‘Make Cuba great again’: El regreso de un fantasma que el pueblo cubano ya venció

En los últimos meses ha resurgido en ciertos círculos de la emigración radical una consigna que pretende sonar novedosa pero que, en realidad, exhuma uno de los proyectos más antiguos y fracasados contra la soberanía nacional: el anexionismo. Bajo el lema «Make Cuba great again» —una copia servil de la retórica trumpista—, un pequeño sector promueve abiertamente la anexión de Cuba a los Estados Unidos, presentándola como una solución mágica a los problemas actuales. Este movimiento no es más que la versión siglo XXI de una añeja corriente política que, desde el siglo XIX, ha pretendido negar la capacidad del pueblo cubano para forjar su propio destino.

Una idea vieja con ropaje nuevo: la esencia del anexionismo
El anexionismo se define como la corriente que sustenta la adición total o parcial del territorio propio a otro Estado. En el caso cubano, históricamente ha estado vinculado a la «mentalidad dependiente» y a la «desconfianza en las capacidades propias», pretextos fabricados de los cuales se ha probado ampliamente su invalidez.
Aunque hoy se viste con el lenguaje moderno de internet y las redes sociales, su esencia es la misma que en el siglo XIX: la renuncia a la independencia verdadera. Como señaló el pensador José Antonio Saco en su época, el anexionismo representa la absorción y la negación de la nacionalidad insular, algo que consideraba tan evidente «como negar la luz del sol a punto de mediodía».
Raíces históricas: por qué el anexionismo jamás triunfó en Cuba
El análisis histórico demuestra que el anexionismo, aunque presente en el debate del siglo XIX, nunca contó con una base social suficiente para hegemonizar el pensamiento político cubano. Surgió y tuvo cierto eco principalmente por la convergencia de los intereses de una parte de la burguesía esclavista criolla y la política expansionista de los Estados Unidos de aquella época.
La mayor condena al anexionismo provino del proceso mismo de formación de la nación cubana. José Martí, arquitecto de la Guerra Necesaria de 1895, dedicó su vida y obra a evitar lo que él llamó el «peligro mayor»: que Cuba pasara de colonia española a colonia estadounidense. Para Martí, la independencia era un principio innegociable de dignidad. Su lucha no fue solo contra España, sino también contra aquellos que, «al amparo de una tímida oposición a España, defendieron su presencia en la isla y combatieron los trabajos para librarla de su dominio». Él vio con claridad que el anexionismo era la negación misma de la patria por la que se luchaba.
La visión contemporánea: el antimperialismo como principio de la Revolución
El triunfo de la Revolución cubana en 1959 asumió el antimperialismo en un pilar fundamental de la política nacional. El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz caracterizó al imperialismo, y en particular al «imperialismo yanqui», como el enemigo principal e irreconciliable no solo de Cuba, sino de todos los pueblos explotados del mundo.
Para Fidel, la esencia explotadora y expansionista del imperialismo no había cambiado. Él advirtió que ceder ante sus presiones sería una «estrategia torpe y una colosal miopía política», una forma de «enajenarnos y quedar a merced de sus todavía poderosas fuerzas». Su pensamiento, heredero directo del de Martí y otros próceres de América, deja claro que no puede haber concesiones en materia de soberanía.
Esta postura se refleja en la posición del gobierno revolucionario actual. El presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez y el Consejo de Ministros han reafirmado recientemente que la solución a los desafíos del país —incluyendo la compleja situación energética— se busca «para aprovechar y buscarle solución a nuestros propios problemas», desde la soberanía y la integración de todos los actores de la nación. Este es el camino: la búsqueda de soluciones propias, no la capitulación.
Soberanía o nada
«Make Cuba great again» es un anacronismo político. Revive un proyecto que la historia cubana ya juzgó y desechó, porque se basaba en la falta de fe en el pueblo y servía a intereses foráneos y a minorías privilegiadas.
Frente a este fantasma, se alza el legado de Martí, quien nos enseñó que la Patria se defiende con intransigencia ante lo que atenta contra su dignidad esencial. Se alza el pensamiento de Fidel, para quien «no hay razón alguna para hacer la menor concesión al imperialismo». Y se alza, sobre todo, la decisión mayoritaria de un pueblo que, a lo largo de generaciones, ha elegido el difícil pero digno camino de la independencia.
La verdadera grandeza de Cuba no se conseguirá jamás arriando la bandera de la estrella solitaria. Se construye trabajando duro, desde dentro, con unidad, creatividad y la inquebrantable certeza de que los cubanos son, y serán siempre, los únicos dueños de su destino.




