fbpx
ESPECIALES

Marcos Rubio en La Habana

Noche oscura y estrellada en La Habana, agosto de 2025, un rumor sacude los callejones empedrados de Guanabacoa: Marcos Rubio, el Secretario de Estado, ha llegado a hurtadillas a la ciudad, no entró con un pasaporte diplomático, pero trajo una ambiciosa preocupación.

Atormentado por las encuestas y las dudas existenciales sobre su futuro político, decidió consultar a la célebre Mamá Caracoles», una adivina famosa por sus redicciones tan precisas como enigmáticas (y por el café con ron que desataba las lenguas).

Con su traje arrugado por el viaje y un sombrero de paja que gritaba «turista perdido» llegó a las 3 de la mañana a un portal en el corazón del barrio ultramarino. Llamó tres veces, como le indicaron, y la puerta se abrió con un chirrido de espanto. Ahí estaba Mama, envuelta en una túnica de colores, y en el hombro un loro que repetía: «¡Presidente o nada, presidente o nada!».

Rubio, nervioso, le espetó a Mamá Caracoles: «¿Podré ser presidente de EE.UU.? ¡Dímelo ya, tengo campaña que planear!».

La señora, entre risas y un sorbo de aguardiente, le pidió que se sentara en una silla coja. Tras una consulta que incluyó garabatear en un cuaderno con pluma de gallina corza, soltó su veredicto:

Marco, mi niño, tu destino presidencial depende de tres cosas: que dejes de apretar al pueblo de Cuba, los Orishas no te van a perdonar tantas necesidades; que convenzas a los votantes de que no eres un mentiroso; y que un Miccosukee de los Everglades te dé su bendición, porque cubano tú no eres. Si fallas, acabarás vendiendo croquetas en el Versailles.

Marcos palideció, pero anotó todo en su iPhone.

La sesión se puso surrealista cuando la Mama sacó un cristal empañado y le mostró una visión: Rubio aparecía en un debate presidencial, su rival era un muñeco vudú con cara de Trump que le lanzaba insultos en español.

El loro, entusiasmado, gritó: «¡Pégale, pégale!».

Rubio, sudando frío, preguntó si podía pagar en dólares o cripto. La Mama, pragmática, aceptó ambas. Al amanecer, Rubio salió tambaleándose entre el humo de tabaco y los vapores del alcohol, con un amuleto hecho de un garabato de guayaba cotorrera y un mechón de crin de caballo, ah, y la promesa de volver si las primarias se ponían feas.

Los vecinos juran que lo vieron subirse a un almendrón rumbo al aeropuerto, murmurando: «Si no gano seré croquetero, mi Dios». Mientras tanto, Mama Caracoles se rio a carcajadas, contando sus ganancias y asegurando que el Miccosukee de los Everglades ya tenía otro cliente en la lista: un tal DeSantis.

Siaaaaaaa Carachs

¿Será profecía o simple folclor caribeño? Solo el tiempo —y las urnas— lo dirán. Por ahora, Rubio sigue soñando con la Casa Blanca, pero con un pie en los pantanos.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba