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250 años de guerra: el imperio y su pueblo, dos historias

Estados Unidos ha estado en guerra 215 de sus 250 años. Repasamos las cifras del imperio, los 31 países intervenidos, y separamos al gobierno agresor del pueblo noble estadounidense, como enseñó Fidel Castro.


I. El imperio en cifras

Desde aquel 4 de julio de 1776 en que las trece colonias declararon su independencia, Estados Unidos ha construido el aparato militar más vasto y sanguinario que la humanidad haya conocido. No es una opinión: es un dato verificable, una estadística que duele y que, sin embargo, los grandes medios hegemónicos se empeñan en ocultar.

Estados Unidos ha estado en guerra durante aproximadamente 215 de sus 250 años de existencia. Es decir, ha vivido en paz apenas 35 años en todo su recorrido histórico. El investigador estadounidense y excéntrico historiador Gore Vidal lo resumió con precisión quirúrgica: “El negocio de Estados Unidos son los negocios, y las guerras, y no precisamente en ese orden”.

Las cifras son escalofriantes:

Intervenciones militares: de 1776 a 2019, el país realizó cerca de 400 intervenciones militares en todo el planeta. Para marzo de 2026, esa cifra ya había superado las 400. La Universidad Católica de América documentó el desglose por periodos: 39 intervenciones entre 1800 y 1849; 47 entre 1850 y 1899; 69 entre 1900 y 1949; 111 entre 1950 y 1999; y 126 entre 2000 y 2017. Desde entonces, la sangría no ha cesado.

Guerras formales: aunque solo cinco conflictos recibieron declaración formal del Congreso —la Guerra de 1812, la Guerra México-Americana, la Guerra Hispanoamericana, la Primera y la Segunda Guerra Mundial—, el grueso de las operaciones militares se ha realizado bajo la figura de “intervenciones”, “acciones de policía” u “operaciones especiales”, un eufemismo para encubrir lo que en Derecho Internacional se llama agresión.

Países intervenidos: al menos 31 naciones han sufrido intentos directos de derrocamiento de sus gobiernos por parte de Estados Unidos. La lista es larga y vergonzosa: México (1846-1848), Cuba (1898 y 1961), Irán (1953), Guatemala (1954), Chile (1973), Granada (1983), Panamá (1989), Afganistán (2001), Irak (2003)… y la lista continúa.

Bloqueos y sanciones: más de 30 países han sido sometidos a medidas coercitivas unilaterales. El bloqueo a Cuba —esa política genocida que lleva más de seis décadas asfixiando a un pueblo entero— es apenas la punta del iceberg. A ello se suman los embargos integrales a Irán, Corea del Norte y Siria, y las sanciones sectoriales que afectan a decenas de naciones más.

Presupuesto militar: mientras el mundo clama por paz, el presupuesto de defensa de Estados Unidos saltó de 534 mil millones de dólares en 2016 a 838.700 millones en 2024. Una cifra que supera el gasto militar de los siguientes diez países juntos.

Ataques recientes: en menos de un año del segundo mandato de Donald Trump, Estados Unidos ya ha ejecutado ataques militares en siete países: Venezuela, Yemen, Siria, Irán, Irak, Somalia y Nigeria. Más de 626 bombardeos en ese breve periodo. La “promesa de paz” de campaña se desvaneció antes de que la tinta de los periódicos se secara.


II. El pueblo, otra historia

Pero aquí debemos hacer una pausa y una distinción necesaria, que no es retórica ni concesión: el gobierno de Estados Unidos no es su pueblo.

La historia de ese país puede leerse de dos maneras. Una es la del poder imperial: guerras, bloqueos, derrocamientos, sanciones, intervenciones. La otra es la de un pueblo que, como cualquier otro, merece ser juzgado por sus acciones y no por las de sus gobernantes. Un pueblo que, en su mayoría, ha sido sistemáticamente engañado, manipulado y conducido hacia guerras que no entiende ni desea.

El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz lo entendió así y lo expresó con una claridad que el tiempo no ha logrado empañar. En la Tribuna Abierta de la Revolución, en acto de protesta contra el bloqueo, las calumnias y las amenazas del gobierno de Estados Unidos, Fidel sentenció:

“Nuestra lucha no es ni será jamás contra el pueblo de Estados Unidos. Quizás en ningún otro país se reciba a los ciudadanos norteamericanos con el respeto y la hospitalidad con que se les recibe en Cuba.”

Y añadió, con la firmeza de quien no claudica ante el odio:

“Nunca en Cuba se culpó ni sembró odio contra el pueblo de Estados Unidos por las agresiones que hemos sufrido de sus gobiernos.”

Fidel fue más allá. No se limitó a la condena moral del sistema; depositó en el pueblo estadounidense una esperanza activa, militante:

“Muchos pueblos del mundo pondrán sus mayores esperanzas en el propio pueblo norteamericano. Es el único que puede frenar y poner una camisa de fuerza a los fanáticos del poder, la arbitrariedad y la guerra.”

En las horas más oscuras, cuando el dolor golpeaba también al pueblo del Norte, Fidel no dudó en tender la mano:

“En esta hora amarga para el pueblo norteamericano, nuestro pueblo se solidariza con el pueblo de Estados Unidos.”

Y en aquel histórico septiembre de 1960, cuando Fidel se hospedó en el Hotel Theresa de Harlem —no por capricho, sino en protesta por el trato discriminatorio que había recibido—, pronunció palabras que resumen toda una filosofía:

“Me siento como quien camina en un desierto y se encuentra, de repente, en un oasis. (…) cualesquiera que sean las dificultades, siempre habrá amor para el pueblo de los Estados Unidos.”

Ese gesto —reunirse con la gente humilde de Harlem, compartir con Malcolm X, con los poetas Langston Hughes y Allen Ginsberg— fue más elocuente que cualquier discurso. Fidel fue al encuentro del pueblo, no del imperio.

Porque el pueblo estadounidense, como cualquier otro, es víctima de un sistema que ha engendrado “a los políticos más atolondrados que ha conocido el planeta”, en palabras del propio Fidel. Es un pueblo que, cuando conoce la verdad, es capaz de ponerse del lado de la justicia. Lo demostró cuando más del 80% de los ciudadanos estadounidenses apoyaron la devolución del niño Elián González a su patria. Lo demuestra cada vez que los movimientos sociales en Estados Unidos alzan la voz contra las guerras y el racismo.


III. Dos caras de una misma moneda

El gobierno de Estados Unidos ha construido su poder sobre los cadáveres de millones de personas en todo el mundo. Ha derrocado gobiernos democráticamente electos, ha impuesto dictadores, ha bloqueado economías enteras, ha bombardeado hospitales y escuelas, ha torturado en cárceles secretas y ha destruido naciones enteras bajo el pretexto de “llevar la democracia”.

Pero el pueblo estadounidense —ese que trabaja, que estudia, que sueña, que sufre las crisis económicas generadas por su propio sistema, que envía a sus hijos a morir en guerras inventadas— no es responsable de esa maquinaria de muerte. Es, como dijo Fidel, “un pueblo de esencia noble” que ha sido engañado una y otra vez.

“Siempre he pensado que el pueblo norteamericano puede apoyar una mala causa —y no pocas veces lo ha hecho—, pero para ello primero hay que engañarlo.”

Esa es la clave. El engaño sistemático, la manipulación mediática, la construcción de enemigos imaginarios, el patriotismo de pacotilla. Ese es el combustible del imperio.


IV. Conclusión: dos historias paralelas

Al cumplirse 250 años de la independencia de Estados Unidos, el mundo debe hacer un balance. No para celebrar, sino para entender. Para saber qué clase de poder ha moldeado el destino de la humanidad en estos dos siglos y medio.

La historia oficial —la que escriben los vencedores, la que repiten los grandes medios— habla de libertad, de democracia, de progreso. Pero la historia real —la que escriben los pueblos que han sufrido las bombas, los bloqueos y las intervenciones— cuenta una historia muy distinta.

Frente al imperio, el pueblo. Frente a la guerra, la solidaridad. Frente al odio, la esperanza.

Como bien lo expresó Fidel en aquella ocasión memorable:

“Tanto por razones históricas como por principios éticos, el pueblo cubano no ha albergado ni albergará sentimientos de odio contra el pueblo de Estados Unidos.”

Hoy, cuando el mundo observa las nuevas escaladas militares y el recrudecimiento de las sanciones, vale la pena recordar esas palabras y mantener viva la distinción: el gobierno de Estados Unidos no es su pueblo. El pueblo es otra historia. Y esa historia, como tantas veces lo dijo Fidel, aún está por escribirse con la participación de los propios ciudadanos estadounidenses.

Ángel González

Ingeniero informático y autodidacta apasionado por la comunicación en redes sociales, con un enfoque en el análisis de datos digitales y la guerra informativa. Combino mis habilidades técnicas con un profundo entendimiento de las dinámicas sociales en línea, buscando siempre innovar y aprender.

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