La hipocresía de la «guerra contra las drogas»: EE.UU. como mercado, cómplice y verdugo

La operación militar que secuestró al presidente Nicolás Maduro se justificó bajo la narrativa de una «guerra contra el narcoterrorismo». Sin embargo, un análisis desnuda la profunda contradicción en el corazón de la política estadounidense: EE.UU. es, simultáneamente, el mayor mercado consumidor de drogas del mundo, un territorio donde operan poderosos cárteles domésticos, y el poder que instrumentaliza este problema como pretexto para intervenciones militares y violaciones de soberanía.
Este artículo examina la «viga en el ojo» estadounidense, donde una crisis de salud pública interna se transforma en un casus belli para el imperialismo.
El mercado: EE.UU. como epicentro global del consumo
La base del negocio global del narcotráfico es la demanda insaciable del mercado estadounidense, una realidad económica que desmiente la narrativa de «víctima pasiva».
Más del 51% de los estadounidenses mayores de 12 años ha consumido drogas ilícitas. El mercado mueve aproximadamente 150 mil millones de dólares anuales.
Hay una crisis histórica de salud pública causada por la adicción a las drogas. Desde 1999, más de 1.15 millones de personas han muerto por sobredosis, una cifra que eclipsa las bajas en muchos conflictos armados. La actual epidemia de fentanilo representa el desafío más letal.
La costumbre estadounidense de mirar siempre para el patio del vecino le ha jugado en contra. A pesar de destinar 44.5 mil millones de dólares en 2024 a combatir el problema, la estrategia se ha centrado más en la militarización exterior que en abordar las raíces sociales domésticas del consumo.
Los cárteles domésticos: La criminalidad interna que Washington ignora
Mientras acusa a gobiernos extranjeros, EE.UU. alberga una extensa y sofisticada red criminal interna, cuyos cárteles son sistemáticamente omitidos del discurso oficial.
- Pandillas y cárteles estadounidenses: El FBI reporta la existencia de unas 33,000 pandillas violentas con 1.4 millones de miembros. Organizaciones como los Crips y los Bloods en Los Ángeles, o el H Block Street en Boston, operan como cárteles domésticos consolidados, controlando la distribución micro-territorial con métodos altamente estructurados.
- Doble estándar narrativo: Como señaló el exjefe interino de la DEA, Jack Riley, existe una «Iniciativa de cárteles domésticos», pero a los funcionarios se les prohíbe públicamente el término «cárteles estadounidenses». Admitirlo socavaría la narrativa maniquea que presenta el narcotráfico como un mal exclusivamente extranjero que justifica la intervención.
- Innovación y logística local: Estos grupos emplean túneles, drones, semisumergibles y vehículos comerciales para eludir la vigilancia, demostrando una capacidad operativa que rivaliza con la de los cárteles transnacionales.
La fabricación del pretexto: De problema social a «conflicto armado»
La administración Trump ha ejecutado un giro legal y retórico fundamental para justificar su escalada militar, conectando directamente con el manual histórico de fabricación de pretextos analizado previamente.
- Re-Marco legal: Al declarar un «conflicto armado» formal contra los cárteles y designarlos como organizaciones terroristas, Trump se autoconcede poderes excepcionales de guerra: ejecutar «combatientes ilegales» sin juicio, detenciones indefinidas y tribunales militares. Esto legaliza ex post facto los ataques a embarcaciones en el Caribe.
- Instrumentalización geopolítica: Este marco no se aplica internamente. No se bombardean los barrios de Watts en Los Ángeles o South Side de Chicago, a pesar de la documentada actividad de cárteles allí. En cambio, se proyecta la violencia hacia el exterior, contra países como Venezuela, cuyas vastas reservas petroleras son el objetivo real, como admitió el propio Trump.
- El mito del «cártel» transnacional: Expertos como Steven Dudley de Insight Crime señalan que el término «cártel» es una «designación inventada» por EE.UU. sin validez académica sólida. Es un significante flotante útil para estigmatizar a enemigos geopolíticos (el «Cártel de los Soles» en Venezuela) mientras se oscurece la complejidad de redes criminales fragmentadas y adaptativas, muchas de ellas ancladas en suelo estadounidense.
El ciclo del capital, la culpa y la conquista
La «guerra contra las drogas» es un ciclo perverso que beneficia al poder establecido:
- Financierización: Los 150 mil millones de dólares anuales del mercado doméstico circulan y se blanquean a través del sistema financiero estadounidense, generando ganancias que luego son recicladas.
- Externalización de la culpa: La inmensa demanda interna y la criminalidad doméstica se reinterpretan como una agresión externa. El «narco» se convierte en el nuevo bárbaro (sucesor del «comunista» o el «terrorista») cuya existencia justifica la intervención ilimitada, reactualizando la Doctrina Monroe.
- Acumulación por desposesión: La narrativa culmina en acciones como el secuestro de Maduro, donde el objetivo declarado (combatir las drogas) encubre el objetivo material: el control de recursos estratégicos, en este caso, el petróleo venezolano.
En resumen, EE.UU. no es un actor pasivo en el narcotráfico global; es su mercado fundacional, un nodo crucial de su financiamiento y un participante activo a través de sus cárteles domésticos. Convertir este problema social complejo y profundamente interno en un pretexto para una guerra de conquista no solo es hipócrita: es la actualización más reciente de un patrón imperial histórico, donde las crisis autogeneradas se exportan como razones para la dominación. La verdadera «viga» no está en el ojo ajeno, sino en la propia casa, donde reside la demanda que alimenta todo el sistema.
Con información del análisis del Observatorio en Comunicación y Democracia (OCD) – Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA)




