fbpx
ESPECIALES

El cerco que duele por dentro

Hay una dimensión del bloqueo que pocas veces aparece en las estadísticas económicas, pero que habita en cada hogar cubano con una persistencia sorda: el daño psicológico. No la escasez como dato, sino como experiencia vivida. No la cifra de medicamentos faltantes, sino la ansiedad de quien no sabe si mañana habrá insulina en la farmacia, combustible para llegar al trabajo o alimentos suficientes para cenar en familia.

Vivir bajo sanciones perpetuas significa vivir en incertidumbre estructural. Y la incertidumbre sostenida, cuando no tiene fin visible ni causa resoluble desde dentro, produce lo que la psicología clínica identifica como estrés tóxico crónico: un estado de alerta permanente que desgasta el sistema nervioso, erosiona la salud mental y genera lo que algunos especialistas llaman desesperanza aprendida, la convicción progresiva de que el esfuerzo individual no alcanza para cambiar las condiciones de vida.

Esto no es una lectura subjetiva. La Relatora Especial del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, Alena Douhan, ha reconocido formalmente los efectos nocivos del bloqueo sobre el derecho a la salud en Cuba, incluida explícitamente la salud mental. En el marco del XX Foro de la Sociedad Civil Cubana contra el Bloqueo, se expuso con datos cómo esta política de hostilidad acumulada durante más de seis décadas condena la salud física y mental de los pacientes y sus familias, generando un entorno de estrés prolongado que agrava cualquier padecimiento preexistente. La propia Organización Panamericana de la Salud ha sido testigo de denuncias del gobierno cubano ante organismos internacionales, donde el Ministerio de Salud Pública ha señalado que el bloqueo constituye un freno al desarrollo y fortalecimiento del Sistema Nacional de Salud, afectando tanto la disponibilidad de medicamentos como la capacidad de respuesta ante emergencias sanitarias.

A eso hay que sumar el duelo específico que genera la separación familiar. Las restricciones a los viajes y el bloqueo al envío de remesas no son solo trabas económicas: son rupturas afectivas sostenidas en el tiempo, duelos anticipados, vínculos que se deterioran a distancia bajo la presión de una política diseñada precisamente para eso.

Pero el daño psicológico del bloqueo no opera en una sola dirección. Quienes lo diseñan, defienden y sostienen desde Washington también revelan, en ese acto político, una arquitectura mental que merece ser nombrada.

Para sostener una política que produce hambre, priva de insumos médicos y empuja a la emigración masiva, es necesario activar mecanismos psicológicos de distancia moral. El primero es la culpabilización de la víctima: no son nuestras leyes las que causan el daño, es el régimen el responsable. El segundo es la abstracción del sufrimiento: no hay rostro de niño sin leche, solo estadísticas de presión económica. El tercero, y quizás el más peligroso, es el fanatismo ideológico en su forma más clásica: la convicción de que el fin, el cambio de gobierno en Cuba, justifica cualquier medio, incluido el sufrimiento civil prolongado.

A nivel individual, algunos de estos funcionarios probablemente experimenten lo que la psicología describe como disonancia cognitiva: saben que la política que defienden causa daño, pero construyen justificaciones que les permiten sostenerse en ella sin fractura moral visible. Otros, los más preocupantes, no necesitan ese mecanismo porque han desactivado completamente la empatía hacia el agredido, al que perciben no como un ser humano concreto sino como variable de un cálculo geopolítico.

En términos políticos, el bloqueo exhibe rasgos de lo que algunos analistas identifican como ejercicio sádico institucionalizado del poder: el objetivo no es solo la presión económica como instrumento hacia un fin, sino la demostración permanente de dominio, la reafirmación de quién puede restringir, recriminar y bloquear sin consecuencias. El cerco como mensaje. El daño como lenguaje.

El bloqueo no es solo un catálogo de artículos prohibidos ni una lista de entidades sancionadas. Es una guerra psicológica sistemática dirigida a quebrar la moral de un pueblo, a hacerle sentir que su condición es culpa propia o destino inevitable. El daño invisible, la depresión silenciosa, la impotencia acumulada, la rabia que no encuentra cauce, es tan real y tan medible como la falta de reactivos en un laboratorio o de combustible en una central eléctrica.

Quienes han elegido sostener esa política desde Washington, sabiendo lo que produce, han elegido también mirar para otro lado mientras su decisión siembra traumas en generaciones de cubanos. Históricamente, esa elección tiene un nombre jurídico preciso: crimen de lesa humanidad.

El cerco económico también es un cerco a la salud mental. Y reconocerlo no es retórica, es diagnóstico.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba