Los cubanos no se rinden, Míster Trump

El 1ro de Mayo, Donald Trump afirmó con la soltura característica de quien nunca ha tenido que defender nada con su propio cuerpo, que cuando el portaaviones Abraham Lincoln regrese de Irán, lo pondrá a 100 yardas de las costas cubanas y los cubanos nos rendiremos. Vale la pena detenerse en esa frase. Esto revela muchísimo acerca de quien la dice.
Trump no hizo un análisis geopolítico. El proyecta la lógica del mercado inmobiliario sobre la historia de un pueblo. En el mundo de Trump, todo tiene precio, todo se negocia, y quien tiene el edificio más grande gana. Un portaaviones nuclear a 100 yardas de La Habana, en esa lógica, es simplemente una oferta que nadie puede rechazar.
El problema, para Trump por supuesto, es que Cuba no es un mercado inmobiliario. Y los cubanos llevamos más de 500 años demostrando exactamente lo contrario de lo que Trump supone.
Curiosamente, ya el propio Trump ya vio lo que hacemos los cubanos cuando se les enfrenta con fuerza. Lo vio el 3 de enero de 2026 en Venezuela. Y lo reconoció, aunque a regañadientes: «Son muy duros, son buenos soldados.»
Lo que Trump ya sabe porque lo vivió el 3 de enero
El 3 de enero de 2026, en el marco de la Operación Absolute Resolve, aproximadamente 200 comandos de la Fuerza Delta de los Estados Unidos, apoyados por más de 150 aeronaves — helicópteros, drones, cazas — ejecutaron un ataque nocturno coordinado con ciberataques contra las posiciones defensivas de la residencia del Presidente Nicolás Maduro, con el objetivo de secuestrarlo junto a su esposa Cilia Flores.
La operación había sido diseñada para durar minutos. Tenía superioridad numérica aplastante: 200 contra menos de 21. Tenía superioridad tecnológica total: armamento de largo alcance, misiles aire-tierra, visión nocturna, apoyo aéreo masivo, factor sorpresa, ciberataques previos. Tenía todo lo que el dinero y la tecnología militar más avanzada del mundo pueden comprar. Lo que no tenía era una respuesta para menos de 21 cubanos.
El dormitorio de la escolta cubana fue bombardeado en el ataque inicial. La CIA marcó ese lugar como prioritario. Los que sobrevivieron al bombardeo, un número que no podemos precisar pero que fue necesariamente inferior a 21, enfrentaron a 200 comandos de élite con armas ligeras: fusiles y pistolas. Sin blindaje. Sin apoyo aéreo. Sin posibilidad de refuerzo, estaban solos en el terreno. Sin ninguna posibilidad matemática de sobrevivir. No se rindieron.
Mantuvieron sus posiciones durante más de una hora. Obligaron a la Fuerza Delta a recurrir al apoyo aéreo pesado con misiles aire-tierra para poder avanzar. Infligieron bajas: siete soldados americanos heridos reconocidos oficialmente, dos hospitalizados, cifras que evolucionaron desde el «cero bajas» inicial hasta lo que la evidencia física obligó a admitir. Dañado un helicóptero MH-47 Chinook, aeronave especialmente preparada para operaciones de fuerzas especiales, que según fuentes de probada confianza cayó posteriormente con toda su tripulación al intentar alcanzar un tercer país para evacuación.
Los cubanos, hermanos de lucha y batalla de los que Trump cree que nos vamos a rendir no entregaron al Presidente. No entregaron a Cilia Flores. No negociaron su retirada. No calcularon las probabilidades y eligieron la supervivencia. Gastaron el último cartucho. Y cayeron cumpliendo su misión.
Los 32 cubanos que murieron ese día, entre los caídos en el bombardeo al dormitorio y los que combatieron hasta el final, son la respuesta más reciente, más documentada y más concreta que existe a la pregunta de qué sucede cuando a un cubano se le pone una fuerza abrumadora enfrente y se le dice: ríndete.
Stephen Miller, asesor de la Casa Blanca, describió lo ocurrido como una «furiosa batalla de disparos.» El propio Trump llamó a los cubanos «muy duros, buenos soldados.» No se usted estimado lector, pero para mi ese no es el vocabulario que se usa para describir a un pueblo que se rinde ante un portaaviones.
Lo que Trump no sabe (o no quiere saber)
Octubre de 1962
La memoria de los imperialistas, como se sabe, es selectiva. Así que conviene recordarle lo que ocurrió la última vez que una superpotencia intentó doblarle el brazo a Cuba por la fuerza desde el mar.
Era octubre de 1962. La Crisis de Octubre. Y no era un portaaviones lo que rodeaba a Cuba. Eran 40 buques de guerra de la Armada americana, incluyendo 8 destructores, el portaaviones USS Enterprise, el portaaviones USS Independence, cruceros, fragatas y buques de desembarco anfibio. Bajo el agua operaban al menos 12 submarinos nucleares con capacidad de ataque. En bases de Florida y el Caribe, estaban listos 579 aviones de combate de la Fuerza Aérea americana, incluyendo bombarderos B-52 con carga nuclear en vuelo permanente. El plan de invasión contempló el desembarco de 180,000 soldados americanos en nuestra isla en las primeras 72 horas.
Y sobre todo eso flotaba la amenaza real, documentada y explícita de bombardeo nuclear. Los asesores de Kennedy calcularon entre 33% y 50% de probabilidad de que el conflicto escalara a guerra nuclear total, con decenas de millones de muertos en ambos hemisferios.
Frente a eso, no un portaaviones a 100 yardas, sino frente a la posibilidad real del fin del mundo, los cubanos, míster Trump: no se rindieron. El Comandante en Jefe Fidel Castro, en comunicación directa con Jruschov durante los días más críticos, dejó establecida la posición cubana con una claridad que la historia preservó: Cuba estaba dispuesta a desaparecer antes que rendirse.
Los cubanos no se rindieron en 1962 con 40 barcos de guerra, 12 submarinos nucleares y 579 aviones listos para despegar. Míster Trump, ¿de verdad cree que ahora nos vamos a rendir ante un portaaviones?
Playa Girón, abril de 1961: 72 horas para derrotar la invasión de la CIA
El 17 de abril de 1961, una fuerza de 1,500 cubanos residentes en el exterior, entrenados, equipados y dirigidos por la CIA, desembarcó en Playa Girón con el objetivo de establecer una cabeza de playa, proclamar un gobierno provisional ante la comunidad internacional y derrocar a la Revolución.
El plan había sido diseñado por los mejores estrategas de la agencia de inteligencia más poderosa del mundo. Contaba con cobertura aérea, apoyo naval, y la falsa expectativa de que la población cubana se sumaría en masa.
En 72 horas, las milicias cubanas, no el ejército regular, habían aplastado la invasión. 1,500 capturados. El plan de la CIA en ruinas. Kennedy humillado ante el mundo.
72 horas. La CIA tardó años en planificar la operación. Los cubanos que míster Trump piensa que somos fáciles de rendir solo se tardaron 72 horas en destruirla.
Cangamba, Ángola, Agosto de 1983: 800 contra 12,000
En agosto de 1983, en la localidad angolana de Cangamba, unos 800 combatientes cubanos y angolanos enfrentaron durante días el asedio de más de 12,000 efectivos de la UNITA, apoyados logística y materialmente por Sudáfrica y, de forma encubierta, por la CIA.
La desproporción numérica fue aplastante: quince contra uno. Los sitiados no tenían posibilidad de victoria táctica convencional. Tenían agua racionada, munición limitada y heridos que atender bajo fuego constante.
Resistieron. Combatieron. Mantuvieron sus posiciones hasta que llegó el apoyo aéreo y posteriormente terrestre. Y cuando terminó la batalla, los cubanos no habían cedido Cangamba.
La batalla de Cangamba no aparece en los libros de historia americanos. Pero sucedió. Y habla de lo que ocurre cuando un pueblo que ha decidido no rendirse.
Cuito Cuanavale, 1987-1988: La batalla que cambió a África
Entre 1987 y 1988, en el sur de Angola, las fuerzas cubanas y angolanas enfrentaron al ejército sudafricano del apartheid en la batalla más grande librada en África desde la Segunda Guerra Mundial.
Sudáfrica contaba con superioridad aérea, armamento más moderno y el respaldo estratégico de Washington en el contexto de la Guerra Fría. La doctrina militar sudafricana consideraba a sus fuerzas prácticamente invencibles en el continente africano.
Los cubanos no cedimos. Cuito Cuanavale se convirtió en el punto de inflexión que obligó a Sudáfrica a negociar la retirada de Angola y aceleró el proceso que terminaría con la independencia de Namibia y el fin del apartheid. Nelson Mandela, al salir de prisión, viajó a Cuba a agradecerle personalmente al pueblo cubano su papel en esa victoria.
Mister Trump, eso no lo hace un pueblo que se rinde ante la presión.
Sierra Maestra: 300 contra10,000
En un momento muy difícil del movimiento revolucionario cubano, en 1957, la El Ejército Rebelde en la Sierra Maestra contaba con aproximadamente 300 combatientes. El ejército de Batista, equipado con armamento americano y asesorado por oficiales americanos, tenía más de 10,000 efectivos y superioridad aérea absoluta.
Los rebeldes no se rindieron. Dos años después, el ejército de Batista — con toda su superioridad numérica y tecnológica — colapsó. No porque los guerrilleros fueran más numerosos. Sino porque tenían algo que el ejército de Batista no tenía: un ideal y la convicción de luchar hasta la victoria.
La protesta de Baraguá,1878: «No, no nos entendemos»
El 15 de marzo de 1878, cuando la mayoría de los jefes mambises firmaron el Pacto del Zanjón poniendo fin a la Guerra de los Diez Años sin lograr la independencia, el General Antonio Maceo se negó a firmar.
El general español Martínez Campos fue a negociar personalmente. Le ofreció condiciones, garantías, el fin de la guerra. Maceo lo escuchó y respondió con lo que la historia recuerda como la Protesta de Baraguá: ningún acuerdo que no garantice la abolición de la esclavitud y la independencia de Cuba es aceptable.
Maceo continuó la guerra, sin posibilidad real de victoria en ese momento, había decidido que rendirse en esas condiciones era una forma de morir en vida. Esa es la cepa histórica del pueblo cubano.
El error del calculo imperial, un patrón que se repite
Hay un patrón histórico que se repite con una regularidad casi cómica en la relación entre Washington y La Habana: cada vez que una administración americana calcula que esta vez sí, que esta vez la presión es suficiente y los cubanos cederán, los cubanos no ceden.
Kennedy calculó que 1,500 hombres entrenados por la CIA serían suficientes. Se equivocó. Nixon calculó que el bloqueo económico hundiría la economía cubana en años. Lleva más de 60 años y Cuba sigue en pie. Reagan calculó que la presión en el Caribe disuadiría a Cuba de su presencia en Angola. Cuba estuvo en Angola hasta que cumplió con la misión y salió victoriosa. Bush calculó que el Período Especial produciría el colapso del sistema. No lo produjo. Obama creyó que la apertura diplomática iniciaría una transformación gradual. Cuba y la Revolución sobrevivieron. Trump, en su primer mandato, creyó que las sanciones máximas producirían rendición. No la produjeron.
Y ahora Trump, que ya vio el 3 de enero lo que hacen menos de 21 cubanos contra 200 comandos Delta con 150 aeronaves de apoyo, cree que un portaaviones a 100 yardas, cosa imposible por cierto, producirá lo que nada de lo anterior produjo.
El pensamiento imperial tiene una característica definitoria: aprende muy poco de sus propios errores porque no puede procesar la idea de que existe algo que el poder material no puede comprar ni intimidar. Para el pensamiento imperial, toda resistencia es temporal. Toda dignidad tiene precio. Toda convicción se dobla ante la fuerza suficiente.
Cuba lleva más de un siglo siendo la demostración empírica de que esa premisa es falsa
Míster Trump, usted ya lo sabe. Sus propios operadores de primer nivel lo vivieron el 3 de enero. Menos de 21 cubanos, después de que el bombardeo destruyera su dormitorio y matara a sus hermanos antes de empezar el combate, con fusiles y pistolas frente a 200 de los mejores soldados del mundo apoyados por 150 aeronaves modernas combatieron durante más de una hora, dañaron su helicóptero más protegido, hirieron a sus hombres, y no entregaron al Presidente. No se rindieron. Cayeron combatiendo. Usted mismo los llamó «muy duros, buenos soldados.»
Ahora nos dice que esos mismos cubanos, en su propia tierra, con millones de personas detrás, con la Sierra Maestra al fondo y 500 años de historia de resistencia encima, nos vamos a amedrentar ante un portaaviones a 100 yardas.
El Abraham Lincoln no va a producir lo que no produjeron 40 barcos de guerra, 12 submarinos nucleares, 60 años de bloqueo, 638 intentos de asesinato documentados, una invasión de la CIA, el Período Especial, sanciones máximas, y el sacrificio de 32 hermanos cubanos en Venezuela el 3 de enero de 2026.
Lo que va a suceder es lo que siempre produjo la amenaza imperial sobre Cuba: más determinación, más resistencia, y otro capítulo en la larga historia de un pueblo que aprendió hace mucho tiempo que la dignidad no se negocia.
Los cubanos no se rinden tan fácil, Míster Trump. La historia se lo dice. En Venezuela lo confirmó. Y usted mismo lo reconoció.




