Odilia Collazo Valdés: El costo de las ideas
A Odilia Collazo Valdés no le gusta vivir del pasado, pero hoy desempolva los recuerdos de una etapa de su vida que terminó hace ya 22 años. Esa época donde Lili, como la llaman sus seres queridos, compartía un mismo cuerpo con Tania, la agente encubierta de la Seguridad del Estado.
“Dicen que las personas mayores se acuerdan del pasado y olvidan el presente, estoy al revés. El ayer lo olvidé, lo que vivo es el hoy, el día a día. No puedo seguir viviendo del pasado, porque el pasado no me trae nada”.
Aunque sus palabras puedan indicar lo contrario, la jubilada de 74 años conserva la memoria intacta y puede narrar con espontaneidad su historia. Historia que inicia con una niña, una abuela y la bandera del Movimiento 26 de Julio.
“Desde pequeña tuve formación revolucionaria porque parte de mi familia materna perteneció al M-26-7. Tuve un tío mártir de la revolución en Batabanó, Elio Miguel Valdés Álvarez. Esteban Ventura, ese hijo de la gran pu…, lo torturó, le arrancó hasta el lunar de cana que tenía en la cabeza y lo mató. Mi abuela, Inocencia Álvarez Padrón, y el resto de sus hijos también eran del Movimiento.
“Papá, en cambio, era oficial de la Marina de Guerra. En el tiempo de la dictadura se respetaba mucho a los oficiales y abuela lo que hacía era llevarme en las vacaciones para Batabanó a repartir los bonos del 26 de Julio y recoger medicamentos, montada atrás de ella en una yegua. Así no le hacían nada porque iba con la niña del sargento de la Marina.

“Con ella aprendí como hacer los brazaletes del Movimiento, pero tenía prohibido contarlo. Jamás le hablé a papá sobre el tema, amaba ir en vacaciones a la finca familiar y si él se enteraba, no me permitiría volver“.
El primero de enero de 1959, Odilia contagiada por la algarabía popular, decidió hacer y colgar del balcón una bandera del M-26-7. En ese momento, su papá estaba ausente de la casa por motivos de trabajo y, al regresar, fue directo a averiguar quién había confeccionado aquella bandera.
Odilia admitió ser la autora del acto y, tras una presión del padre, reconoció a su abuela como quien la enseñó a hacer la bandera. El papá, lejos de regañarla, le aclaró que, si ya había puesto la del 26, debía colgar también una cubana porque esta debía ir siempre de primera.
La niña creció para ser una revolucionaria. Cuando la Seguridad se le acercó para reclutarla, a sus casi 40 años, trabajaba en una bodega y se encontraba en un pleno de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), pues era una cederista muy activa en San Miguel del Padrón.
“Noté en los plenos a un compañero mirándome. Su nombre era Raudel y pertenecía a la Seguridad del Estado, aunque eso lo desconocía. Especulaba sobre un enamoramiento por su parte, y pensaba: ‘Ese viejo me la tiene pelá, sale hasta en la sopa’.
“Cuando hablaron conmigo sobre la necesidad de ser agente, respondí que había un problema, mi familia. ¿Cómo les explicaba un cambio repentino en mi forma de actuar? y, además, iba a ser muy difícil cambiar la forma de verme de los vecinos porque siempre había trabajado con la Federación de Mujeres Cubanas, con el municipio del CDR, todos me conocían como una revolucionaria.
— Al ladito de tu casa, vive un señor que se llama Roberto Ramón de Mazo, connotado contrarrevolucionario. En tu domicilio se oye todo lo que se habla en el de él, y por ahí empezarías. El objetivo final es que entres a las filas del Partido Pro Derechos Humanos de Cuba.
— Ahora sí se volvieron locos ustedes. Les digo que no, nadie va a creer que me volví gusana de ahora para ahorita.
— Mira, esto es sí o sí. Te acuestas a dormir y ya mañana nos dices “sí”.
“Se fueron y quedé pensando hasta aceptar”.
El entrenamiento de una «gusana»
“Mi fachada en sí me la crearon ellos y fue una fuerte porque papá había estado preso por contrarrevolución. Junto a la Seguridad supimos trabajar eso y cuando preguntaban por qué estaba allí, respondía que porque mi padre era contrarrevolucionario también. Él, en realidad, había sido agente de la Seguridad del Estado”.
Para entrar a la contrarrevolución y ser aceptada como una de ellos, hacía falta más que un antecedente familiar. Tenía que verse, hablar y actuar como una contrarrevolucionaria, y eso para una persona que durante 40 años vivió con unos principios totalmente opuestos, no fue sencillo.
“Antes de estar activa, un oficial joven, llamémoslo Mateo, me daba clases de léxico. Mi forma de hablar era la de una revolucionaria, no la de una gusana. Debía oír emisoras contrarrevolucionarias como La Voz de la Fundación, La voz del CID, CMQ y Radio Martí, para que a medida que escuchara, cambiara el vocabulario. Después, en una casa de visita, evaluaban los avances.
“Fui la primera vez y desaprobé. Fui la segunda y volví a suspender porque decía que tenía que esforzarme y estudiar más. Imagínate, trabajaba en la bodega, no podía estar todo el día enganchada a Radio Martí. Aparte, había apagones y era cuando te entraba la señal.
“Ya a la tercera, estaba estresada. Desde niña, fui buena estudiante. Era de las que sacaba 5, con un 4 me sentía mal y con un 3 me ponía a llorar. Tal vez sea porque soy medio loca y dicen que los locos son inteligentes, vete tú a saber.
“Volviendo al cuento, por el camino andaba pensando en decirle al oficial que yo tenía razón y no daba para agente de la Seguridad, este sería el tercer suspenso.
“Llegué, hicimos el ritual de siempre de saludarnos y preguntar por la familia y comenzamos a hablar. Todo eso, mirándolo bien seria. Al finalizar, me felicitó porque aprobé. Le confesé que iba con toda la intención de decirle ‘hasta aquí’ y respondió:
— ¿Quieres saber una cosa? Nosotros contigo tenemos muchas aspiraciones, vas a ser la figura principal del Partido de Pro Derechos Humanos de Cuba.

“Lo miraba y reía, en son de burla. Pensaba: ‘Este hombre está loco’. Casi todos los líderes contrarrevolucionarios eran intelectuales, graduados de la Universidad de La Habana, y yo nada más llegué hasta doce grados. Pero lo dejaba porque para aprender se debe escuchar y quien no sabe escuchar está perdido.
— ¿Y por qué si desde el principio estaba aprobada, seguiste suspendiéndome?
— Para que te esforzaras, estudiaras más y tuvieras el léxico mejor. De ahora en adelante es cuando te vas a enfrentar con una multitud de personas contrarias al sistema, y por cualquier desliz, enseguida van a decir: “Odilia es revolucionaria”. Debes defender el traje de los Órganos de la Seguridad de Estado bajo sangre, sudor y vida. Nadie está autorizado a delatar tu identidad, a no ser el Comandante en Jefe.
“Me dio muchos argumentos y principios. Ese día empecé oficialmente como agente de la Seguridad”.
— ¿Cómo reaccionaron sus familiares y amigos ante el aparente cambio de mentalidad?
“A quienes trabajaban conmigo en la zona de los CDR, la Seguridad del Estado se encargó de informarles que entré en los Derechos Humanos. Después, con mucho dolor, me aparté de las organizaciones de masa. Sufrí verlos escupir por donde yo pasara y me hacían malos gestos. Los que hasta ayer habían sido mis hermanos de lucha, pasaron a ser enemigos.
“A mis hijos los había criado ‘pioneros por el comunismo, seremos como el Che’. Ellos no lo asimilaban. Preguntaban: ‘Mami, ¿y ese cambio tuyo?’ ‘Mami, ¿pero por qué?’.
“Era muy difícil que alguien prestara su teléfono para hablar con las emisoras contrarrevolucionarias. En mi casa había uno fijo y venían muchas personas a traerme informaciones para que las transmitiera a Radio Martí. Eso trajo consigo problemas familiares, nadie entendía ese cambio brutal.
“Pedí que a la abuela nadie le contara del trabajo con los Derechos Humanos. Era un dolor muy grande que pensara en mí como traidora. Pero la menor de los hermanos vivía en Batabanó y no se llevaba bien con ella. Y un buen día, para incomodarla, le reclamó: ‘Tanto lío que tienes con Odilia: Odilita por aquí, Odilita por allá, y tu nieta Odilita pertenece al Partido Pro Derechos Humanos, ¡es una gusana!’. Eso a mi abuela le dolió mucho.
“Cuando lo supe, monté en el Chevrolet que teníamos Roberto, mi esposo, y yo y fuimos para Batabanó. Le conté todo, confesé ser agente. Respondió emocionada: ‘Tú nunca me engañaste’.
“Lloré… No soy mujer de lágrimas, pero hay cosas que duelen.
— Abuela, a nadie.
— Mujer, que no voy a decir nada. Me pueden sacar las uñas y estar matando, pero no voy a hablar.
“Desde ese día, abuela se convirtió en mi cómplice. Cuando estaba alguien, me trataba muy normal, no cariñosa como era conmigo. Pero cuando nos quedábamos sola, eran abrazos y peticiones para que me cuidara. Le contaba las cosas y se reía conmigo de lo que hacía con los gusanos”.
Lili, la mujer que nunca miente
Para cuando la abuela se enteró de la labor que realizaba su nieta Odilita, ya esta última llevaba años dentro de la contrarrevolución. Inició como vocera del Partido Pro Derechos Humanos en 1991, encargada de dar a Radio Martí y la Fundación Nacional Cubanoamericana las supuestas violaciones de derechos humanos que ocurrían en Cuba. Según explica, pocas cosas decía que fueran verdad.
“Eso era Radio Martí, mientras más mentiras sensacionalistas contáramos, más felices eran ellos.
“Además, llevaba los mismos informes manuscritos a la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, ahí es donde empiezo a coger confianza en la SINA. Y como tenía una preparación política más fuerte gracias a la Seguridad, le fui robando protagonismo a Nelson Torres Pulido, el entonces secretario del Partido. Ese era mi trabajo, irle quitando protagonismo a todos para ir escalando hasta ser la presidenta del Partido Pro Derechos Humanos.
“En 1994, cuando la crisis de los Balseros, un éxodo masivo de cubanos por vía marítima hacia Estados Unidos, la mayor parte del Ejecutivo se fue y asumí la presidencia. Cuando cogí el Partido eso estaba en cuero. Le cree un himno, el programa y el estatuto. Hice un listado de las delegaciones municipales, provinciales y en el municipio especial. Preparé un fichero con los datos de nivel cultural, dirección, fotografía, ocupación laboral y una solicitud donde se dejara claro que ingresaba al Partido Pro Derechos Humanos de Cuba de forma voluntaria”.
Odilia se buscó enemigos dentro de la contrarrevolución por su pronto protagonismo y por haberse ganado el respeto y confianza de los oficiales y diplomáticos de la Oficina de Intereses de EE.UU. en La Habana. Hombres como Elizardo Sánchez Santa Cruz, Lázaro González Valdés y Oswaldo Payá Sardiñas intentaron sacarla del panorama con métodos que iban desde crear un partido semejante para destruir el de ella, hasta acusarla sin pruebas de agente de la Seguridad. Sin embargo, no pudieron con la leyenda que se había trazado entre los estadounidenses: “La mujer que nunca miente”.
“Le decía a Malanga y a su puesto de vianda las verdades en la cara. La palabra clave en esas reuniones era ‘democracia’, y cuando inventaban algo interrumpía con un: ‘¡Oye, Fulano!, eso no es así. Con el mayor respeto, aquí hay democracia. Aquí se puede decir lo que uno piensa, ¿no? No hay que estar con mentiras. Que tú engañes a la Seguridad del Estado son siete pesos, pero no vengas a engañar aquí también a la oficina de intereses, a la CIA. ¡No, coño, Fulano! No me parece’. Y ya por ahí le entraba a quien fuera.
“En una recepción dentro de la SINA, estábamos en el salón con algunos funcionarios estadounidenses, cuando un médico empezó a decir que en Cuba sí había torturas. Se levantó la camisa, enseñó la quemadura que tenía y acusó a la Seguridad de hacérsela. Lo interrumpí:
— Permiso, eso no es así. Tú la quemada te la hiciste en casa de Berta, en Placetas. Te quedaste dormido con el cigarro y hasta a las pobres infelices les quemaste el colchón.
“Ese era el papel que me dio la Seguridad del Estado, el de ser contestataria. Pusieron a mi alcance las herramientas para responder rápido cuando cogiera a alguien mintiendo. No callaba por nadie, incluso a más de uno lo dejé en ridículo.
“En otra recepción, Oswaldo Payá llegó bien sequito, pero tarde.
— ¡Ay! Disculpen la demora, es que como ando en bicicleta pasé mucho trabajo para llegar.
— ¿Por qué le vienes a mentir a esta gente? Diles la verdad, andas en una guagüita que te dio la iglesia católica y guardas la bicicleta dentro. Diles que no encontrabas parqueo, pero no vengas con mentiras. Además, ellos no son bobos y están viendo tu camisa sequita y nadie que venga pedaleando del Cerro hasta aquí, el Vedado, viene con la camisa así. Coño, vaya, te estás faltando el respeto tú mismo.
“Una vez me mandaron a darle tremendo escándalo a Gladys Linares, contrarrevolucionaria y ‘periodista independiente’, porque empezó a decir en todos lados que yo era de la Seguridad. Del Minint me mandaron a formarla en su casa. Mandé a buscar testigos para que vieran todo y cuando llegaron ya estaba prendida a los golpes con Gladys. Le grité que no le tenía miedo ni a perro ni gato y que mandara a buscar a los bomberos porque era incendiaria.
“Todo eso era parte del personaje. Así era Tania, no Odilia”.
Encontrando al amor y a un compañero de lucha
Debido a su papel en el Partido Pro Derechos Humanos, Odilia se vio obligada a cambiar de trabajo muchas veces. Explica que al agente encubierto no le paga el gobierno, así que en los primeros años, cuando aún no era importante dentro de la contrarrevolución, no tener empleo fijo fue un problema.
De la bodega donde trabajaba, cuando la captaron, tuvo que salir porque ya la conocían como revolucionaria y el cambio era sospechoso. De allí comenzó a trabajar en Berroa como jefa de Seguridad y Protección, pero sus labores ponían en riesgo la fachada como contrarrevolucionaria. Luego trabajó en una fábrica de mosaicos y más adelante en otra de latas, como custodio, ambas ubicadas en el municipio San Miguel del Padrón. Fue mientras trabajaba en la última que conoció a Roberto, su actual esposo.
— ¿Cómo fue comenzar una relación con Roberto siendo él un policía y usted una contrarrevolucionaria?
“Roberto trabajaba como jefe de sector a unas cuadras de donde yo lo hacía de custodio y pasaba por al frente todos los días. Cuando estaba de guardia, me saludaba y después empezamos a conversar.
“El 5 de agosto de 1994, cuando ocurrieron los disturbios sociales conocidos como el Maleconazo, todo estaba muy revuelto. Roberto, como jefe de sector, ¿sabes a dónde fue? A protegerme en la fábrica. Esa fue una de las cosas que me enamoraron de él.
“Cuando estaba interesada en alguien, el primero en saberlo era mi oficial. Y siempre decía que no porque era revolucionario. Con Roberto fue la misma historia, pero dije ‘hasta aquí’.
— Aquí todo el mundo tiene a su mujer o marido, menos yo. Ya voy en decadencia, si no aseguro mi vejez ahora, ¿cuándo va a ser? No lo voy a dejar.
— ¿Y tu trabajo? Te vamos a sacar a la claridad.
— No tengo miedo. Hoy salgo de la Seguridad del Estado y mañana estoy en la Policía Nacional Revolucionaria.
“Al final, decidieron mantenerme porque ya habían trabajado mucho conmigo y como no quería soltar a Roberto, lo hicieron agente también. Le crearon un problema en la policía para que lo botaran y poder justificar su cambio”.
El costo de las ideas puede ser muy alto
Del mismo modo que Odilia encontró su segunda oportunidad en el amor mientras era agente, perdió el contacto con los seres que más ama en el mundo: sus hijos.
“Empecé a trabajar para la Seguridad cuando mis hijos eran jóvenes de 20 y 19 años. Aún se estaban formando y el cambio influyó en ellos, ese es el costo de las ideas. Hoy, están en Estados Unidos.
“Cuando el mayor decidió irse de Cuba, la Seguridad del Estado ofreció retenerlo y negarle los permisos para irse. Me negué. Yo escogí mi camino y ellos el suyo. Creé mi fachada tan, pero tan bien, que creyeron ser hijos de una contrarrevolucionaria y no podía a esas alturas pedirles que no se fueran porque su mamá es una revolucionaria.
“Mi hijo, antes de irse, pidió hablar a solas.

— Mamá, quiero la verdad. Si eres de la Seguridad del Estado, no me voy, pero si no lo eres, lo hago. Así que dime, ¿eres de la Seguridad?
—A estas alturas y con ese recado… ¿De dónde sacaste eso?
— Mi papá dice que no lo convences como contrarrevolucionaria, que eres de la Seguridad. Me lo contó para que supiera que no habías cambiado. Porque te conoce desde niños y estuvieron casados 20 años, sabe tu forma de pensar. Él está seguro de que a ti no te lavaron el cerebro tan rápido.
— ¡Ay, hijo! Juan me tiene sin cuidado. Tu papá es un alcohólico, con él no me llevo y por tal de bajarme mi fachada, va a decir cualquier cosa. Sabía cómo pensaba antes, después de separarnos no conoce nada. Es más, si hasta me tengo que reír, se licenció en Ciencias Sociales para tener relaciones con el exterior y nunca pudo hacer lo que estoy haciendo. Su sapiencia se la robé y hoy hago lo que nunca pudo: me codeo con toda la sede diplomática. Él habla desde la envidia.
“Tuve que contestar así, no podía responder con la verdad. Mi hijo se fue, después la hembra y no los he podido ver desde entonces. Ese es el costo de las ideas.
“Porque cuando trabajas para la Seguridad del Estado y haces un juramento de seguir sus órdenes, lo tienes que hacer de corazón. Ni siquiera a quienes más quiero en esta vida que son mis hijos se los confesé. Preferí perderlos.
“No puedo ir a Estados Unidos ni ellos pueden venir a Cuba porque sería para visitar a un agente de la Seguridad y después su vida allá no sería nada fácil. Cuando me desclasificaron, el varón sufrió persecución y hostigamiento porque: ‘Hijo de gato, caza ratón’.
“Estuvo mucho tiempo sin hablarme y después, cuando se fue la hembra también, nos distanciamos porque se dificultó el contacto. Sin embargo, como el que quiere puede, retomamos la comunicación por redes sociales y hablamos todos los días. Los amo más que a nada y ellos a mí, tan solo eligieron un camino diferente.
No me pongan en lo oscuro, a morir como un traidor
Otro de los momentos difíciles de la vida de Odilia también ocurrió mientras era una agente encubierta. Ese golpe fue más duro por ser algo permanente para lo que sabía no existía solución o posible reencuentro en esta vida. La muerte de quien la enseñó a hacer la bandera del 26 de Julio, de la única persona a quien se reveló como agente, de su cómplice y confidente: Su abuela.
“Cuando llegué a la funeraria de Batabanó, le tenían puesta la bandera cubana con sus medallas. En el entierro, leyeron todas las cosas buenas que había hecho por la Revolución.
“Mientras, estaba debajo de una matica, encogida que parecía un pollito y la cara llena de lágrimas. Pensaba: ‘¡Ay, abuela! Has muerto y mira la biografía tan linda que te llevas. Mueres como Martí, de cara al sol, como una revolucionaria. Voy a morir, abuela, como una traidora, como una gusana. Llevas contigo mi secreto a la tumba, pero moriré como una traidora, en lo oscuro. Gracias, abuela, gracias por todo. Gracias por ser mi abuela’. Lloraba solita, debajo de la matica aquella.
“Solo un primo se acercó. Él era jefe de la policía y se le notaba que estaba sintiendo el mismo dolor, con la misma intensidad. Me abrazó y besó.
— Estoy sintiendo lo que tú, el día que muera no darán los mismos honores.

— ¡Ay, Carlitín! No pienses en muerte ahora.
— Te estoy adivinando, prima, cuídate mucho. Cuando muera, tampoco van a hablar tantas cosas bonitas. La abuela tuvo una historia muy dura, pero hizo muchas cosas buenas. Se murió con esa historia y es nuestro orgullo.
“Hoy tengo la dicha de que, si mañana muero, lo hago como una revolucionaria, no como una traidora. Muero de cara al sol, como Martí y la abuela”.
Probablemente el temor a morir en lo oscuro como una traidora, es la razón por la que recuerda el momento de su desclasificación como uno de los más felices de su vida.
Baja el telón
“Explicaron que la dirección del país había elegido varios expedientes de agentes para sacar a la claridad. Vaya, quemarnos, como se dice en la calle. Empecé a dar chucho, porque esa fue la mejor noticia que pudieron dar. Les pregunté muy seria que cuál había sido mi error, si me querían botar por haber hecho algo mal. Rapidísimo dijeron que no, que no era culpa mía, que había trabajado muy bien. Ya ahí les cambié el rostro y les respondí que si tenía que escoger en cuál de los juicios iba a testificar.
— No, no. Nosotros te decimos en cual. ¿Y Roberto?
— Robe no pudo venir.
— Tenemos que preguntarle si él también está de acuerdo en salir.
— Por supuesto que lo está. Lo metí en esto y lo saco. Si quemas a uno, nos quemas a los dos.
“Fui casi corriendo para la casa, loca por decirle a Roberto que nos iban a sacar. Cuando llegué, había un contrarrevolucionario conversando con él. Entonces empecé a armar un show. Le comenté que necesitaba hablar con él porque ya estaba cansada, que acababa de llegar de la oficina de intereses y siempre era la misma historia, que iba dejar los derechos humanos porque Derechos Humanos y mierda era lo mismo, que hasta cuándo. Todo eso lo grité y Roberto miraba como preguntando: ‘¿Y a esta que le dio? Ya, se tostó completa’. Y seguía con la cantaleta, que si me iba a ir para el CDR mañana mismo, e iba a dejar todo eso. Después del espectáculo le pedí a la visita que se fuera, porque estaba muy alterada.

“Nada más salió por la puerta y jalé a Roberto para contarle todo. ¿Dónde crees que metí al pobre hombre para darle la noticia? La sala parecía que no tenía confianza y el cuarto tampoco, nos tranqué en el baño con él, y hablé bien bajito.
— Oye, voy a salir a la claridad. No voy más a la Oficina de Intereses ni a nada de eso.
— ¿Y yo?
— Tú también, ya le contesté por ti al oficial.
— ¿Y qué hay que hacer?
— Vamos de testigo al juicio.
— ¿A qué juicio voy? ¿De quiénes tengo que hablar?
— Todavía no sé al juicio que vas, solo que vas a uno y yo voy a otro, tenemos que esperar que nos avisen. A partir de este momento, hay que empezar a buscar pruebas de los 75 contrarrevolucionarios apresados para estar listos cuando vayamos declarar.
“No pude avisarle a nadie de la familia. Creyeron que estaba arrestada porque me sacaron esposada de la casa. Mi hermano vivía al lado y daba gritos, el pobre: ‘¡No, no se la lleven! ¡A mi hermanita no! ¡Llévenme a mí, pero déjenla tranquila!’. Que mal rato pasaron todos pensando que fui detenida.
“Incluso, cuando aparecí en el televisor durante los juicios, pensaron que lo hacía en calidad de acusada. El asombro fue grande cuando testifiqué para la fiscalía y declaré ser agente de la Seguridad del Estado.
“Fue una sorpresa muy grande, nadie se lo esperaba. La familia, los vecinos, incluso muchas personas que estaban presas por desacato y eran del Partido Pro Derechos Humanos, se quedaron con la boca abierta.
“Un oficial que conocí me contó que en una prisión estaba puesta la Mesa Redonda, por donde salieron los juicios, y cuando algunos reos me vieron empezaron a gritar: ‘¡Esa es mi madrina! Ahora si se puso bueno eso, ahí sí hay. ¡Ella es la madrina de nosotros, esa si la arma!’. Claro, eso era mientras pensaban que iría presa, después se callaron. Ya no era su madrina.
“Hubo quienes no querían creerlo y aseguraban que mentí para salvar el pellejo. Una antigua vecina mía gritaba a quien quisiera oírla que todo eso había sido un invento, que era mala y estaba engañando a la Seguridad. Los medios estadounidenses también criticaron mucho. Pero a no me importó, fui aceptada por quienes importaban.
“Lo primero que hice después, fue caminar Cuba. Cuando volvimos de las provincias, cogí una guagua como la primera y salí a pasear La Habana. Las personas paraban y preguntaban si no sentía miedo, respondía con la verdad: No tenía ningún temor».
Siempre quedan secuelas
“Haber sido aceptada en la vida pública no implica estar bien mentalmente, tengo secuelas. Por decirte algo, cada vez que comienza marzo, cuando recibí la noticia de la desclasificación, mi cuerpo se pone alerta.
“Han pasado 22 años, y aun siento el cambio. Cojo mis manos, las miro y río: ‘Ya viene la desclasificación’. ¿Por qué? Porque fue un momento muy tenso, tuve que buscar pruebas para el juicio, prepararme de nuevo para salir, desligarme del personaje. Es una preparación psicológica que sufres y tienes que hacerla sola.
“No sabía cual sería la reacción de familiar. La opinión de la gusanera, el gobierno de Estados Unidos de América y el resto de sedes diplomáticas me daba lo mismo. Tampoco pregunté el porqué me desclasificaban. Solo estaba interesada en mis seres queridos. Aunque creas que no, eso afecta psicológica y físicamente.
“Mi cuerpo se volvió un reloj, no hace falta que me avisen cuándo es el 4 de abril, día del juicio, ni nada de eso. Desde el 16 de marzo estoy sincronizada, porque fue cuando supe que saldría y empecé a buscar pruebas.
“Cambia mi forma de hablar, de pensar, estoy siempre alerta. Tal vez no llegué al punto de otros compañeros que necesitaron un acompañamiento psicológico, pero me afectó. Fue un cambio muy brusco en mi vida y rutina”.
— ¿Cuánto de Tania quedó en Odilia?
“Esto es como un personaje que hace un artista. Después que me sacaron a la claridad y pasa todo el rollo del juicio, la gira por las provincias, etcétera, Me senté en la que era mi casa en San Miguel del Padrón a pensar y comencé a reír como una loca.
“En eso Roberto entró al cuarto y preguntó que de qué me reía.
— Me estoy burlando de mis pensamientos.
— ¿Qué pensamientos?
— Mira, primero los revolucionarios fueron amigos y los contrarrevolucionarios, enemigos. Después, me detectaron como parte de los Derechos Humanos y todos los revolucionarios se pelearon conmigo, pasaron a ser ellos enemigos y los contrarrevolucionarios amigos. Ahora que salí como agente, resulta que los que se suponían que eran amigos son de nuevo enemigos y los otros vuelven a ser los amigos.
— ¿Y eso te da risa?
— Sí, me da risa. Ahora sí soy Odilia Collazo, Lili. Ahora si soy la revolucionaria que siempre fui. Ahora si soy yo.
“Me despojé del traje de contrarrevolucionaria de lo más bien, lo quité facilísimo porque ese disfraz nunca fue conmigo. Era un personaje que interpretaba. No soy Tania, eso lo dejé detrás. Yo soy, y lo digo con orgullo, Odilia Collazo”.
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