El nuevo macartismo de Washington: Un informe que delata su verdadero objetivo
El informe de Washington sobre Cuba delata su verdadero objetivo: vigilar a disidentes y activistas en EE.UU. Cien páginas que demuestran la urgencia de inventar un enemigo.
Cien páginas para acusar a Cuba de espionaje, pero el informe termina señalando a disidentes, activistas y periodistas estadounidenses. La contradicción queda expuesta por sí sola.
Amanecer Cubano | La Esquina de Razones de Cuba | Martes, 21 de julio de 2026
Buenos días, Cuba. Abrimos la jornada un poco tarde, luego de una noche calurosa, el fresco del amanecer y el peso de lo que se acumuló durante el fin de semana. Vamos al fondo de lo que hoy mueve la conversación.
Washington estrenó ayer un documento de cien páginas que busca resucitar viejos fantasmas: presenta a la Isla como epicentro de casi setenta años de operaciones de inteligencia contra intereses norteamericanos. Pero el dato que más está circulando no tiene que ver con Cuba, sino con quiénes aparecen mencionados dentro de ese mismo texto: reporteros, abogados y ciudadanos estadounidenses que simplemente se oponen a las sanciones o alzan la voz por Palestina.
El expediente termina delatando su verdadero objetivo: vigilar el desacuerdo dentro de casa, disfrazado de amenaza exterior. Ya hay analistas y medios de referencia trazando el paralelo con la cacería macartista de los años cincuenta, sin que el informe aporte una sola prueba fresca.
El informe que se vuelve contra sus creadores
El documento presentado por la administración Trump, bautizado con un título llamativo por Marco Rubio, pretende ser un compendio de décadas de operaciones de inteligencia cubanas contra Estados Unidos. Pero su contenido revela mucho más sobre las intenciones de sus autores que sobre la realidad cubana.
«El expediente termina delatando su verdadero objetivo: vigilar el desacuerdo dentro de casa, disfrazado de amenaza exterior.»
La inclusión de Democratic Socialists of America, Code Pink y otras organizaciones de izquierda como supuestos «vectores de influencia» cubana —basándose únicamente en su membresía en la National Network on Cuba, en su participación en la Brigada Internacional del Primero de Mayo o en el financiamiento del Fondo Venceremos— delata la verdadera naturaleza del informe: convertir la afinidad política y la solidaridad declarada en amenaza a la seguridad nacional.
No hay delito en coordinar una delegación a La Habana. No hay delito en financiar viajes a la Isla. No hay delito en ser miembro de una organización que se opone al bloqueo. Pero el informe presenta todas estas actividades como prueba de una red de influencia hostil. Esa es la lógica macartista en su máxima expresión.
Dos frentes, una sola estrategia
Esa ofensiva discursiva no camina sola. Desde Moscú, en entrevista con RT, el presidente Miguel Díaz-Canel describió el cerco económico como un castigo aplicado a un pueblo entero, un acto que no dudó en llamar genocida.
«Dos frentes, una sola estrategia: construir al adversario ideológico afuera mientras se dosifica el discurso humanitario como herramienta de desgaste.»
Desde Naciones Unidas, el funcionario Jeff Bartos repite el libreto de siempre: la ayuda debe llegar directo a las manos cubanas, sorteando a una administración que él mismo tilda de corrupta. Bartos, que ocupa un cargo en el sistema de la ONU, utiliza su posición para difundir acusaciones que no se sostienen con hechos verificables.
La estrategia de Washington se despliega en dos frentes: construir al adversario ideológico en el exterior (el «enemigo cubano» que amenaza la seguridad nacional) mientras se dosifica el discurso humanitario como herramienta de desgaste interno. El informe de cien páginas es la punta de lanza de esa estrategia.
Luis Manuel Otero Alcántara: el ícono que ya incomoda a sus creadores
Miami, mientras tanto, sigue procesando la llegada de Luis Manuel Otero Alcántara. La prensa internacional lo instala como emblema de julio de 2021, pero incluso dentro de los círculos que celebraron su salida empiezan a asomar reparos: gestos que no convencen, señales de conciliación mal vistas, y hasta un reloj de lujo que ya se volvió blanco de burla en redes.
«El ícono que Washington necesitaba empieza a resultarle incómodo a quienes lo fabricaron.»
Otero Alcántara llegó a Miami con el aura de un mártir, pero su comportamiento desde su llegada ha generado expectativas encontradas. Los gestos de conciliación —vistos como debilidad por los sectores más radicales— y un reloj de lujo que ha desatado memes y sátiras en redes han comenzado a erosionar la imagen que la prensa internacional intentó construir.
El problema de fabricar íconos es que luego los íconos toman vida propia. Y cuando la realidad no se ajusta al guion, la maquinaria de propaganda se vuelve incómoda. Otero Alcántara, que debía ser la prueba viviente del «colapso cubano», se ha convertido en un recordatorio de que la narrativa de Washington no siempre se sostiene frente a los hechos.
La ayuda que llega mientras el discurso oficial insiste en esquivar al Estado
Llega también una imagen que contrasta con todo lo anterior: el velero Astral, de la organización Open Arms, atracado desde el domingo en el puerto habanero, cargando insumos pediátricos y alivio para la crisis energética.
«Ayuda real, de origen solidario, llegando justo cuando el discurso oficial estadounidense insiste en que ese tipo de asistencia debe esquivar al Estado cubano. La contradicción queda expuesta por sí sola.»
El Astral no es un barco de guerra ni un instrumento de propaganda. Es ayuda humanitaria real, gestionada por una organización no gubernamental, que llega a Cuba porque el gobierno cubano la permite y la canaliza. El discurso oficial estadounidense insiste en que la ayuda debe llegar «esquivando al Estado cubano», pero la realidad es que la ayuda llega a través del Estado cubano, y llega porque el Estado cubano la acepta y la distribuye.
La contradicción no podría ser más evidente: Washington asegura que Cuba es un régimen que no merece ayuda, pero la ayuda sigue llegando. Washington dice que los cubanos están desesperados, pero el gobierno cubano coordina la distribución de insumos. La narrativa se resquebraja ante los hechos.
Los nombres propios del informe: casos reales y acusaciones sin condena
El informe merece ya nombres propios, no solo el título llamativo con que lo bautizó Marco Rubio. Cuatro casos sostienen el argumento del espionaje:
- Víctor Manuel Rocha, embajador en Bolivia y funcionario del Consejo de Seguridad Nacional, que confesó haber servido casi cincuenta años como agente antes de su arresto en 2023 y recibió quince años de condena.
- Ana Belén Montes, reclutada en 1984 como estudiante de posgrado, convertida después en la principal analista sobre Cuba dentro de la Agencia de Inteligencia de la Defensa durante diecisiete años.
- El matrimonio Myers, casi tres décadas filtrando documentos desde el Departamento de Estado.
- La Red Avispa, desarticulada en Florida en los noventa.
«Ahí está también el límite del informe: mezcla esos hechos judicializados con acusaciones sin condena ni proceso legal, y los presenta con el mismo peso probatorio.»
El informe mezcla hechos judicializados con acusaciones sin condena ni proceso legal, y los presenta con el mismo peso probatorio. Ese segundo terreno, el de la sospecha sin sentencia, es donde el documento pierde solidez. Señala a Democratic Socialists of America como vector de influencia por su membresía en la National Network on Cuba, paraguas donde conviven Code Pink y otras organizaciones de izquierda, y por coordinar junto al ICAP la delegación anual a la Brigada Internacional del Primero de Mayo.
Ninguno de estos elementos constituye delito. Exponen únicamente afinidad política y solidaridad declarada. Convertir simpatía ideológica en amenaza a la seguridad nacional es el salto que el informe da sin sustento adicional, y es exactamente el mecanismo que periodistas y organizaciones legales estadounidenses ya están señalando como macartismo actualizado.
La Tricontinental y la necesidad de inventar un enemigo
El documento remonta su lógica hasta la Conferencia Tricontinental de 1966, que reunió en La Habana a más de quinientos delegados de ochenta y dos países, presentándola como el origen de un tercermundismo que sustituyó la lucha de clases por causas raciales y anticoloniales.
«Sesenta años después, Washington sigue necesitando ese origen para explicar por qué una isla con la economía quebrada continúa figurando como amenaza central.»
La Tricontinental fue un hito de la solidaridad entre los pueblos del Sur global. Para Washington, sin embargo, fue el origen de una amenaza que no ha cesado en sesenta años. Pero la pregunta que el informe no responde es: ¿cómo es posible que una isla bloqueada, con una economía en crisis y una población que apenas supera los once millones, siga representando una amenaza para la superpotencia más poderosa del mundo?
La respuesta es que la amenaza no es real, es narrativa. Washington necesita un enemigo externo para justificar su política interna y su gasto militar. Y Cuba, por su historia y su resistencia, sigue siendo el comodín perfecto.
Al cierre: cien páginas que delatan su propia urgencia
Y, como bien dice el refrán, antes se coge a un mentiroso que a un cojo: cien páginas después, lo único que el informe termina demostrando con solvencia es su propia urgencia por inventar un enemigo a la altura de sus ambiciones.
«El informe termina delatando su verdadero objetivo: vigilar el desacuerdo dentro de casa, disfrazado de amenaza exterior.»
La guerra narrativa no es un accidente; es una estrategia. Y el informe de ayer es su última manifestación. Pero la realidad es obstinada, y la ayuda del Astral, la visita de los congresistas, el reconocimiento a los médicos cubanos y la resistencia diaria del pueblo cubano son evidencia de que la narrativa de Washington no logra imponerse sobre los hechos.
Cuba sigue en pie. Y mientras sigan necesitando inventar un enemigo, seguiremos demostrando que no lo somos.
Buenos días, Cuba.
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