Médicos cubanos: Amor y entrega frente a manipulaciones y mentiras

Los nombres podrían ser muchos, las historias decenas, los sacrificios enormes, los riesgos podrían parecer por momentos insalvables, humanamente agotadores, al límite, pero el médico se yergue ante el miedo propio y el médico cubano le suma una carga de amor infinito a esa lucha encarnizada con la muerte.
Así las historias, sus historias, que son también la historia de solidaridad y entrega de la Patria que los formó, recorren el mundo.
Así conocimos a Lianne, Oftalmóloga pediatra en el Hospital Infantil José Luis Miranda de Santa Clara, quien recién graduada en el 2005 fue de las primeras en integrar el contingente Henry Reeve y cuya misión de estreno fue el terremoto de Pakistán, donde al choque con un país deshecho y sangrante tuvo que sumarle el enorme reto de ser mujer en un mundo árabe, un mundo de hombres.
A ese ejército se suma la doctora Erenia, que en el 2003 fue de los convocados por Fidel para entregar a la patria de Bolívar y Chávez la luz de la salud que ya alumbraba en Cuba desde 1959 y a donde partió para ver enfermedades que solo conocía de los libros, para aprender de las tribus indias del Orinoco, para subir los cerros que formaban una realidad paralela a la opulencia citadina de Caracas.
Y qué decir de esos hombres valientes (todos hombres, aunque nuestras doctoras no hubiesen dudado ni un segundo tampoco) quienes cerraron los ojos a cientos y respiraron el olor de la muerte en los hospitales de campaña construidos para enfrentar al Ébola en África, a un continente de por sí ya olvidado y al que, otra vez, los únicos en llegar fueron los amigos cubanos.
No podemos olvidar tampoco a esos que sintieron la tierra abrirse bajo sus pies durante el terremoto de Haití en el 2010, porque ya estaban ahí desde hacía mucho tiempo, ni a esos que temieron por sus vidas y fueron perseguidos y acosados durante el golpe de Estado del 2019 en Bolivia o a aquellos que fueron expulsados de Brasil con lágrimas en los ojos ante el derechismo cruel y barbárico del nuevo gobierno de turno.
Son tantos, tantísimos, en las aldeas africanas, en las selvas de Centroamérica, cruzando en canoa el Amazonas y sus afluentes, los mismos que también llegaron a Europa cuando ni siquiera el Viejo Continente con toda su grandeza pudo hacerle frente a la COVID-19.
Por tantas historias que el mundo conoce, que no contamos por creernos superiores, sino que las cuentan las innegables muestras de humanismo que han profesado, los cientos de niños alrededor del mundo que llevan el nombre de un galeno antillano y cuentan entonces que ese nombre es el amuleto del que vino de tierras lejanas para ayudarlos a nacer, por eso es que resulta irrisorio o prácticamente ridículo que miren del sol solo las manchas.
En medio de un mundo donde las desigualdades sociales y económicas son cada vez más agudas, suena tan ridículo comparar a los médicos cubanos con una mercancía que se compra y se vende al mejor postor, que si no fuera por el daño que causa semejante afirmación a quienes visten con orgullo sus batas blancas, daría simplemente risa.
Nosotros no somos de los que queremos tapar el sol con un dedo y, muchísimo menos ver solo sus manchas, somos de los agradecidos que vemos la luz.
¿Que para el país representa un ingreso importante la cooperación médica? Es verdad, sí; pero como mismo llegamos a naciones desarrolladas como Qatar o Argelia que pueden costear nuestra ayuda sanitaria, llegamos a otras como Haití que no pone ni un peso para tener a los cubanos ahí y no es que a nuestro gobierno le sobre dinero, al contrario, sabemos lo que nos cuesta producir una vacuna o adquirir una simple jeringuilla en el mercado, es simplemente una cuestión de ética, de humanismo, porque vale lo mismo la vida de un abogado de Dubái que la de un vendedor de frutas en Puerto Príncipe.