La política estadounidense tiene un concepto que resume el debilitamiento de un presidente en la recta final de su mandato: el “pato cojo”.
Donald Trump, al encontrarse en su segundo período y sin posibilidad constitucional de aspirar a un tercero, entra inevitablemente en la condición de PATO COJO. La pérdida de horizonte electoral reduce su capacidad de presión sobre congresistas y gobernadores, pues muchos ya miran hacia el futuro y hacia nuevas figuras dentro del Partido Republicano.
El desgaste institucional se suma a este escenario, también al ejecutivo que lo ha acompañado en el periodo le espera el mismo destino, aunque algunos quedarán en la olla. Los tribunales han frenado varias de sus iniciativas y, en el Congreso, algunos legisladores republicanos comienzan a marcar distancia. La caída en los índices de aprobación refuerza la percepción de declive. De más de la mitad del electorado que lo apoyaba en su primera etapa, ahora apenas conserva un tercio sólido. Esa erosión de popularidad limita la capacidad de negociación y lo obliga a recurrir con mayor frecuencia a órdenes ejecutivas o a gestos de alto impacto mediático para mantener protagonismo, cosa que le consume mucha energía.
En este contexto, la política de máxima presión sobre Cuba puede verse afectada de dos maneras. Por un lado, el debilitamiento institucional reduce la posibilidad de aprobar nuevas sanciones de gran alcance, pues el Congreso podría bloquearlas o simplemente ignorarlas. Por otro lado, la necesidad de mostrar fuerza ante su base electoral lo empuja a mantener un discurso agresivo contra la Isla, utilizando a Cuba como símbolo de resistencia al “comunismo” y como cortina de humo frente a los grandes problemas internos. La paradoja es clara: cuanto más se debilita su margen de maniobra, más puede recurrir a gestos unilaterales de presión para sostener la narrativa de dureza.
La condición de “pato cojo” no significa inactividad, sino un cambio en la naturaleza del poder presidencial. Trump, consciente de que su tiempo se agota, puede intensificar medidas de impacto inmediato —bloqueos energéticos, sanciones selectivas, presencia naval en el Caribe— aunque carezcan de respaldo legislativo duradero. Para Cuba, esto implica un escenario de tensión sostenida, pero con menor capacidad de transformación estructural: más ruido político y mediático, menos efectividad estratégica.
En conclusión, el “pato cojo” Trump se convierte en un presidente que, debilitado en su influencia institucional, puede recurrir a la política de máxima presión sobre Cuba como recurso simbólico y electoral. La Isla se mantiene en el tablero, tanto por su peso real en la agenda electoral estadounidense, como por haber sido el instrumento de un presidente que buscó prolongar su narrativa de fuerza en medio del declive inevitable, ya veremos, después del día 0 quienes quedan a su lado.
Nada, cosas del destino, dirán unos, del karma dirán otros.