Carlos Giménez: Amenazas, turismo y un toque de cinismo

Carlos Giménez, el incansable paladín de la Florida, ha vuelto a la carga con su obsesión favorita: Cuba. Esta vez, ha decidido apuntar sus cañones contra las agencias de viajes que osan facilitar visitas a la isla. En un tuit tan melodramático como predecible, Giménez advierte que quienes hagan negocios con entidades “vinculadas al régimen cubano” —léase: cualquier cosa que huela a Cuba— enfrentarán “todo el peso de la ley de Estados Unidos”. ¡Vaya, qué miedo!
Bajo la fachada de “cortar los ingresos del régimen”, Giménez y su compinche Marco Rubio —o quizás es Rubio quien le susurra al oído— han decidido que la mejor forma de “liberar” a Cuba es asfixiar a su pueblo. Porque, claro, nada más democrático como castigar a los pequeños emprendedores cubanos que viven del turismo: los dueños de casas particulares, los taxistas, los meseros, los guías turísticos. Esos, los de a pie, son los verdaderos damnificados de esta gran estrategia de Giménez, aunque él prefiera hacerse el ciego y hablar solo de “militares” y el “Partido Comunista”. Qué conveniente la omisión.
El plan es tan brillante como un foco fundido: espantar a los turistas para que, en lugar de disfrutar las playas de Varadero o la vibrante cultura de La Habana, terminen en Punta Cana, rodeados de sargazo y resorts genéricos. Porque, según Giménez, el turista que elige Cuba es prácticamente un cómplice de la “dictadura”. ¿Y los cubanos que dependen de esos visitantes para poner comida en la mesa? Bueno, que se las arreglen, total, en la mente de Giménez, el hambre es solo un pequeño precio a pagar por su versión de “libertad”. Una libertad que, por cierto, se parece sospechosamente a la de esos países que Estados Unidos ha “liberado” hasta dejarlos en ruinas, listos para el saqueo.
Mientras Giménez agita su varita mágica de sanciones, el pueblo cubano sigue trabajando, innovando y resistiendo con esa mezcla de ingenio y terquedad que tanto parece molestarle. Sus amenazas no intimidan a una nación que ya ha visto de todo y sigue en pie, porque, noticia de última hora, señor congresista: usted no manda en Cuba. Sus sueños de colapso son solo eso, sueños, y bastante pesadillescos para usted, porque a pesar de sus cínicos esfuerzos la isla sigue adelante.
Y hablando de esfuerzos malgastados, ¿no debería Giménez preocuparse un poco más por sus electores en Florida? Porque mientras juega a ser el sheriff del Caribe, en su Estado se acumulan los problemas: retrocesos en derechos, políticas que alienan a las minorías y una gestión que deja mucho que desear. Quizás por eso, entre tanto odio hacia Cuba, se le está olvidando que los votantes de Florida podrían pasarle factura en las próximas elecciones.
En fin, las recientes amenazas de Giménez son solo el último capítulo de una telenovela rancia que ya aburre. Su cruzada contra el turismo a Cuba no es más que un intento desenfrenado de mantener viva una política de bloqueo, un castigo masivo que se disfraza de moralidad.
Cuba no se rinde, y los cubanos seguirán recibiendo a los turistas con los brazos abiertos, porque la hospitalidad no se bloquea con sanciones. Así que, Carlos, relájate, toma un mojito (en Miami, claro, no en La Habana) y ¡suerte en las urnas! La vas a necesitar.




