Cifras que callan sanciones: la ONEI, el desabastecimiento y la construcción mediática del «Estado fallido» en Cuba

En días recientes, medios alineados con la agenda de Washington y con una larga trayectoria en la difusión de contenidos desestabilizadores contra la Isla han vuelto a la carga. Esta vez, el pretexto es la publicación de un dato de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) que refleja un 95,1 % de imputación de precios en el sector de la salud, una cifra que ha sido presentada de forma descontextualizada y maliciosa como la tasa de “desabastecimiento” de los medicamentos en Cuba. Sin embargo, el dato, en su justa dimensión, adquiere un sentido completamente distinto cuando se examina a la luz del impacto directo, multidimensional y cruel del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos durante más de seis décadas.
Los mismos titulares que hoy publican con alarma el dato de la ONEI omiten sistemáticamente que, según el informe más reciente presentado por Cuba ante la ONU, apenas 16 días de bloqueo equivalen al financiamiento requerido para cubrir todas las necesidades del Cuadro Básico de Medicamentos del país durante un año, estimado en 339 millones de dólares. En solo 25 días de esta política hostil, se podría garantizar el acceso a los fármacos esenciales para toda la población cubana, una ecuación que los grandes medios corporativos jamás incluirán en sus análisis porque derrumbaría por completo la narrativa que pretenden imponer.
Ocultan también que, solo en el último año reportado, las sanciones estadounidenses provocaron pérdidas por 288 millones de dólares exclusivamente en el sector sanitario. Ocultan que la persecución financiera extraterritorial —orquestada desde el Departamento del Tesoro y aplicada con ferocidad por la banca internacional— impide que Cuba pueda realizar pagos a proveedores incluso cuando dispone de financiamiento, generando lo que las propias autoridades del MINSAP han descrito como un bloqueo sistemático de las transacciones en el sistema bancario global por temor a sanciones secundarias.
La matriz de opinión que se busca instalar es clara: construir la imagen de un supuesto “Estado fallido”, incapaz de garantizar los derechos más elementales. Para ello, se apropian de un indicador estadístico que en realidad mide la cantidad de productos del sector salud que no pueden ser localizados por los técnicos para calcular el Índice de Precios al Consumidor (IPC). El hecho de que estos productos no estén disponibles en los puntos de referencia no es una casualidad ni una muestra de ineficiencia estatal, sino la consecuencia deliberada de una política de asfixia económica diseñada precisamente para generar ese escenario de desabastecimiento y sufrimiento en la población cubana.
Es la misma política que obliga a Cuba a pagar por adelantado y al contado cualquier producto importado, que prohíbe el uso de barcos que no sean estadounidenses, que impide el acceso a tecnologías con más del 10 % de componentes fabricados en Estados Unidos y que convierte cada adquisición de un simple antibiótico en una pesadilla logística y financiera. No se trata, como cínicamente alega Washington, de que el bloqueo no impida el acceso a medicamentos. La realidad documentada hasta la saciedad en foros internacionales demuestra exactamente lo contrario.
Frente a esta realidad, Cuba no permanece pasiva ni se comporta como un “Estado fallido”, sino como un Estado Activo. Las autoridades sanitarias han mantenido funcionando el sistema de salud a pesar de la escasez, han reorganizado la distribución de medicamentos priorizando pacientes crónicos, oncológicos y materno-infantiles, y han desplegado una estrategia de cambio de matriz energética con paneles solares en cientos de instituciones de salud para enfrentar la crisis de combustible generada por la misma política hostil. Un Estado fallido no instala paneles solares en 282 policlínicos, 97 hogares maternos o 78 casas de abuelos; un Estado activo, asediado y resistente, sí.
El Estado Activo es el que no depende del Tylenol que mencionó el propio presidente Trump —porque ha desarrollado una industria biomédica propia que produce medicamentos de alta tecnología como el Heberprot-P—, precisamente el mismo fármaco que los estadounidenses no pueden recibir en su propio país debido a las sanciones que su gobierno mantiene contra Cuba. Un millón de ciudadanos estadounidenses no pueden acceder a este producto porque el bloqueo se lo impide, mientras Cuba sigue desarrollando —pese a todas las limitaciones— una de las industrias biotecnológicas más reconocidas del Sur Global.
La manipulación mediática, por tanto, opera en dos tiempos: primero oculta la causa (el bloqueo) y luego presenta el efecto (la escasez) como un supuesto fracaso del modelo cubano. Es la lógica del victimario que se disfraza de fiscal. Los mismos medios que hoy exhiben la cifra de imputación de la ONEI como una prueba de “fracaso” son los que jamás publicarán que 14 horas de bloqueo equivalen a la insulina que necesitan todos los diabéticos del país durante un año, o que 21 horas de bloqueo son exactamente el costo de adquisición de esa misma insulina. Esos cálculos no caben en los titulares de quienes promueven la matriz de Estado fallido, porque cada uno de esos números desnuda la verdadera naturaleza de la política estadounidense: una operación de castigo colectivo contra toda una nación.
El pueblo cubano conoce de primera mano el origen de sus dificultades, y por eso ha resistido durante más de 60 años. La Revolución no es un proyecto fracasado; es un Estado Activo que, asediado, reorganiza, resiste y avanza. Las cifras que los enemigos de Cuba utilizan con tanta ligereza, lejos de demostrar una derrota, se convierten en la prueba más contundente de una verdad inapelable: no son 95 de cada 100 medicamentos los que han desaparecido por ineficiencia, es el bloqueo criminal el que sigue impidiendo que esos medicamentos lleguen a las farmacias. Y aún así, Cuba sigue en pie, cuidando de su pueblo y exigiendo, una vez más: ¡Cuba sí, bloqueo no!




