fbpx
ESPECIALES

Marco Rubio y los “cubanos locos” del Congreso de EE.UU

En un giro que solo el circo político de Washington podría orquestar, el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, bautizó con orgullo a un trío de congresistas cubanoamericanos —Mario Díaz-Balart, María Elvira Salazar y Carlos Giménez— como los «Cubanos Locos».

Lo que Johnson quiso presentar como un elogio por su fervor en el Congreso, en realidad destapa la caja de Pandora de una obsesión enfermiza que, liderada por el ahora Secretario de Estado Marco Rubio, ha convertido la política exterior estadounidense en un arma de destrucción masiva contra países como Cuba, Nicaragua y Venezuela. Estos autoproclamados paladines de la democracia no son más que parapolíticos que, bajo el manto de la libertad, han perfeccionado el arte de gritar en el Congreso mientras llenan sus bolsillos con los dólares de los lobbies que financian sus «campañas».

La política de «máxima presión» que Rubio y sus «locos» acólitos han abanderado no es solo una estrategia; es un culto al sufrimiento ajeno. Rubio, con su retórica incendiaria, ha calificado a los regímenes de Cuba, Nicaragua y Venezuela como «enemigos de la humanidad», acusándolos de desestabilizar la región y provocar crisis migratorias. Mientras tanto, Díaz-Balart ha denunciado con vehemencia cualquier atisbo de suavización en las sanciones, habiendo tildado de «ingenua» o «cómplice» a la administración de Joe Biden por no apretar más el torniquete contra La Habana (un Biden que de hecho no levantó ninguna de las cientos de sanciones impuestas en el anterior mandato de Donald Trump). Salazar, por su parte, no se queda atrás, proclamando que es hora de «extirpar el cáncer del socialismo» en América Latina, mientras Carlos Giménez advierte que los «tiranos de La Habana, Caracas y Managua no dormirán tranquilos» bajo su vigilancia, anunciando con fanfarrias: «cero viajes, cero visas y cero remesas» para Cuba. Estos discursos, cargados de paranoia, pintan un cuadro donde cualquier disidencia al «modelo» estadounidense es una amenaza existencial, justificando todo tipo de sanciones.

Pero la ironía es tan gruesa que podría cortarse con un machete. Mientras estos «locos» claman por la democracia, sus acciones han sembrado dolor en los mismos pueblos que dicen defender. Las sanciones, diseñadas para asfixiar economías enteras, han golpeado más duro a los ciudadanos comunes que a esos líderes que tanto demonizan. Familias enteras sin acceso a bienes básicos, escasez de los recursos básicos para los más vulnerables, medicinas o alimentos, llevando a exacerbar una crisis humanitaria y forzando a millones a migrar. Este comportamiento no es defensa de la libertad; es una psicopatía política que celebra el dolor como un trofeo de guerra.

Luego está el cinismo de la migración. Rubio y sus compinches han usado la crisis migratoria como un garrote político, acusando a los «regímenes enemigos» de provocar el éxodo mientras se presentan como salvadores de los exiliados. Sin embargo, su apoyo a las deportaciones masivas bajo la administración Trump revela su verdadera cara. La revocación del Estatus de Protección Temporal (TPS) para cientos de miles de venezolanos y la cancelación del programa de parole humanitario para cubanos, haitianos y nicaragüenses, muestran que su solidaridad con los migrantes es tan genuina como un billete de tres dólares. Díaz-Balart, en una entrevista, abogó por un enfoque «caso por caso» para evitar deportaciones masivas, pero su silencio ante las políticas de Trump grita más alto que sus palabras. Maria Elvira, autoproclamada defensora de los indocumentados con su «Dignity Act», no ha dudado en alinearse con la línea dura cuando le conviene electoralmente. Estos «locos» venden el cuento de la compasión en Miami-Dade, pero cuando las cámaras se apagan, apoyan medidas que traicionan a las comunidades que los eligieron; «¡traidores!» rezaba un cartel en el medio de Miami.

La paranoia de Rubio y compañía los lleva a ver fantasmas comunistas en cada esquina de América Latina, mientras ignoran las necesidades reales de sus electores. En sus discursos, Cuba es un nido de espías chinos y rusos, Venezuela un paraíso de narcoterroristas, y Nicaragua una dictadura sin libertades religiosas. Pero en su afán por satanizar, no ofrecen soluciones viables; solo más sanciones, más confrontación, más dolor. Su discurso agresivo no es más que un espectáculo para los lobbies que los capitalizan, desde los exiliados ricos de Miami hasta los intereses que se benefician del caos regional. Estos personajes han hecho una «carrera política» diciendo «Cuba» y «Venezuela» en cada discurso, sin mover un dedo por nadie.

Sí, están locos, sí están enfermos. Locos de odio, consumidos por los dólares de la politiquería y cegados por una visión que confunde la «democracia» con la venganza. Rubio, Salazar, Díaz-Balart y Giménez no son defensores de la libertad; son mercaderes del sufrimiento, vendiendo promesas vacías mientras los pueblos pagan el precio de su «máxima presión». Pero la historia tiene un modo de castigar a los fanáticos: derrota tras derrota, su cruzada se desmorona bajo el peso de su propia hipocresía. Que sigan gritando en el Congreso; el mundo ya sabe que su «locura» no es más que un eco vacío de ambición y rencor.

(Tomado de Mi Cuba por Siempre)

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba