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Los yanquis que acusan a otros países de hacer fraudes electorales y envían observadores internacionales, principalmente en aquellos que mantienen posiciones independientes, son los que más corrupción y fraude llevan a cabo en su proceso electoral.

¿Quién no recuerda el robo de urnas que le hicieron en la Florida, al candidato Al Gore, para darle la victoria a George W. Bush? ¿Fue aquel un proceso limpio de trampas? ¿Por qué la OEA y la Unión Europea no lo impugnaron?

¿Y qué decir de la elección del actual presidente Donald Trump que obtuvo menos votos populares que su contrincante Hillary Clinton? ¿Esas son elecciones transparentes?

Las elecciones yanquis son procesos corruptos donde se solicitan “donaciones” millonarias, para las maquinarias de propaganda durante las campañas, algo que, por supuesto se paga después con “favores”, a quienes regalaron su dinero al candidato de preferencia, situación que no tiene nada que ver con democracia y la verdadera voluntad popular.

Los debates públicos son repugnantes, se ataca con saña cruel a los candidatos, sacándoles trapos sucios en vez de proyectar los programas políticos y sociales que pretenden aplicar, para que el pueblo decida, sin presiones ni engaños, por el que más beneficio les prestará.

Sin embargo, cuando algún candidato hace promesas de mejoras para el pueblo, de inmediato lo acusan de ser comunista, como le hicieron a Bernard Sanders para sacarlo de la contienda con métodos sucios.

Si eso pasa en alguno de los países que tienen candidatos no aceptables para Estados Unidos, son acusados de fraude y exigen nuevas elecciones, el ejemplo de Bielorrusia es claro. Allí la oposición obtuvo menos del 3 % de los votos, pero la USAID, la NED y países aliados de los yanquis como Polonia y la republica Checa, se lanzaron a acusar el proceso de “corrupto”, seguidos de la Unión Europea. Ahora entre todos organizan manifestaciones callejeras y huelgas para exigir nuevas elecciones, porque no reconocen la derrota de los opositores financiados por ellos.

En cuanto a las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos, el actual presidente, candidato único por el partido republicano, declaró que, si no gana él, no reconocerá la victoria del candidato demócrata, al no aceptar el voto por correo, y pronostica que, de efectuarse, serán “las elecciones más fraudulentas de la historia”, pero ante eso la Unión Europea no dice una sola palabra, no lo amenazan con sancionarlo, ni exigen observadores internacionales.

Por su parte, Joe Biden, aspirante demócrata, ha hecho varias promesas, algunas relacionadas con Cuba y Venezuela, las que no deben llamarnos a engaño, porque tanto demócratas como republicanos aspiran a ver el socialismo aplastado, para hacer regresar a la Isla a una república mediatizada, como la vivida desde 1902.

Algunos expertos predicen que de ganar Biden, suavizará algunas sanciones aplicadas por Trump, volverán los diálogos con potencias regionales, retomará el acercamiento a Cuba, pero mantendrá a Venezuela en el mismo lugar, al considerar a Nicolás Maduro como un “dictador” y le exigirá, como hace Trump, una transición democrática a través de elecciones “libres y justas”, que permita reconstruir la economía, ocultando que las sanciones ejecutadas por Estados Unidos en su guerra económica, comercial y financiera, son las únicas responsables de la actual crisis que sufre Venezuela.

Biden reconocerá a Juan Guaidó como el verdadero “Presidente” y no disminuirá las sanciones a Venezuela, con la esperanza de que, si ese gobierno cae, detrás irá el de Cuba, al considerarla como “la verdadera potencia dominante en Venezuela”.

Su política será la misma, pero con un enfoque disfrazado. Recordemos que fue el presidente demócrata Barack Obama, quien calificó al proceso bolivariano como una “amenaza” para la seguridad de Estados Unidos y bajo su gobierno se conformó el llamado Grupo de Lima, con el fin de condenar a Venezuela.

En cuanto a Cuba, hay que tener presente la presencia de algunos senadores y representantes que mantienen una posición de “tierra arrasada” y serán un fuerte obstáculo para cambiar la actual política de Trump, quien, de un plumazo, eliminó toda la línea seguida por Obama de corroer el socialismo desde adentro, como él mismo afirmó:

Los cambios introducidos en nuestra nueva política potenciarán aún más nuestro objetivo de empoderar al pueblo cubano. La administración continuará implementando programas de enfocados en promover el cambio positivo en Cuba, y fomentará reformas en nuestro compromiso de alto nivel con los funcionarios cubanos. Al final, los cubanos conducirán las reformas económicas y políticas.”

Hay que recordar que fue el demócrata Bill Clinton, quien cedió su poder de decidir la eliminación de la política del Bloqueo económico y comercial, aplicada por el demócrata John Kennedy, al aprobar en 1996 la execrable Ley Helms-Burton (Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act), redactada por los grupos más reaccionarios del Congreso, instigados por la mafia anticubana de Miami, todos presentes durante la firma de la misma, después que planificaron y ejecutaron las provocaciones de violar el espacio aéreo cubano.

Hillary Clinton, durante su campaña por la presidencia de Estados Unidos, refiriéndose a Cuba, afirmó en un discurso pronunciado en Miami en julio 2015:

“Si alguien piensa que podemos fiarnos de ese gobierno, es que no ha aprendido la lección de la historia”. “Pude comprender que nuestra política de aislar a Cuba, estaba fortaleciendo las garras de Castro en el poder en vez de debilitarlas, lo cual perjudicaba nuestros esfuerzos para restablecer el liderazgo de Estados Unidos en todo el hemisferio”. “Estábamos ayudando al régimen para que mantuviera a Cuba como una sociedad cerrada y controlada, en vez de promover la apertura positiva a la influencia externa, en la misma forma que lo hicimos, de forma tan efectiva, con el antiguo bloque Soviético y en otros lugares…”

No en vano dijo Fidel Castro en 2015: “No confío en la política de Estados Unidos”.

Esas son las elecciones que pretenden imponerle a Cuba, y por eso José Martí, que bien los conoció, afirmó:

“Recia y nauseabunda es una campaña presidencial en Estados Unidos”.

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