenario zapatero de La Habana, con su mezcla de amor, rabia e indignación, tiene razón: lo que vivimos está mediado por el liderazgo y, a veces, duele la ausencia física del tejedor de ideas. Duele cuando vemos ausencias materiales en los mercados, en los hospitales, en las comunidades. Son carencias que gritan en silencio, mientras los valores humanos que una vez abrazamos como privilegio intentan escapar entre las grietas de la urgencia.
Es tentador, en medio de la dificultad, caer en la desesperanza o en la crítica fácil. Algunos, con afán apocalíptico, sentencian a los continuadores del proceso, a Raúl y a Díaz-Canel, acusándolos de inacción. Es una impostura ética. Quienes navegan en la falta de honradez argumental saben que el trabajo de ambos ha sido y, así se está haciendo, fomentar, desde el aprendizaje junto a Fidel, el bienestar del pueblo. La herencia no es ligera, y llevarla adelante bajo el asedio más feroz que recuerde la historia patria es un desafío monumental.
Sin embargo, es justo y necesario reconocer que no todos los males son importados. La corrupción, la falta de sensibilidad y honradez en algunos niveles de la base, son errores internos que siembran desconfianza y agravan las ausencias. Como bien enseñó Fidel, los tiempos duros no justifican la pérdida de valores. Las urgencias no pueden nublar el contacto con las mejores enseñanzas de nuestra Historia.
Precisamente por eso, en este punto crucial, el legado de Fidel se vuelve más vital que nunca. No es un recuerdo estático, sino un manual de acción. Iniciativas como la ruta “Con Fidel en las Alturas”, que promueve la Unión de Jóvenes Comunistas y tiene su clímax en este 2025, son antídotos contra el olvido. Son el reencuentro de las generaciones en los escenarios donde se forjó la libertad, un recordatorio de que la lucha continúa. Es la juventud, la que decide echar raíces aquí y entregarse a tareas de impacto social, la que denuncia con valor los factores externos que intentan quebrar nuestra unidad y soberanía.
El gobierno de los Estados Unidos, obstinado en su política fallida, y algunos compatriotas desde allá deseándonos el mal, no comprenden una cosa fundamental: la siembra de Fidel echó raíces demasiado profundas. El septuagenario zapatero que no se quiere bajar del camino, y el joven que levanta su país cada día, son la prueba viviente.
Nueve años después de su siembra, Fidel no es añoranza pasiva; es brújula. Su método no era la improvisación, sino la idea pensada, defendida y hecha realidad mediante el trabajo colectivo. Proponernos igualar su impronta, rescatar la esencia del trabajo creador y la honradez inquebrantable, es la única batalla que asegurará la victoria contra todas las ausencias.
El “día después” de su partida se ha convertido en un “hoy” permanente. Su cumpleaños, como él mismo, es para todos los tiempos. Porque, como aprendieron los pioneros que estuvieron junto a él, aquella tarde en Tarará, al final, la idea triunfa. Y la idea por la que él vivió y sembró, sigue viva, echando raíces más profundas y dando nuevos frutos en el empeño tenaz de todos nosotros, de su pueblo.




