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Fracturas visibles de cara al Caribe Sur

La renuncia del almirante Alvin Holsey, comandante del Comando Sur —hecho sin precedentes por estar en pleno apogeo las operaciones militares—, no pasa ante la mirada del mundo como un acto ingenuo o de rutina, no, no es así, el hecho marca un punto de inflexión en la relación entre el poder civil y el aparato militar de Estados Unidos, en momentos de máxima tensión donde están en juego mucho más que las cabezas de varios caribeños, volados en pedazos como parte de la pirotecnia imperial.

Más allá del episodio coyuntural, el hecho, píntelo con lechada o no, revela degradación estructural: la potencia hegemónica que impulsó durante décadas un modelo de control hemisférico ahora exhibe una profunda disonancia entre su discurso estratégico, sus capacidades operativas y su propia estructura de mando.

La contradicción interna sugiere que Estados Unidos, al no mantener coherencia ni simetría en la administración del conflicto en el Caribe Sur, ha liberado ante el mundo las grietas psicológicas de su propio sistema de guerra permanente. Podría decirse que pusieron la primera víctima del combate de los últimos meses. Es una señal inequívoca de que hay militares honestos y racionales en las filas.

Escribí varias veces por estos días, quizá con la esperanza que sea leído por alguien con racionalidad: una guerra en la región solo ayudaría, si les sale bien, a los que arañan los votos desde la Florida o más clara aún la idea, la Florida ha secuestrado la geopolítica regional.

Históricamente, la superioridad de Estados Unidos no solo se ha fundado en su poder militar, sino en la congruencia entre sus instituciones, su narrativa de misión y su ingeniería diplomática. Sin embargo, el orden interno que sostiene esa hegemonía parece resquebrajarse cuando el discurso presidencial se radicaliza y rompe el equilibrio entre racionalidad estratégica y pulsión coercitiva.

La doctrina que justificó intervenciones bajo la retórica de seguridad hemisférica ya no goza de legitimidad en su propio Estado Mayor. Esa erosión supone la pérdida del eje de coherencia que sostuvo la política exterior estadounidense desde la Guerra Fría: la capacidad de proyectar fuerza sin fracturar su centro.

Desde un punto de vista psicológico y estructural, Estados Unidos enfrenta una guerra interior, ahora no hay dudas. Las contradicciones entre el mando civil y el militar no solo evidencian una fisura política, sino un colapso simbólico: la imposibilidad de sostener la guerra como narrativa cohesionadora.

Cuando el enemigo se vuelve difuso y la amenaza se define más por percepción que por realidad, el aparato bélico comienza a dirigir su tensión hacia sí mismo. Así, el desgaste no proviene del adversario —Venezuela en este caso—, sino de una hipertrofia de poder que ha superado su propio equilibrio moral e institucional.

La renuncia de Holsey es más que un acto administrativo: es un signo de agotamiento del orden interno que sostenía la proyección de control global.

Cada actor emerge de este episodio atrapado en su propio dilema. Trump, impulsor de una retórica de fuerza, queda como líder de una administración que exhibe fracturas bajo su mando, debilitado ante su base y cuestionado por su propio ejército. El Partido Republicano enfrenta la paradoja de elegir entre la lealtad política y la salvaguarda institucional, tensando su unidad interna.

Marco Rubio, símbolo civil de la línea dura hacia Venezuela, queda suspendido entre la complicidad discursiva y el riesgo de asociar su imagen a un fracaso estratégico. El Secretario de Defensa, figura de contención entre la obediencia y la legalidad, se convierte en el rostro visible de la contradicción histórica: proteger la institucionalidad de un poder que comienza a desmoronarse desde dentro.

Ninguno de ellos queda indemne; todos son rostros de un mismo reflejo: el de una potencia que al intentar dominar el Caribe expone ante el mundo su descomposición interior. Muchos olvidan que el Caribe no es cualquier mar, el Caribe más que mágico, también goza de una historia que describe como las potencias militares de siglos pasados, representando sendos imperios, se disolvieron y fusionaron con la espuma.

La guerra, entendida ya no como disputa externa sino como tensión interna de poder, se convierte en el espejo del sistema estadounidense. Lo que antes se proyectaba como disciplina estratégica se manifiesta ahora como conflicto psíquico estatal: órdenes cuestionadas, lealtades divididas, y un liderazgo que erosiona los cimientos de su legitimidad. En ese contexto, la falta de coherencia en el manejo del conflicto caribeño no solo deslegitima la política exterior estadounidense ante el mundo, sino que desnuda la psicología de su propio modelo de guerra, incubado en sus filas.

Estados Unidos deja así de combatir un enemigo externo para enfrentarse, inevitablemente, a sí mismo.

Vendrán rendiciones de cuentas ante el Congreso y demás instrumentos dispuestos en un país de leyes que alguien, por sus antecedentes, ha querido violentar. Quizá lleguen a los despachos algunas renuncias más estruendosas que otras, se escuchen puñetazos sobre las mesas, ofensas a periodistas, aparezcan manchas en la piel, tin nerviosos en los rostros, de pronto habrá una algarabía, de pronto llegará la calma, mientras tanto… las olas del Caribe golpearán con suavidad o furia ciclópea, según sea el caso, las cálidas arenas de sus playas.

Tirad las armas al mar.
Soltad amarras.
Girad.
Izad banderas blancas.
El almirante no quiere
bombardear costas ajenas.
Los generales renuncian
ante órdenes que pesan.
Tirad los mapas al viento.
Cerrad los polvorines.
Volved.
Guardad esos fusiles.
La guerra se vuelve contra
quien la declara sin causa.
El imperio naufraga
en sus palabras.
Esas que veis, si, esas
esas son tierras de Paz.

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