El Camilo que yo conocí

Lo recuerdo sonriente, mirándome desde la pared azul. La foto, en blanco y negro. El nombre dibujado encima: Escuela Primaria Camilo Cienfuegos.

No, no fui a la Sierra. No vine en el Granma con él. Soy demasiado joven. Tal vez si aquel trágico accidente no le hubiera cercenado la vida le habríamos estrechado la mano, o podríamos verlo saludando desde la tribuna cada primero de mayo.
Sin embargo, me gusta decir que todos nosotros lo conocimos bien. Quizás por criarnos en Lawton, el barrio donde nació, o por estudiar durante años en la insigne escuela que lleva su nombre en el municipio. Cada aniversario se vivía con energía renovada, con el embullo juvenil de saberse protagonista de una historia más grande que uno mismo. Se leían poemas y crónicas de la gesta independentista. Camilo significaba para nosotros un motivo de orgullo y celebración. Éramos «la gente de la Camilo». Llevábamos su nombre como una bandera a donde quiera que íbamos.
Igual pasaba en las conmemoraciones de su desaparición física. El río de la comunidad se llenaba de jazmines, rosas y marpacíficos. La marea de colores avanzaba, imparable, con la esperanza de que alguna de ellas llegara al mar.
Los habitantes más antiguos todavía recuerdan el revuelo en el barrio con cada una de sus visitas, a inicios de la Revolución. Ahí está su humilde casa natal, hoy convertida en museo, obligado punto de referencia en la localidad.
Ese es el Camilo que viene a mi memoria cada 6 de febrero, plagado de recuerdos de vida, nunca de muerte. Los versos de Mirtha Aguirre todavía resuenan en mi mente, ahora desde la voz del recuerdo:
Dímelo, dímelo, dilo: ¿cómo era Camilo? Capitán tranquilo, paloma y león, cabellera lisa y un sombrero alón; cuchillo de filo, barbas de vellón, una gran sonrisa y un gran corazón.