La invasión fabricada

Bajo la narrativa de una «operación antidrogas» bautizada como «Lanza del Sur», el gobierno de Donald Trump ha desplegado en el Caribe la mayor concentración naval estadounidense desde la Guerra Fría. Según documentos del Departamento de Defensa filtrados a The Intercept, este despliegue incluye al portaaviones USS Gerald R. Ford, 13 buques de guerra, un submarino nuclear y más de 15,000 efectivos, con logística garantizada hasta noviembre de 2028.
Esta movilización, que según analistas como Gabe Murphy sugiere una «presencia militar significativamente mayor» durante el resto del mandato de Trump, se ejecuta mientras su administración declara en secreto un «conflicto armado no internacional» contra 24 grupos, entre ellos el ficticio «Cártel de los Soles». La operación ha dejado ya un saldo de más de 80 civiles muertos en ataques a embarcaciones, sin ningún tipo de revisión judicial.
El «Cártel de los Soles»: Un fantasma para justificar la invasión
La designación del llamado «Cártel de los Soles» como organización terrorista extranjera en noviembre de 2025 es el pilar narrativo para justificar el asedio.
El término «Cártel de los Soles» surgió en los años 90 para designar casos específicos de corrupción militar, no como nombre de un grupo cohesionado. En 1993, dos generales de la Guardia Nacional fueron acusados de facilitar el tráfico de cocaína, y el apodo, que alude a las insignias solares del uniforme militar, se consolidó como etiqueta periodística para la corrupción institucional. Actualmente, Washington lo recicló como una supuesta megaestructura criminal liderada por el presidente Nicolás Maduro.

Sin embargo, los propios informes de inteligencia estadounidenses lo desmienten: la Evaluación Nacional de Amenazas de Drogas (NDTA) de la DEA para 2024 identifica a los cárteles mexicanos de Sinaloa y Jalisco como las mayores amenazas, sin mencionar a Venezuela ni al «Cártel de los Soles». Datos de la ONU confirman que el 87% de la cocaína sale por el Pacífico (Colombia, Perú, Bolivia), no por el Caribe venezolano, por donde solo transita un 8% minoritario.
Más revelador aún: el sistema financiero estadounidense absorbe el 85% de las ganancias del narcotráfico global, un equivalente a 2,7% de su PIB. Mientras, según la Organización Mundial de Aduanas, Ecuador se ha convertido en el principal exportador de cocaína del mundo. La geografía del narcotráfico no coincide con la geografía política que dibuja Washington, quien busca fabricar una amenaza para legitimar su presencia militar en la región.
Antecedentes de un guion
Estados Unidos tiene un historial preocupante de usar excusas falsas para justificar intervenciones militares. La invasión a Iraq en 2003 se justificó con la existencia de «armas de destrucción masiva» que nunca existieron. En Latinoamérica, el patrón se repite con la excusa de la «guerra contra las drogas».
El Plan Colombia (2000-2015) proporcionó 10.000 millones de dólares en financiación, principalmente militar, para combatir el narcotráfico. Sin embargo, la ayuda se utilizó principalmente contra las guerrillas de izquierda y las FARC en el sur de Colombia, mientras que la presión contra los paramilitares de derecha y las operaciones de narcotráfico en el norte pasaron a un plano secundario. El resultado: Colombia sigue siendo el principal productor mundial de cocaína.
Durante los años 80 en Nicaragua, Estados Unidos apoyó a los contras, algunos de los cuales estaban involucrados en narcotráfico. Un informe del Senado de EE.UU. de 1988 concluyó que miembros del Departamento de Estado brindaron apoyo a miembros de la Contra involucrados en el narcotráfico.
En Panamá, se toleraron las actividades narco del general Manuel Noriega hasta que cayó en desgracia política, momento en que fue invadido y juzgado por los mismos crímenes que antes se pasaron por alto.
El verdadero objetivo de la operación
El verdadero interés de Estados Unidos en Venezuela es claro: controlar las reservas petroleras más grandes del mundo. Maduro alertó a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) que una agresión contra Venezuela podría «poner en grave peligro la estabilidad de la producción petrolera venezolana y el mercado mundial». En su carta a la OPEP, Maduro señaló que Estados Unidos pretende derrocarlo y apoderarse de las reservas petroleras más grandes del mundo.
La vicepresidenta Delcy Rodríguez denunció que la estrategia estadounidense responde a «un interés histórico por controlar el territorio venezolano, no solo por sus riquezas naturales y su ubicación geoestratégica sino también por su concepción política estratégica antiimperialista y anticolonialista». Trump ha confirmado haber autorizado «en secreto a la CIA a realizar operaciones encubiertas en Venezuela» y ha dicho que «no descarta una invasión de Venezuela por parte de tropas estadounidenses».
Consecuencias globales de una guerra en Venezuela
Una invasión a Venezuela tendría consecuencias catastróficas para los mercados internacionales. Venezuela es miembro clave de la OPEP y posee las reservas petroleras más grandes del mundo. Cualquier interrupción en su producción afectaría drásticamente los precios del petróleo global, impactando a economías de todo el mundo.
Además, el sistema financiero global sufriría una sacudida. Venezuela mantiene acuerdos petroleros con China, Rusia e India, y una intervención militar estadounidense generaría tensiones geopolíticas que afectarían a los mercados emergentes. La estabilidad del Caribe, crucial para el comercio marítimo, se vería amenazada, con implicaciones para el transporte de mercancías entre el Atlántico y el Pacífico.
Por otro lado, un conflicto abierto generaría un éxodo masivo de millones de venezolanos, colapsando las fronteras de América del Sur y el Caribe, con un costo humano incalculable. Además, sentaría un precedente peligrosísimo donde cualquier país podría, bajo acusaciones no probadas, ser invadido bajo el principio de «necesidad preventiva», retrotrayendo las relaciones internacionales a la ley de la jungla.
El mundo está con Venezuela
El despliegue militar estadounidense en el Caribe ha activado alarmas internacionales. Brasil, a pesar de sus diferencias con Venezuela, expresó preocupación: «América del Sur está considerada una zona de paz… Me preocupa mucho el aparato militar que Estados Unidos ha desplegado en el mar Caribe», declaró el presidente Lula da Silva. Colombia y México han calificado el aumento de la presencia estadounidense como «excesivo» y han suspendido la cooperación de inteligencia con Washington.
Rusia denunció el uso excesivo de fuerza por parte de Washington en el Caribe, advirtiendo que las operaciones bajo la narrativa antidrogas encubren un objetivo político contra Venezuela. China reiteró su rechazo a la interferencia externa en Venezuela. Incluso dentro de Estados Unidos, una encuesta de CBS muestra que el 70% de los estadounidenses se opone a cualquier intervención militar en Venezuela, reflejando un desgaste profundo del consenso interno.
Venezuela: trinchera de la lucha por la soberanía
La «Operación Lanza del Sur» no es una guerra contra las drogas. Es el ensamblaje final de una estrategia de «máxima presión» que, habiendo fracasado en derrocar al gobierno venezolano por vías económicas y diplomáticas, recurre a la fabricación de un enemigo fantasma –el «Cártel de los Soles»– para justificar una intervención militar de largo aliento.
Su objetivo último, como ha denunciado la vicepresidenta Delcy Rodríguez, es el control de los recursos estratégicos de Venezuela y la eliminación de un referente soberano y antiimperialista en la región. Lo que hoy se juega en las costas venezolanas no es solo el destino de un país, sino la posibilidad misma de la paz y la autodeterminación en América Latina.
La defensa de la soberanía de Venezuela se ha convertido, por fuerza de los hechos, en la defensa de un principio universal: el derecho de los pueblos a decidir su futuro sin la sombra de las armas fabricando excusas.





