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El Popocatépetl es el segundo volcán más alto de México. Se eleva 5 426 metros sobre el nivel del mar (más del doble que el Pico Turquino) y se halla a unos 70 kilómetros de Ciudad de México. Su nombre significa cerro humeante y es uno de los volcanes en activo que más preocupación despierta en la comunidad científica y en la población general. Su última erupción fue apenas el año pasado. La ascensión es un reto complejo, lleno de empinadas pendientes y nieve.

Símbolo de la geografía mexicana, el Popocatépetl es destino obligado para entusiastas del alpinismo. El 12 de octubre de 1955 la expedición dirigida por el doctor León Bessudo se unió al grupo selecto de seres humanos que han alcanzado la cima del volcán: uno de sus integrantes respondía al nombre de Ernesto Guevara.

Todavía no era el Che, pero ya tenía asma y un carácter amante de los desafíos. Para el joven Guevara, la existencia misma del Popo (como lo llamaba) era una perenne invitación a vencer no solo el agreste ascenso, sino también a conquistar un espacio que sus límites físicos insistían en negarle. Y, claro, también necesitaba el entrenamiento.

Ernesto Guevara todavía no se convertía en el Che, pero ya conocía a Fidel y a los moncadistas; ya se había enrolado en aquella aventura que terminaría siendo legendaria: la aventura del Granma y de la liberación de Cuba. El argentino entrenaba con el fusil, en prácticas de tiro, y recibía lecciones de táctica militar, junto a los cubanos del Movimiento 26 de Julio, impartidas por el español Alberto Bayo. Aquel grupo multiétnico y plurinacional intentaba prepararse para darle guerra sin cuartel a la tiranía de Batista. Claro que él apuntaba todavía más lejos: aunque aún no era el Che, ya deseaba llevar la lucha a toda América Latina.

«Tú estás más loco que yo», le diría Fidel, riendo. Años después, en entrevista con Ignacio Ramonet, el Comandante recordaría aquellos días de formación e incertidumbre y, en particular, a aquel argentino frontal y valiente, que increpado por las autoridades mexicanas sobre su filiación política respondería: «Sí, yo soy comunista».

Fidel también recordaría en esa entrevista la obsesión del Che con el Popocatépetl: «Todos los fines de semana trataba de subir (…). Preparaba su equipo (…) iniciaba el ascenso. Hacía un enorme esfuerzo y no llegaba a la cima. El asma obstaculizaba sus intentos. (…) Pero volvía a intentar de nuevo subir, y se habría pasado toda la vida intentando subir el Popocatépetl. Hacía un esfuerzo heroico, aunque nunca alcanzara aquella cumbre. (…). A él no le importaba lo difícil. Lo intentaba, y estaba seguro de que llegaría».

Y llegó. Pese al asma, la nieve y la altura, Ernesto pudo contemplar ese azul intenso que corona el Popocatépetl. Según el doctor Bessudo, al joven Guevara se le veía feliz, henchido. Sería en otras alturas, más húmedas y calurosas, donde el argentino se convertiría en mito; sería en la Sierra Maestra donde nacería la leyenda del Guerrillero Heroico. Aquel joven todavía no era el Che, pero ya se le adivinaba la fuerza de volcán que llevaba dentro.

Tomado de Granma

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