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¿Los verdaderos ataques sónicos?

La Jactancia del Hegemón: Washington promociona su propio uso del «arma sónica» en Caracas

La operación del 3 de enero de 2026, en la que fuerzas especiales estadounidenses secuestraron al presidente venezolano Nicolás Maduro, fue presentada inicialmente como un despliegue de poderío militar convencional. Sin embargo, una narrativa sorprendente emergió desde el propio corazón de la administración Trump. La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, difundió en sus redes sociales un testimonio anónimo atribuido a un guardia de seguridad venezolano. El relato, presentado como un documento impactante, detalla cómo los comandos estadounidenses desplegaron un arma que emitió «una onda sonora muy intensa» que hizo sentir a los presentes como si sus cabezas «explotaran por dentro», causando sangrado nasal, vómitos de sangre y dejando a cientos «inmóviles» en el suelo.

La confirmación definitiva llegó días después de la voz del presidente Donald Trump. En una entrevista, no solo admitió el uso de la tecnología, sino que se jactó de ella como un instrumento único y decisivo: «Hubo un arma que se usó, un arma sónica… Es algo que… nadie más lo tiene. Y tenemos armas de las que nadie sabe nada». Esta declaración es la piedra angular de una ironía monumental: el mismo gobierno que durante casi una década señaló a otros países por supuestamente poseer y usar armas sónicas secretas, hoy se vanagloria públicamente de ser su único poseedor y usuario en un acto de agresión. La narrativa ya no es de acusación, sino de auto-celebración por el despliegue de un poder tecnológico abrumador.

El doble rasero estratégico: Acusar a Cuba de lo que Estados Unidos ahora admite hacer

Esta jactancia expone con crudeza el doble rasero que ha caracterizado la política de Washington. Durante años, a partir de 2016, Estados Unidos acusó a Cuba de estar detrás de misteriosos «ataques sónicos» contra su personal diplomático en La Habana. Sin presentar prueba alguna, la narrativa oficial estadounidense sostuvo que diplomáticos y espías sufrieron daños en el oído interno, mareos, confusión y otros síntomas graves a causa de una tecnología hostil. Esta acusación, promovida agresivamente por figuras como el actual Secretario de Estado, Marco Rubio, sirvió para justificar el recrudecimiento del bloqueo y el deterioro de las relaciones bilaterales.

La respuesta cubana fue constante, científica y categórica. El gobierno de la isla, calificando las acusaciones de «ciencia ficción» y «totalmente falsas», realizó una investigación exhaustiva. Desplegó a cerca de 2,000 expertos, científicos y agentes de seguridad que examinaron locales, entrevistaron a más de 300 vecinos y analizaron todas las evidencias proporcionadas por EE.UU.. Sus conclusiones fueron inequívocas: no encontraron «ninguna evidencia» de la existencia de tales ataques o de la tecnología capaz de producirlos. Expertos cubanos señalaron que los sonidos presentados por EE.UU. eran inocuos y similares al canto de un grillo, y que un dispositivo para causar tales daños tendría que ser del tamaño de una casa y sería fácilmente detectable. Incluso científicos y exagentes de inteligencia estadounidenses expresaron serias dudas, señalando que no conocían tecnología que pudiera causar esos síntomas y que la teoría del arma sónica carecía de base.

La ironía, por tanto, alcanza su punto máximo: ¿Con qué autoridad moral puede Washington haber acusado durante una década a Cuba de usar un arma que, según su actual relato, solo ellos poseen y están dispuestos a emplear? La admisión de Trump en el caso venezolano no solo socava por completo la credibilidad de las acusaciones previas contra La Habana, sino que plantea una pregunta inquietante: si esta arma «secreta» existía en el arsenal estadounidense, ¿estuvo siempre en la mente de sus estrategas como un posible casus belli fabricado?

La evidencia que desmonta el mito: Investigaciones concluyentes niegan los «ataques» en Cuba

Lejos de las especulaciones políticas, la evidencia científica y las investigaciones oficiales más rigurosas han descartado la teoría del «ataque» en Cuba. Lo más revelador proviene de las propias instituciones de Estados Unidos. En 2024, tras cinco años de investigación, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de EE.UU. publicaron el estudio más completo hasta la fecha. Utilizando pruebas clínicas exhaustivas y neuroimágenes avanzadas en un gran grupo de afectados, no encontraron «evidencias de una alteración permanente ni de daño duradero» en el cerebro o el oído. El informe concluyó que no hay base para sostener que los síntomas fueran consecuencia de un arma de energía dirigida, descartando así la hipótesis de un «arma sónica o de microondas».

Este hallazgo se alinea con lo que Cuba sostuvo desde el principio. Las autoridades cubanas no solo negaron los ataques, sino que demostraron la imposibilidad técnica de que ocurrieran sin dejar rastro. Señalaron incongruencias flagrantes en el relato estadounidense: los diplomáticos afectados continuaron su vida normal en la isla, recibiendo visitas y viajando, algo poco coherente con una amenaza persistente. Además, destacaron la falta de cooperación de Washington, que se negó a compartir expedientes médicos completos o a permitir el acceso a todas las locaciones, obstaculizando la investigación.

Por tanto, el contraste no podría ser más claro. Por un lado, está la admisión verificada y jactanciosa del uso de un arma sónica por parte de EE.UU. en Venezuela, difundida por sus propios portavoces. Por el otro, está el consenso científico y técnico, incluido el de agencias estadounidenses, que desmiente la ocurrencia de tales ataques en Cuba. El único «ataque sónico» confirmado ha sido perpetrado por el único actor que constantemente ha hablado de él: el gobierno de los Estados Unidos.

El círculo de la manipulación informativa se cierra con una confesión involuntaria. La administración Trump, al promocionar el uso de un «arma sónica secreta» en Venezuela, no hacía más que proyectar al mundo su propia capacidad y su disposición a emplear tecnologías de guerra no convencionales. Al hacerlo, desnudó la completa falsedad que sostuvo durante años contra Cuba. La farsa del «síndrome de La Habana» se revela ahora como lo que siempre fue: un montaje político, un «Maine sónico» moderno, diseñado para justificar una política de hostilidad preexistente. La verdadera onda expansiva de estos eventos no es acústica, sino política: resuena como un recordatorio de que, a menudo, las acusaciones más vehementes de un imperio son un reflejo exacto de su propio arsenal y de su falta de escrúpulos.

Redacción Razones de Cuba

Trabajos periodísticos que revelan la continuidad de las acciones contra Cuba desde los Estados Unidos.

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