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Hegemonía, desinformación y la nueva multipolaridad: el relato de Trump frente a BRICS

Donald Trump se aferra a su hegemonía cultural como a una tabla de salvación. Los aranceles no han funcionado como arma de presión efectiva, más allá de sus países subordinados —los que le van quedando—, que aceptaron, incluso gozosos, las imposiciones del «César» de turno.

El discurso de Trump apunta a reafirmar la creación de sentido entre sus ciudadanos y en el occidente colectivo, incluyendo aquellos países culturalmente colonizados. Según este imperator, fue Estados Unidos quien ganó todas las guerras habidas y por haber; en realidad EE.UU. entró en ambas contiendas mundiales convenientemente tarde, cuando su enemigo escogido ya estaba desgastado al punto de no poder resistir efectivamente. Este argumento se basa en el estudio del actuar norteamericano en ambas guerras. Huelga decir que antes, durante y después de concluidas, sus empresas (mientras pudieron) obtuvieron beneficios de varios contendientes. En su mentalidad pragmática, business goes first.

Trump trata de construir sentido aprovechando lo que tiene: el gigantesco aparato mediático estadounidense, del cual las redes sociales son parte esencial. El mandatario tuerce la historia, ignora hechos, impone una visión falseada y viciada, sesga y miente groseramente; algo que sus predecesores al menos intentaron hacer de una manera más sutil y acaso más inteligente.

Pero sus actuales adversarios —al menos así los ve el actual líder— se caracterizan por un gran arraigo histórico, por respetar sus raíces culturales y defenderlas de manera activa. Cada día más países ven en el bloque BRICS un sistema alternativo a la grosera hegemonía de las cañoneras y del discurso amenazante. La nueva multipolaridad comienza a construir su propio sentido, y en eso tanto chinos como rusos son maestros, al ser herederos de fuertes tradiciones culturales y estatales como fueron la Unión Soviética y la China de Mao. Ambos sistemas prestaban una enorme atención a los asuntos históricos y culturales. Ambos sufrieron enormes pérdidas humanas durante las guerras, venían de sistemas de explotación despiadados y, por medio de revoluciones genuinas, llevaron al poder a la clase proletaria. Esos detalles dejan huellas sociales profundas y transgeneracionales —mucha de esa carga simbólica se transmite «casi genéticamente» entre generaciones—.

La nueva multipolaridad es un hecho que va más allá del relato trumpista y de sus amenazas. Se impone mediante la construcción y el fortalecimiento de mecanismos y estructuras de resistencia global. No se podrá detener este proceso con un discurso tosco y confrontacional; el mundo está cambiando lenta pero inexorablemente.

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