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Trump y la manipulación de la memoria nacional estadounidense

Tengo un amigo real, no de esos que pululan en las redes sociales digitales, sino de los que laten en el vecindario. Por si fuera poco, es solidario —hasta con la chikunguya— y con él converso cada mañana sobre asuntos de dolores, política internacional y, naturalmente, también pasamos el bisturí a la situación interna. Este amigo está bien informado y es objetivo en sus valoraciones; la pasión no lo ciega.

Por las madrugadas, casi siempre, me envía algún que otro enlace sobre temas álgidos. Esta vez me compartió un análisis en video que quienes tengan acceso podrán ver. Resulta que el POTUS reclama 230 millones de dólares al propio gobierno que representa por daños y perjuicios a su incólume moral. Y, sin remilgos, pretende que lo paguen sus propios votantes, los mismos que representa, como si delinquir fuera el mejor de los negocios: “me investigas y me pagas”. Lo cierto es que el magnate y sus abogados están reescribiendo cómo hacer política en una nación que oscila entre la desfachatez y la despreocupación.

Quiero ser consecuente con la amabilidad de mi amigo, pero no repitiendo las sentencias del analista del video, sino ofreciendo valoraciones en planos más profundos. Aquí va.

La figura de Donald Trump ha trascendido el ámbito político para convertirse en un fenómeno cultural y psicológico dentro de la sociedad estadounidense. Su discurso y su estilo de comunicación no solo buscan captar aceptación y votos, sino también instalarse en la memoria colectiva de la nación. A través de estrategias retóricas y simbólicas, Trump reinterpreta los valores fundacionales de Estados Unidos, manipula las aspiraciones de movilidad social del ciudadano común y desplaza el papel histórico de la migración en la construcción del país.

Estas prácticas configuran una narrativa que distorsiona dos siglos de sacrificios colectivos y redefine la identidad nacional en clave populista y excluyente. Para ello, Trump explota emociones primarias como el miedo, la inseguridad y el orgullo nacional. Su discurso polarizador, que presenta a inmigrantes y minorías como amenazas, activa mecanismos de defensa tribal.

Subrayo, el POTUS, se adentra en el complejo proceso de rebuscar en la denominada “memoria celular». Conceptualmente se refiere a la información primaria, fundamental en la regulación de la organización social humana. Se trata de un viaje a los mecanismos profundos y subyacentes que definen, por ejemplo, los orígenes tribales y gregarios de los grupos étnicos y su comportamiento. Es vital aclarar que esta observación no tiene relación alguna con teorías de la conspiración, sino que es un análisis que busca comprender cómo las estructuras sociales primarias influyen todavía en nuestras interacciones y estructuras modernas.

De este modo, se posiciona como el protector de una nación supuestamente asediada, reforzando su imagen de líder indispensable. La simplicidad de sus mensajes, expresados en consignas fáciles de recordar como Make America Great Again, asegura que su narrativa se incruste en la memoria social, convirtiéndose en un referente constante de identidad y pertenencia.

Uno de los rasgos más significativos de su estrategia es la relectura de los valores fundacionales de Estados Unidos. El patriotismo, históricamente vinculado a la libertad y al pluralismo, se transforma en un nacionalismo excluyente bajo la consigna “Estados Unidos primero”. Asimismo, la fe religiosa se instrumentaliza como legitimación política, desplazando el carácter secular y multicultural de la nación. En este marco, la historia de sacrificio colectivo y de construcción migrante queda invisibilizada, sustituida por una narrativa que privilegia el mérito individual y la lealtad nacionalista.

El pragmatismo del norteamericano medio, orientado hacia soluciones rápidas y resultados tangibles, es manipulado mediante promesas simplistas. Trump ofrece respuestas inmediatas a problemas complejos como la inmigración o la economía, apelando a la necesidad de certezas en un contexto de incertidumbre. Además, se presenta como modelo de éxito empresarial, alimentando la aspiración de movilidad social hacia la clase media y la riqueza. Esta estrategia conecta con el “sueño americano”, pero lo reduce a consumo y acumulación, vaciando su dimensión histórica de esfuerzo colectivo y solidaridad.

La narrativa trumpista opera como un mecanismo de reescritura de la memoria nacional, y ahí radica el daño de su legado. Al invisibilizar el papel de la migración en la construcción de Estados Unidos, se borra el sacrificio de generaciones que cimentaron la economía y la cultura. En su lugar, se instala una visión de prosperidad individual y exclusión, que contradice la esencia misma de la nación como proyecto plural y abierto. Este borrado histórico no solo distorsiona el pasado, sino que condiciona el futuro, al legitimar políticas restrictivas y discursos xenófobos.

Apreciable amigo, Trump logra sostenerse en la memoria de la nación mediante una estrategia que combina manipulación emocional, reinterpretación de valores y explotación de aspiraciones sociales. Su discurso simplifica la complejidad histórica de Estados Unidos, transformando el sacrificio en una narrativa de éxito individual y exclusión. De este modo, reconfigura la identidad nacional en clave populista, instalándose como referente simbólico en la psique social.

El desafío para la sociedad estadounidense consiste en recuperar la memoria de su historia migrante y plural, resistiendo la tentación de discursos que prometen grandeza a costa de borrar los fundamentos de su propia existencia.

Nada, mi hermano, que la manipulación de todo este andamiaje psicológico, etnográfico y antropológico forma parte de la deconstrucción simbólica de un país en decadencia que necesita asideros. Este señor ha sabido aprovecharse, rodeándose de un grupo de élite —algunos de ellos delegados de influyentes grupos de poder, graduados en las mejores universidades supremacistas del país—, que también busca beneficiarse del ego sobredimensionado del POTUS. Comparemos entonces el fenómeno con que EE.UU. está padeciendo una especie de artralgia social poschikunguya.

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