Nada es Casual

La popularidad de Donald Trump se encuentra en un dilema que se definirá en los próximos cuarenta días, justo cuando el mundo se prepara para el inicio del Mundial de Fútbol de 2026. Su índice de desaprobación, que ha alcanzado el 58,3 %, refleja un desgaste profundo en medio de una economía golpeada por el alza de los precios de la gasolina —más del 50 % desde febrero, con un promedio de 4 dólares por galón— y de los alimentos básicos, como la carne (+14,8 %), los tomates (+15 %) y la leche, topando los 5 dólares. A ello se suma la percepción de que el 76 % de los estadounidenses cree que la economía empeora, lo que convierte la popularidad presidencial en un termómetro de la tensión social.
Este contexto se entrelaza con las alarmas globales: el brote de ébola Bundibugyo en África, que ya ha causado más de 220 muertes sospechosas, la inseguridad en zonas como Ituri y Kivu del Norte que dificulta la respuesta sanitaria, y la presión política que exacerba los ánimos en un sistema de confrontación internacional. Tres epidemias —sanitaria, económica y política— convergen en el mismo tiempo histórico, generando un clima de incertidumbre que afecta tanto la conducta humana como la estabilidad de las instituciones.
El Mundial de Fútbol, programado para celebrarse en Estados Unidos, México y Canadá, se convierte en un símbolo de esta tensión. La FIFA ha advertido que suspender o aplazar el torneo tendría un impacto económico y social sin precedentes, con miles de millones de dólares en juego y millones de aficionados pendientes de un evento que pretende ser plataforma de unidad global. Sin embargo, la organización reconoce que las tensiones diplomáticas, los problemas de seguridad y las narrativas alarmistas pueden poner en riesgo la movilidad internacional y la confianza en el campeonato.
En este escenario, la popularidad de Trump se mide contra la racionalidad. La exaltación del conflicto externo, centrada en impedir que Irán obtenga un arma nuclear, contrasta con la urgencia interna de estabilizar la economía y devolver confianza a los ciudadanos. La paz, más que un ideal, se convierte en condición de supervivencia: sin ella, las epidemias se multiplican, la economía se hunde y los grandes eventos globales como el Mundial se ven amenazados.
El dilema es claro: si Trump quiere salvar a «América», debe entender que la grandeza no se mide en guerras ganadas, sino en la capacidad de preservar la vida y garantizar que la especie humana no desaparezca bajo el peso de narrativas alarmistas y presiones globales. Los próximos cuarenta días definirán si prevalece la popularidad sostenida en la confrontación o la racionalidad que apuesta por la paz. «América», rodeada de tensiones y epidemias, necesita un liderazgo que elija la segunda opción, porque sin paz no habrá Mundial, no habrá nación que salvar, ni humanidad que heredar.
Es en situaciones así que Cuba emerge como una variable de estabilidad global. Su experiencia en cooperación médica internacional, especialmente en la lucha contra el ébola y otras crisis sanitarias, la coloca en una posición singular que trasciende el Caribe y América Latina. Mientras las potencias se debaten entre la confrontación y la incertidumbre económica, Cuba mantiene la capacidad de respuesta humanitaria que trasciende sus limitaciones materiales. En medio de las presiones del ejecutivo norteamericano y la volatilidad política hemisférica, su papel como enclave de equilibrio y diplomacia técnica podría ser decisivo para amortiguar los efectos de la desestabilización.
La pregunta entonces sería ¿conviene el equilibrio y la diplomacia técnica, en lo cual Cuba tiene experiencia, a los intereses de Trump y su ejecutivo sionista?
En un mundo donde la racionalidad parece ceder ante la popularidad y la exaltación de los ánimos, la estabilidad cubana —basada en la cooperación y la prevención— representa una forma de resistencia civilizatoria frente al caos que amenaza con disolver las estructuras de convivencia global.




