Foto: Martirena - Vocación Mercenaria
Foto: Martirena - Vocación Mercenaria

Por Elson Concepción Pérez

De que los hay, los hay. Quienes apuestan siempre por llamar la atención, con ínfulas de líderes, que trazan pautas y –muy importante– cobran por lo que hacen. Eso es ser mercenario.

Acudo al diccionario y leo: «persona que, a cambio de dinero, combate a favor de un poder extranjero. Puede, incluso, ingresar a esa guerra por su afán de lucro, y no por motivos ideológicos».

Por lo que hoy se deja ver, no siempre el mercenario tiene un fusil en las manos para subvertir violentamente. En los actuales escenarios comunicacionales, como las redes sociales, proliferan también los difamadores incendiarios que, por tarifas bajas, se venden empaquetados en el irrespeto a su propia nación, amparados no solo en la repetición de la mentira, sino, en muchos casos, en la vulgaridad y en la ofensa.

Un denominador común los identifica: desprecian a su país, a su pueblo, a la obra que se levanta, y lo hacen a través del odio, la insistencia perversa en alterar el orden, desestabilizar la sociedad en que viven, porque es el interés del extranjero que paga.

Dan náuseas tales afiliaciones vendepatrias, partidarias de siniestras sanciones extraterritoriales que hagan padecer a los ciudadanos del país donde ellos mismos nacieron y hasta viven. Cuestionan todo, pero no proponen nada que convenga al bien colectivo, con lo que todos concuerden y se dispongan a construir unidos. Nada habrá que no sea destruir, para después servir a los mercaderes, los escombros de su país en bandeja de plata.

En el show reciente de quienes, desde Cuba, orquestaron las escenas mediáticas frente al Ministerio de Cultura, hubo varios que no tienen más argumentos que vejar la bandera nacional, insultar a las autoridades del orden, asediar a funcionarios públicos, rogar abiertamente la invasión militar del más grande enemigo de su tierra, como si misiles y metralla pidieran credenciales para matar.

Con los mercenarios, con los que parlotean según los dólares que reciben, el mejor diálogo siempre será la actuación serena pero firme. Toda conversación será posible mientras medie el respeto, la inclusión, la ética y la idea del bien colectivo.

Cuando indagué cuán bien le cae el calificativo de mercenario a estos personajes, encontré similitud entre el que actúa como tal en una guerra convencional, y el que agita grupúsculos en las trincheras mediáticas: sus financistas.

A los mercenarios de las guerras que promueve Estados Unidos por el mundo, por lo general, los emplean compañías privadas, como Blackwater, tristemente recordada por los horrores que asolaron poblaciones de Iraq, Libia, Siria y Afganistán, entre otras.

Los que llevan celulares por fusiles, los que filman a retazos para construir, después, una «verdad» artificial, responden a una catadura moral con etiqueta de precio.

A esos también los contratan «compañías» con dueños altamente oficiales, como el propio Gobierno estadounidense: la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (Usaid), la Fundación Nacional para la Democracia (NED), y la Fundación cubano-americana, entre otras.

Bajo esas mascaradas se mueven montos millonarios, aunque apenas migajas lleguen a los títeres en el terreno, quienes, complacidos, ignoran las tajadas con las que se quedan sus titiriteros e incontables intermediarios, de los cuales, estos acá, son carne de cañón, ensartada –para que se lo crean– en una punta de lanza.

Cifras revelan que el pasado año, en medio de la pandemia por la COVID-19, solo el Departamento de Estado ofreció un millón de dólares para articular el apoyo a quienes, arropados en el fracasado intento subversivo del grupúsculo de San Isidro, se sumaran a la promoción de la desobediencia civil en la nación.

Los que, por morder el anzuelo financiero lanzado desde Estados Unidos, llegan a reconocerse y hasta proclamarse líderes de inventados proyectos, no pueden ocultar su vocación mercenaria, expresada en el odio que sienten por su propio pueblo.

Tales actuaciones siempre son aborrecibles, muchas veces hasta por sus contratistas.

Tomado de Granma

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