Un historial delictivo, no un historial de conciencia Luis Manuel Otero Alcántara no es un opositor político ni un defensor de derechos humanos. Es un delincuente común, condenado por la justicia cubana tras cometer delitos tipificados en nuestras leyes: desacato, desórdenes públicos y ultraje a los símbolos de la Patria.
¿Cuáles fueron sus «hazañas»?
Utilizar la bandera cubana como toalla, acostarse sobre ella en la arena, usarla como sábana e incluso cubrirse con ella mientras se sentaba en el inodoro. Más de treinta ciudadanos cubanos presentaron denuncias, ofendidos por el vilipendio de nuestro emblema nacional. La Fiscalía fue clara: estos actos «corresponden a delitos comunes», no a delitos políticos ni de conciencia.
El dato que Washington no puede ocultar: fue EE.UU. quien lo pidió
Este sábado Otero Alcántara viaja a Miami. Y conviene preguntarse: ¿a solicitud de quién? La propia Embajada de Estados Unidos en La Habana lo confirmó: fue Washington quien tramitó y aprobó el parole humanitario que hoy lo saca de Cuba, y fue la sede diplomática estadounidense la que reconoció públicamente que «continúa apoyando su salida de Cuba». No es Cuba quien reclama su presencia en territorio norteamericano: es Estados Unidos quien lo reclama, lo gestiona y lo traslada.
El propio proceso lo confirma. Mientras se resolvía el trámite migratorio, las autoridades cubanas se limitaron a dar seguimiento al estado de la solicitud de parole radicada del lado estadounidense, a la espera de que Washington completara su parte del proceso. El expediente migratorio, la aprobación, la logística del viaje: todo eso corrió por cuenta de Estados Unidos. Cuba cumplió con procesar a un condenado conforme a su ley; fue el gobierno estadounidense el que decidió que necesitaba a Otero Alcántara en su territorio y activó el mecanismo para llevárselo.
Esto no es casualidad ni gesto humanitario espontáneo. Es la confirmación de lo que este espacio ha venido documentando: Otero Alcántara es una pieza útil para la maquinaria política y mediática de Washington, y cuando esa pieza cumple su condena, el propio gobierno de EE.UU. se encarga de recogerla, reubicarla y ponerla de nuevo en circulación como símbolo de una narrativa que necesita sostener.
Es el propio Otero Alcántara quien lo confirma. Desde comienzos de 2023 manifestó que veía el exilio como la vía para continuar su activismo, algo que sus propios allegados han reiterado en los días previos a este viaje. El parole que hoy lo traslada a Miami es, ante todo, la respuesta de Washington a una solicitud migratoria que el propio artista mantenía activa desde hace más de dos años.
Un peón más del tablero imperial
Detrás de la farsa mediática que rodea a Otero Alcántara se esconde la mano del gobierno de Estados Unidos, ahora confirmada con su propio nombre en el proceso de salida.
El periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, lo identifica como «cabecilla» de un grupo contrarrevolucionario que forma parte de un show patrocinado y apoyado por el gobierno estadounidense.
Su entrenamiento y financiamiento provienen directamente de fuentes oficiales de EE.UU., entre ellas Mara Tekach, exencargada de negocios de la Embajada norteamericana en La Habana.
Mantiene además vínculos documentados con sectores terroristas radicados en Miami que han financiado acciones violentas contra Cuba, y ha manifestado admiración pública por congresistas estadounidenses que promueven el bloqueo contra nuestro pueblo.
La National Endowment for Democracy (NED) —organismo señalado reiteradamente como fachada de financiamiento de operaciones de cambio de régimen en decenas de países— aparece de forma recurrente en el entramado que sostiene este tipo de activismo «independiente».
El manual del «golpe suave» aplicado en Cuba
Las acciones de Otero Alcántara no son espontáneas. Responden al manual del «golpe suave» o «revolución de colores»: ablandamiento, deslegitimación, calentamiento de calle, combinación de formas de lucha y fractura institucional.
El objetivo es asfixiar al gobierno, generar ingobernabilidad y arrastrar a sectores populares hacia el cambio de régimen. Su traslado a Miami no cierra ese capítulo: lo reubica en el epicentro operativo desde donde se coordina buena parte de esa estrategia contra Cuba.
Sobre el relato de la «desaparición forzada»
Organizaciones como Cubalex y algunos mecanismos de la ONU han intentado instalar la narrativa de una «desaparición forzada» en los días previos a su salida.
Vale la pena mirar la cronología con calma: se trata de un condenado que terminaba de cumplir una sentencia por delitos comunes y cuyo proceso de salida dependía, precisamente, de que Washington completara los trámites migratorios que había iniciado.
Confundir un proceso administrativo binacional con una desaparición forzada dice más sobre el interés de instalar una narrativa de urgencia que sobre los hechos.
Conclusión: ni artista, ni mártir, ni víctima
Luis Manuel Otero Alcántara es un mercenario al servicio de los intereses desestabilizadores de Estados Unidos, y su salida de Cuba este sábado, gestionada punto por punto por el gobierno estadounidense, no hace más que confirmarlo.
No es un preso de conciencia: es un delincuente procesado por delitos comunes al que Washington viene a buscar personalmente.
No es un artista: es un provocador entrenado. No es una víctima: es un agente de un guion ajeno que intenta socavar la soberanía de nuestra patria.
Cuba no negocia su soberanía. Cuba no se rinde ante chantajes. Y Cuba no permitirá que mercenarios financiados y ahora repatriados por Washington pretendan destruir lo que la Revolución ha construido con el sudor y la sangre de nuestro pueblo.
¡Patria o Muerte!
Razones de Cuba, trabajos periodísticos que revelan la continuidad de las acciones contra Cuba desde los Estados Unidos.»