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Elecciones de medio término en EE. UU.: por qué un nuevo Congreso no traerá alivio a Cuba

La “ola azul” que las encuestas anticipaban como una posibilidad se convirtió este 3 de noviembre en un tsunami electoral. Estados Unidos celebró sus elecciones de medio término y el Partido Demócrata no solo recuperó la Cámara de Representantes, sino que también arrebató el control del Senado a los republicanos, infligiendo un castigo histórico al presidente Donald Trump y a su partido.

Aunque Trump no figuraba en la boleta, los comicios funcionaron como un referéndum sobre sus dos primeros años de mandato. El resultado es inapelable: los demócratas obtuvieron una victoria contundente en ambos hemiciclos, impulsados por el descontento ciudadano con el costo de la vida y el rechazo a políticas clave de la administración. S

Sin embargo, para Cuba, el resultado de estas elecciones no cambiará el fondo de la política de bloqueo. La parálisis institucional que se avecina no es una promesa de apertura, sino la confirmación de un laberinto de vetos cruzados donde La Habana sigue siendo rehén de la política interna de su vecino.

¿Qué son los midterms y qué estaba en juego?

Las elecciones de medio término renuevan la totalidad de los 435 escaños de la Cámara de Representantes —cuyos miembros ejercen mandatos de dos años— y aproximadamente un tercio del Senado: 35 de las 100 bancas, con mandatos de seis años. Además, se eligen 36 gobernaciones estatales, legisladores locales y fiscales generales.

Los republicanos llegaban a estos comicios con una mayoría frágil: 218 escaños frente a 214 de los demócratas en la Cámara baja, y una ventaja de 53 a 47 en el Senado. Los demócratas necesitaban una ganancia neta de cuatro escaños para alcanzar los 51 y arrebatar el control de la cámara alta. No solo lograron esos cuatro, sino que superaron todas las expectativas.

Aunque los demócratas lograron ambas cámaras, Trump conserva el poder de veto presidencial, un contrapeso constitucional que limitará la reversión de su agenda.

El resultado: una victoria demócrata más amplia de lo previsto

Con el 100% de los escaños de la Cámara de Representantes en disputa, los demócratas aseguraron una mayoría cómoda, superando los 218 escaños necesarios. Los recuentos les otorgaban al menos 231 escaños frente a 144 de los republicanos, la mayoría más amplia para el partido en casi dos décadas.

En el Senado, la victoria fue aún más simbólica. Los demócratas no solo alcanzaron la mayoría de 51 escaños, sino que llegaron a 54, tras arrebatarle a los republicanos siete bancas en estados que durante décadas habían sido bastiones conservadores. Los triunfos se produjeron en Texas, Kansas, Iowa, Ohio, Maine, Carolina del Norte y Carolina del Sur. En Texas, el demócrata James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton, convirtiéndose en el primer demócrata electo al Senado por ese estado desde 1988. En Kansas, un escaño que llevaba casi un siglo en manos republicanas pasó a los demócratas.

Trump reconoció la derrota y afirmó estar dispuesto a aceptar los resultados y a trabajar con la oposición, a pesar de haber dicho con anterioridad que ante una victoria demócrata no dudaría en utilizaría su poder de veto ante las propuestas de un congreso mayormente demócrata.

Mismo perro, distinto collar

La expectativa de que un Congreso dominado por la oposición demócrata pueda suavizar el bloqueo es un espejismo. El viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, fue consultado en una entrevista con la agencia Bloomberg sobre si la isla podría esperar un cambio de política ante una hipotética llegada de los demócratas al poder. Su respuesta fue categórica:

«Aunque la gente en Cuba habla mucho de eso, quienes trabajamos en estos aspectos decimos que eso no es lo que debemos mirar.». Y añadió: «Podría ser una ilusión para algunas personas en Cuba, pero no es una realidad».

La razón es estructural. El bloqueo está codificado en la Ley Helms-Burton de 1996. Su Sección 102(h) transfiere la potestad exclusiva para derogar el entramado de sanciones al Congreso, y ninguna administración —demócrata o republicana— puede eliminarlo unilateralmente sin que se cumplan las condiciones estatutarias previas. La política de bloqueo ha perdurado durante casi siete décadas a través de administraciones de ambos partidos, y la experiencia demuestra que las transformaciones profundas no llegan «de regalo» desde Washington.

Un Congreso opositor puede, ciertamente, usar la palanca presupuestaria para condicionar o congelar partidas destinadas a la fiscalización de sanciones, o para introducir cláusulas restrictivas (riders) que salvaguarden el envío de medicinas y alimentos.

Lo que se consolida es un atrapamiento de políticas (policy gridlock): el Ejecutivo republicano se niega a utilizar su discrecionalidad regulatoria —a través de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC)— para otorgar licencias energéticas o comerciales de calado, mientras que el Congreso opositor rechaza cualquier iniciativa estatutaria para endurecer o flexibilizar el bloqueo por ley.

Cuba queda atrapada en un deterioro gradual de sus infraestructuras, sin acceso a financiación multilateral ni a asistencia energética sostenida.

La asimetría del poder ejecutivo: Trump no necesitó al Congreso, y el Congreso no puede deshacerlo fácilmente

El error de cálculo de quienes esperan un cambio radical en Washington radica en subestimar la asimetría entre el poder ejecutivo y el legislativo en materia de política exterior y sanciones. Donald Trump no necesitó una mayoría legislativa para imponer sus sanciones contra Cuba, y un Congreso opositor tampoco podrá revertirlas.

A principios de 2026, Trump firmó una orden ejecutiva que declaraba a Cuba una «amenaza inusual y extraordinaria» a la seguridad nacional y establecía un bloqueo petrolero de facto, amenazando con aranceles a cualquier país que suministrara crudo a la isla.

Estas acciones se sustentaron en la discrecionalidad del Ejecutivo y en herramientas como la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA), sin requerir la aprobación del Capitolio. Cuando los demócratas intentaron legislar para obligar a Trump a poner fin al bloqueo energético, el Senado —entonces controlado por los republicanos— rechazó la resolución en octubre de 2026.

La lección es clara: el Ejecutivo puede escalar la presión de forma unilateral y rápida, mientras que el Legislativo enfrenta obstáculos procedimentales, vetos y la necesidad de mayorías cualificadas para desmantelar lo que ya está en marcha.

La propia Corte Suprema, en el caso Learning Resources, Inc. v. Trump, limitó el uso de la IEEPA para imponer aranceles unilaterales, pero la administración recurrió a otras vías estatutarias —como la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974, con topes del 15% y límites temporales— para mantener la presión. En este nuevo escenario, la mayoría parlamentaria podría limitar algunas de estas vías, pero no podría borrar de un plumazo el entramado de sanciones ni la orden ejecutiva que declaró la emergencia nacional.

El verdadero impacto: parálisis, no apertura

Para La Habana, el escenario actual —una presidencia republicana con una Cámara y un Senado demócrata— no ofrece un cambio de rumbo. Significa, por el contrario, la profundización de la parálisis.

El Ejecutivo seguirá aplicando su discrecionalidad regulatoria para mantener la presión, mientras el Congreso opositor se limitará a bloquear cualquier nueva ley punitiva de alcance estatutario, pero sin capacidad de desmantelar el bloqueo existente. La encargada de negocios de Cuba en Washington, Lianys Torres, lo resumió con crudeza: «Nosotros no nos hacemos ningún tipo de ilusiones con eso. Es algo que le toca a los estadounidenses decidir».

Mientras tanto, la crisis energética y económica de la isla continúa agravándose. El colapso recurrente del Sistema Eléctrico Nacional, el desabastecimiento de combustible derivado de las restricciones externas y la incapacidad de importar las piezas para modernizar la red de distribución han probocado apagones de hasta más de 20 horas.

Una parálisis en Washington no aliviará esta situación. Dejará a Cuba secuestrada entre la indiferencia de un Presidente que no tiene incentivos para flexibilizar y la maquinaria de odio detrás de un Secretario de Estado que tiene todos los incentivos para seguir apretando.

La conclusión es incómoda pero ineludible: las elecciones de medio término en Estados Unidos son un ejercicio de política doméstica que redefine equilibrios internos, pero no una puerta hacia la normalización con Cuba. Como advirtió Fernández de Cossío, lo que suceda en los asuntos domésticos de Estados Unidos no tendrá un impacto real en la isla. La “ola azul” ha cambiado el color del Congreso, pero no el de la política de bloqueo.

Redacción Razones de Cuba

Trabajos periodísticos que revelan la continuidad de las acciones contra Cuba desde los Estados Unidos.

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