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La niebla del tiempo y la verdad. Razones para continuar

Han pasado 70 años desde el asalto a la fortaleza del Moncada, un lejano 26 de julio de 1953. Por ley natural, las causas que dieron lugar a la Revolución cubana van quedando en la memoria viva de una generación que se reduce biológicamente y hoy cuenta con más de 85 años de edad promedio. El resto de los cubanos nacidos después de la fecha ha recibido información mediante la transmisión oral y otras vías formales y no formales. Los más jóvenes evidentemente a través de sus maestros, libros y soportes audiovisuales.

Por ejemplo, hoy darle sentido y significado a los versos del poema “Tengo” de Nicolás Guillén resulta complejo, han cambiado las condiciones y los referentes que condujeron a la Generación del Centenario aquellos días. Es inverosímil pensar en aquellas causas y la relación con el desarrollo actual de la nación, para algunos, es algo tan lejano en el tiempo que resulta más fácil cualificarlos como una fantasía de libros.

“Cuando me veo y toco

yo, Juan sin Nada no más ayer,

y hoy Juan con Todo,

y hoy con todo,

vuelvo los ojos, miro,

me veo y toco

y me pregunto cómo ha podido ser”.

Interiorizar el asombro que trasmite Guillén en la justa magnitud que lo inspiró es casi imposible. Sin embargo, ahí están las estrofas para ser releídas, entonadas y revividas mediante el milagro de la poesía. Cualquiera de nuestros familiares o vecinos, protagonistas de aquella gesta, pudieran ayudar a comprenderlas y enriquecer el contenido desde las experiencias (invito al ejercicio).

Lo que pocos recuerdan —porque fueron sacados de ese estatus de pobreza— es que eran humildes, muy humildes. En aquel entonces: funcionarios públicos y obreros los más favorecidos; los menos, campesinos, jornaleros, desplazados por las compañías y consorcios americanos o de capital criollo. Nada tenían, pocos derechos les asistían.

Por lo regular, era la suma cultural de emigrantes que llegaron a los principales puertos de la isla evitando los conflictos mundiales o escapados de sistemas políticos represores, generadores de pobreza y subdesarrollo. Nada menos que hambreados de Europa continental o insular, de Asia; los más, descendientes de esclavos nacidos en la última colonia española que, mezclados ya, ostentaban la condición de criollos.

El resultado: seres humanos que habían quedado atrapados nuevamente en otras penurias provocadas por una prolongada guerra de independencia y varias intentonas revolucionarias en los primeros 40 años de la República. En mayoría reconcentrados en cinturones de pobreza de las grandes ciudades, agravados por los desmanes del neocolonialismo. Y es que definitivamente venían directa o indirectamente de familias que seguían sin hacienda ni herencia.

Impulsado por múltiples razones sociales y políticas esa enorme masa de humildes llegó al poder el 1ro. de enero de 1959 y de pronto se encontró con las armas en las manos y germinando con una Revolución triunfante. Sentían el asombro de haber alcanzado el poder político y el control de los destinos socioeconómicos del país. De este proceso deviene una de las razones fundamentales que nos asiste en estos tiempos: La Revolución se hizo con los humildes y para los humildes, no para crear nuevas oligarquías política o económica.

Algunos han olvidado que ocurrió un hecho sin precedentes liderado por jóvenes adolescentes de experiencia política, impulsados por el romanticismo y el ideal surgido de la quimera de libertad de los próceres de la independencia, fenómeno poco explicado por una teoría hasta entonces. Ahí el mérito de los líderes y protagonistas, a la vez, la exacerbada contradicción con aquellos que no concibieron que los “descamisados” lograran alcanzar el triunfo y darle continuidad a puro corazón.

Apareció entonces la inconformidad irracional de los “burgueses” y la “oligarquía” remanente y de aquellos que confundidos de bando hicieron el juego a la contrarrevolución, siempre amplificados por los EEUU, quienes, por orgullo y prepotencia jamás entendieron que los “desfavorecidos” al despertar pudieran decir:

Tengo, vamos a ver,

tengo el gusto de andar por mi país,

dueño de cuanto hay en él,

mirando bien de cerca lo que antes

no tuve ni podía tener.

Zafra puedo decir,

monte puedo decir,

ciudad puedo decir,

ejército decir,

ya míos para siempre y tuyos, nuestros,

y un ancho resplandor

de rayo, estrella, flor.

Tengo, vamos a ver,

tengo el gusto de ir

yo, campesino, obrero, gente simple

tengo el gusto de ir

(es un ejemplo)

a un banco y hablar con el administrador

no en inglés,

no en señor,

sino decirle compañero, como se dice en español.

Tengo, vamos a ver,

que siendo un negro

nadie me puede detener

a la puerta de un dancing o de un bar.

O bien en la carpeta de un hotel

gritarme que no hay pieza,

una mínima pieza y no una pieza colosal,

una pequeña pieza donde yo pueda descansar.

Tengo, vamos a ver,

que no hay guardia rural

que me agarre y me encierre en un cuartel,

ni me arranque y me arroje de mi tierra

al medio del camino real.

Tengo que como tengo la tierra tengo el mar,

no country,

no jailáif,

no tenis y no yacht,

sino de playa en playa y ola en ola,

gigante azul abierto democrático:

en fin, el mar.

Tengo, vamos a ver,

que ya aprendí a leer,

a contar,

tengo que ya aprendí a escribir

y a pensar

y a reír.

Tengo que ya tengo

donde trabajar

y ganar

lo que me tengo que comer.

Tengo, vamos a ver,

tengo lo que tenía que tener.

Tengo… tenemos una responsabilidad histórica con las generaciones venideras. La sustentabilidad no solo debe ser ambiental y de los recursos naturales, también debe ser cultural, política. Enseñar desde la cultura representa demostrar con herramientas y recursos bien plantados, en ello la educación tiene un rol protagónico.

Es una urgencia llegar a tener mejores maestros, mejores comunicadores, mejores redes temáticas y territoriales, mejor enseñanza. A la vez, identificar los nuevos retos y necesidades y trabajar incansablemente en su solución desde la participación. En la medida de lo posible anticiparnos, ser prospectivos.

No dejar fenecer la historia es una razón más que del presente, del futuro. El águila con sus alas extendidas sobrevuela sin descanso, mientras sus acólitos acechan.

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