Fuego amigo

¿Estoy haciéndole daño a la Revolución? Esa es una pregunta que todo militante honesto debiera formularse a sí mismo (o a terceros nobles) de vez en cuando. No todo lo que hacemos o decimos como individuos termina tributando de forma positiva al proyecto colectivo que defendemos, del que nos sentimos parte; y eso implica que nos revisemos a fondo, que dudemos, que analicemos de qué forma nuestro comportamiento pudiera resultar nocivo.
En estos tiempos de redes digitales y de sobreexposición permanente, todo lo que expresemos puede ser objeto de discusión; puede ser analizado, compartido o rebatido. Lo que naturalmente decimos en privado, sin mayores consecuencias, puede resultar razón de polémica en el foro público de Internet. Y para alguien sin compromiso alguno con una organización, con un proyecto político o con un esfuerzo grupal, eso puede ser intrascendente; pero no para un militante.
Por supuesto, está el daño o el menoscabo realizado tras un error, un actuar imprudente (o impúdico) y está el que se realiza de forma intencional, a sabiendas o no de las consecuencias inmediatas o a largo plazo que puedan acaecer. Ese insensato afán de linchar, ya sea por motivos mezquinos o por reacción ante un linchamiento previo; la sospecha neurótica, que envenena el espíritu y nos hace ver testaferros del enemigo en cualquier persona con la que no coincidamos del todo; la intolerancia y el moralismo insulso: todos son atributos que, en definitiva, no contribuyen a seducir a más personas para que se sumen al carromato de la Revolución, sino que constituyen rasgos repelentes.
Nada desanima más que el “fuego amigo”. Un militante revolucionario, armado de confianza y valor, puede resistir cualquier asedio enemigo, cualquier andanada de insultos, cualquier amenaza que provenga de sus adversarios, sin que ello haga mella en sus convicciones. Pero que otros, que él asume son de su bando o que así se identifican, lo cuestionen constantemente, lo ataquen sin rastro de empatía, lo identifiquen como “infiltrado”; que otros, que él entiende son sus camaradas, parezca lo quieran arrojar hacia el otro lado de la Historia, puede hacerlo titubear, puede hacerlo dudar de sí mismo, puede llevarlo, incluso, a la renuncia kafkiana.
Cada vez que una persona no se siente bienvenida en la trinchera de la Revolución, la Revolución pierde. Y pierde no solo porque esa persona ya no le aportará la suma total de sus energías creativas, de su lucha, sino también porque otros verán en esa persona un ejemplo, un escarmiento. ¿Para qué buscarme problemas con indios y con cowboys?
Debemos apercibirnos (y apercibir a otros) de esos errores que tenemos que corregir, de esas formas de interrelacionarnos que son tóxicas, de esas prácticas sectarias o de la indiferencia –igual de nociva– que a veces mostramos hacia ellas. No nos podemos dar el lujo de hacerle daño a eso que tratamos de construir juntos, que es otra forma de decir que no tiene sentido hacernos daños, los unos a los otros, mientras el verdadero enemigo disfruta a distancia.
(Tomado de Granma)