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Las «trumpetas» del juicio final

Estas son las justas y santas horas en que Trump está construyendo un régimen de excepción interno –centrado en inmigración, enemigos internos y “pureza” nacional– al mismo tiempo que abre la puerta a una aventura militar de alto riesgo contra Venezuela, y ambas dimensiones se refuerzan mutuamente en clave de control social y desvío de responsabilidades. En ese tablero, la “lista de Epstein” funciona como arma de guerra cultural y chantaje político, no como búsqueda honesta de verdad, y se usa selectivamente para movilizar a la base MAGA y neutralizar posibles amenazas dentro de la élite.​

Hacia dentro, la segunda administración Trump ha acelerado un proyecto de reingeniería demográfica y política: declarar emergencia nacional en la frontera, bloquear el asilo, acabar con el “catch and release”, reducir drásticamente el número de refugiados y hasta intentar poner fin al ius soli para hijos de no residentes. Tras el tiroteo en Washington, el gobierno congeló todas las decisiones de asilo, sometió a revisión las green cards de personas de 19 países y suspendió solicitudes de afganos, acompañando eso con amenazas de retirar ciudadanía a naturalizados que “socaven la tranquilidad doméstica”.​

Ese paquete no solo persigue a “extranjeros peligrosos”, sino que normaliza la idea de que el estatus legal, e incluso la ciudadanía, pueden ser revocables políticamente, debilitando a comunidades enteras y enviando un mensaje disciplinador a toda la sociedad. En clave casi “chomskiana”, el enemigo migrante sirve de pantalla para ocultar la concentración de poder ejecutivo, el debilitamiento de controles judiciales y la expansión de un aparato coercitivo disponible más adelante contra sindicatos, movimientos de protesta o disidencias internas.​

En paralelo, la retórica contra Venezuela se ha endurecido hasta bordear abiertamente el escenario de guerra: despliegue de un grupo de portaaviones en el Caribe, sobrevuelo de bombarderos estratégicos y autorización de operaciones encubiertas de la CIA en territorio venezolano, bajo el discurso de lucha contra el “narco–terrorismo”. Trump y sus asesores trabajan argumentos jurídicos para golpear supuestas redes de narcotráfico, mientras el presidente advierte que el espacio aéreo venezolano debe considerarse “cerrado” y amenaza con acciones “muy pronto”, alimentando la percepción de un conflicto inminente.​​

La paradoja, bien señalada por analistas, es que el “presidente de la paz” intenta vender una operación de cambio de régimen como extensión de la guerra contra las drogas, mientras Washington arrastra un cansancio social profundo hacia nuevas guerras; de ahí que una ofensiva contra Venezuela le sirva también como espectáculo de fuerza para consumo interno, capaz de cohesionar a su base y desplazar titulares sobre crisis económicas, escándalos y abusos de poder domésticos, además de alcanzar el honorable récord de la más baja popularidad en los 5 años de mandato.

La llamada “lista de Epstein” se ha convertido en fetiche político: una hipotética nómina de clientes y cómplices del financista que la ultraderecha presenta como prueba de una élite liberal pedófila, y que el trumpismo ha usado para alimentar la narrativa QAnon del “Estado profundo”. El propio Departamento de Justicia de Trump publicó un memorando negando la existencia de una lista formal y descartando base probatoria para investigar a terceras personas, lo que fue recibido con escepticismo incluso por comentaristas conservadores, mientras el Congreso –de manera casi unánime– ha aprobado una ley para obligar a desclasificar los archivos de Epstein.​

Ese doble juego es significativo: por un lado, la administración usa la promesa de “exponerlo todo” para movilizar a la base MAGA; por otro, presiona dentro del Partido Republicano para frenar iniciativas de transparencia y ha calificado de “acto hostil” las maniobras parlamentarias para forzar la publicación completa de los archivos. En un escenario de escalada militar y endurecimiento interno, la existencia de correos donde Epstein menciona el tiempo que Trump pasó con una víctima, o la insistencia de legisladores en desclasificar comunicaciones con figuras de poder de todo el espectro, convierte a esos documentos en un potencial instrumento de chantaje cruzado entre facciones, más que en una vía transparente de justicia.​

Leída en conjunto, la estrategia de Trump articula tres vectores: un enemigo interno (migrantes, disidentes, “no compatibles con la civilización occidental”), un enemigo externo (Venezuela como síntesis de chavismo, narcotráfico y antiamericanismo, y obviamente sus reservas energéticas) y un aparato de escándalos gestionados (Epstein, “deep state”, corrupción de las élites) que se dosifican para mantener a la sociedad en un estado de agitación permanente, y si no fuera tan autodestructivo pudiera pensarse en una peligrosa estrategia comunicacional de posicionamiento.

La represión interior crea miedo y obediencia; la amenaza de guerra en el Caribe ofrece catarsis nacionalista y redistribuye culpas; la manipulación de la lista de Epstein permite disciplinar tanto a adversarios demócratas como a posibles traidores republicanos, bajo la sombra de secretos inconfesables, y créanlo o no, es una muy interesante manera de reprimir desde la oscura interpretación de democracia y libertad, ya no como representación simbólica, sino como ejecutiva diabólica (qué divide).

Desde una mirada crítica, no se trata de errores caóticos de un líder errático, sino de un proyecto coherente de “seguridad nacional total” donde fronteras, cuerpos y memorias quedan bajo sospecha permanente, mientras las verdaderas líneas de conflicto –desigualdad, crisis climática, captura corporativa del Estado– quedan relegadas a un segundo plano, cubiertas por el ruido de la cruzada contra migrantes, Caracas y fantasmas de conspiraciones infinitas.

Por ejemplo, hace unas horas ocurrió una reunión de la Oficina Oval, este hecho, tratada con elevado secretismo para la prensa, generando una infinitud de especulaciones solo en primeros planos (superficiales), de esta manera, y particularmente para este análisis, el hecho es precisamente el reconocimiento dentro del propio aparato de poder estadounidense, de que en Venezuela el “problema ya no es Maduro” sino un entramado de Estado, Fuerzas Armadas, redes económicas legales e ilegales y alianzas internacionales que no se desmontan con una sola jugada, ni militar ni diplomática.

La presencia de la jefa de Gabinete en este encuentro indica que lo que se discute no es solo un plan operativo de carácter militar, sino un rediseño político de mediano plazo: pudiera estar dirigido a definir quiénes serán las caras visibles de la nueva estrategia, qué figuras se queman, cuáles se reciclan y qué tipo de narrativa se construye hacia adentro y hacia afuera. En ese marco, nombres como Marco Rubio o el propio secretario de Defensa, ahora emplazado por serios crímenes de guerra, pueden convertirse en fusibles: si la apuesta de “máxima presión” no consigue ni una caída rápida del chavismo ni una victoria clara que vender al electorado, alguien tendrá que pagar el costo y permitir, entonces, que Trump aparezca como el líder que “corrige el rumbo” sin admitir su propio fracaso.

Desde esta lectura, tiene sentido hablar de una estrategia dual: lo estratégico es la contención a largo plazo de un modelo político y de un bloque de poder (chavismo, fuerzas armadas, alianzas con Rusia/China/Irán, petróleo), y lo táctico es cómo administrar la escalada —amenaza militar, sanciones, negociaciones, gestos públicos— sin desatar una guerra abierta que ni el Pentágono ni buena parte del establishment financiero parecen desear de verdad.

En ese equilibrio, “seguir negociando” no es una señal de moderación sino parte del mismo dispositivo de presión: se negocia para ganar tiempo, reordenar cuadros, medir la resiliencia interna del chavismo y ajustar el calendario de maniobras a las necesidades de Trump dentro de Estados Unidos (elecciones, encuestas decadentes, escándalos sostenidos). Lo interesante es mostrar que detrás de cada amenaza de bombardeo o cada gesto de diálogo hay una pugna de élites donde también están en juego carreras personales, futuros políticos y la supervivencia de un gobierno que necesita victorias simbólicas externas porque, puertas adentro, se le acumulan los costos y los fantasmas.

Para concluir, dejo un perfil actual de lo que representa Trump antes la sensatez. El POTUS no es solo un individuo autoritario sino la expresión concentrada de tendencias estructurales: una élite económica y política que busca garantizar mano de obra dócil, fragmentar a los sectores subalternos y consolidar un aparato represivo disponible tanto para la política exterior como para el control interno.

Trump se convierte, de tal manera, en el “ángel del mal” no porque rompa con el sistema, sino porque lleva al límite sus lógicas más brutales: naturaliza la idea de que el Estado puede invadir hogares, centros de trabajo y ciudades enteras en nombre de una guerra permanente contra enemigos internos, y lo hace envuelto en un lenguaje de salvación nacional que muchos sienten como redención, sobre todo, da aliento a esa nueva oleada supremacista, surgente de una clase media en peligro de ingresar las filas de la clase más pobre.

Lo que está en juego en Minnesota, ahora arrasada y garante de las imágenes que se comparten, y en las demás ciudades apabulladas por ser santuarios o demócratas, no es solo el destino de los inmigrantes sino la forma que adoptará la democracia estadounidense cuando el miedo y la obediencia se imponen sobre las promesas de derechos, propiedad y ciudadanía que el propio país dice encarnar.

¿Qué documentos se pudo haber robado Trump de la Casa Blanca al concluir el mandato, encontrados por el FBI en Mar-a-Lago se corresponde con una estrategia satánica?

En esa clave, los papeles que Trump se llevó de la Casa Blanca y que luego el FBI localizó en Mar‑a‑Lago pueden ser el eslabón material entre todos los hilos: posibles documentos de inteligencia sobre redes de poder (incluido lo que nunca se ha desclasificado del universo Epstein), evaluaciones militares y energéticas sobre Venezuela y otros escenarios, y memorandos internos sobre amenazas y vulnerabilidades de seguridad nacional que, en manos de un expresidente dispuesto a usarlos como seguro de vida, funcionan simultáneamente como escudo frente a la justicia, como ficha de extorsión en la guerra interna de élites y como munición para forzar decisiones de guerra o de represión interna, bajo la sombra implícita de “si caigo, cae todo lo que sé”.

Suerte los que tienen bunker privados del juicio final, el arcángel ya suena las «trumpetas».

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