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Por: Luis Toledo Sande

Cuando empresas biotecnológicas de las más poderosas del mundo planeaban producir sus vacunas contra la COVID-19, o apenas comenzaban, las anunciaron con ese nombre, y así siguieron llamándolas: vacunas. Mientras tanto, Cuba trabajaba en ese frente y, llegado el momento, anunció que ya tenía, en estudio, candidatos vacunales.

Pronto fueron cinco, pero les mantuvo ese nombre. La mesura terminológica expresaba, expresa, responsabilidad, virtud de la que, como de otras, carecen quienes medran con las enfermedades y la muerte de seres humanos. Pero propulsores de la saña anticubana preguntaban en solfa cuándo iba finalmente Cuba a tener vacunas.

Sobre algunas de las producidas por empresas capitalistas pesan sospechas, o más, de efectos adversos no siempre benignos. Pero los medios desinformativos hegemónicos, montados en la misma cadena de negocios de quienes las producen y comercializan, o que son parte de ella, eluden el peliagudo asunto o no ponen énfasis en él.

Al decir esto no se avalan campañas oscurantistas sectarias dirigidas contra las vacunas en general. Solo se apunta que abundan personas alarmadas por las señales de efectos graves, muertes incluidas, con que se vinculan en distintos grados las vacunas que son fruto del negocio. Ha circulado que alguna agencia internacional que debía velar por la salud de los seres humanos autorizó a una de las empresas a cambiarle el nombre a su vacuna para evadir aprensiones que podrían restarle clientela.

El “todo vale” se aplica a todo. Las empresas privadas que recibieron fondos públicos para producir sus vacunas, acuden a procedimientos mafiosos —se les ha comparado con el crimen organizado— para engrosar sus arcas y se desentienden de quienes corren el peligro de enfermar y morir porque no tienen con qué pagar para que se les vacune. Semejante realidad se inscribe en reglas del juego por las cuales en años recientes varios gobiernos destinaron fondos de sus naciones a salvar bancos que seguirían enriqueciéndose a expensas de los pueblos.

Cuba, donde ya por lo menos dos de sus vacunas cumplen felizmente la tercera fase de pruebas con expedientes altamente satisfactorios, y en función de esas pruebas se han vacunado unos cuantos miles de personas, sigue hablando de candidatos vacunales, aunque ya es inminente la vacunación masiva, y gratuita, de su población. Así ratifica el sentido de responsabilidad y vocación humanitaria de su proyecto socialista, y de los servicios médicos que en consecuencia brinda.

De tal envergadura va siendo su logro que algunos medios de prensa poderosos no han podido ignorarlos, aunque por entre datos destilen enfoques tendenciosos para devaluar no solamente las vacunas y los servicios de salud de Cuba. Dirigen sus ataques, sobre todo, contra el modelo de sociedad que ella se afana en construir.

A eso obedece en primer lugar su prudencia al hablar de candidatos vacunales, sin obviar los cuidados en que debe esmerarse un país sobre el cual pende la ojeriza de potentes fuerzas interesadas en desacreditarlo. Se ha dicho que si en un rincón de Cuba alguien estornuda, los medios de la mentira informarán que la nación peligra por una ola de tuberculosis pulmonar y otras enfermedades respiratorias.

En cuanto a las vacunas, no se descarte que si alguien, tras recibir una de ellas, es atropellado en la calle por un carretón de caballos, los medios mentirosos difundan que no pudo esquivar la embestida del vehículo porque el peligroso fármaco lo había privado de reflejos. Acaso hasta pidan que se investigue al carretonero para saber si también había recibido la vacuna y ella lo aletargó o le generó instintos homicidas.

Esos chistes retratan el silencio y los escamoteos con que se han tratado los logros de Cuba frente a la COVID dentro y fuera de su territorio. Se oculta o se tergiversa no solo lo que este país hace contra la pandemia en marcha, sino todo cuanto en la salud y en más terrenos ha hecho durante seis décadas.

Para solo hablar de vacunas, las primeras que ha creado no son las destinadas a combatir el SARS-CoV-2. Vale recordar, entre sus medicamentos, tres vacunas: la antimeningocócica, la que previene la hepatitis B y la que mejora la calidad de vida de pacientes que sufren cáncer de pulmón.

Pero Cuba no trabaja ni ha de trabajar para complacer a calumniadores o librarse de ellos, que no se detienen ante nada. La meta de este país es y debe continuar siendo el bienestar de su pueblo, y auxiliar a otros, incluso con sus vacunas. En medio de la pandemia confirma cuánto se puede hacer, pese a obstáculos de toda índole, señaladamente el genocida bloqueo, cuando se aúnan tenacidad, ética, vocación de trabajo, inteligencia y conocimientos. Lo sabía el guía de la Revolución, principal impulsor de los avances de Cuba no solo en el plano científico.

Una de las lecciones para el país derivadas de tan altos frutos, ha sido corroborar que no se puede esperar a que el bloqueo cese para hacer lo necesario. Sería injusto ignorar lo que otros frentes hayan estado dispuestos a hacer y hayan hecho con igual fin; pero los resultados de la brega científica —donde Cuba tenía mucho menos acervo que en la agricultura y en otras esferas— marcan pautas.

Contra sus lograzos, no obstante, operan déficits internos de los cuales le urge librarse no solo para mantenerse viva —aspiración tan necesaria como insuficiente—, sino para avanzar cada vez más. Uno es la escasa sistematicidad, por lo que hasta podría añorarse que todos nuestros problemas fueran extraordinarios para que seamos capaces de resolverlos exitosamente y con relativa rapidez.

Sin ignorar la interrelación que vincula las distintas piezas del funcionamiento social, otro déficit señalable concierne a las insuficiencias en la disciplina y la educación. Los virus se propagan al margen de la voluntad humana, pero desde ella se puede restringir su expansión.

Los propios medios destinados a informar deben ser más coherentes, más sistémicos, en el lenguaje y las imágenes que usen. De poco vale teorizar sobre la utilidad del nasobuco y el distanciamiento físico si luego aparece en pantalla una fiesta en que las personas, durante un espectáculo televisual, no respetan ninguno de esos requisitos.

Tampoco se menosprecie el mal entendimiento de qué es la igualdad. El país debe auspiciar y facilitar todo cuanto acertadamente conduzca a la equidad y a que la población se equipare en los más altos valores conductuales y éticos, y en lo mejor y más útil del saber. No anuencia alguna para mimar al lumpen: este, antisocial por definición, representa en su desparpajo un vector efectivo para el contagio en el desacato de normas y la renuncia a virtudes fundamentales.

La indisciplina también mata, y no caben concesiones ante ese mal, ni desconocer la levadura que para su crecimiento aporta el lumpen. Ello se verá no solo en las colas y en el transporte público, y en los enervantes ruidos con que se ven obligadas a convivir personas que no los propician. También se apreciará en el alto grado en que el trabajo de salud pública y las ciencias al servicio de la colectividad se puede ver afectado por negligencias y por actos delictivos.

Sobrecoge ver la catadura de los personajes más sobresalientes vinculados a la contrarrevolución. Los hay que se alquilan y montan escenas que podrían servir de pretexto para el reforzamiento de las agresiones contra Cuba, incluso armadas, por parte del imperio que intenta asfixiarla. También están los que —de alquiler igualmente— infaman imágenes sagradas de la patria o se ofrecen para cometer sabotajes que podrían truncar vidas humanas y dañar seriamente la economía de la nación.

Es necesario tener no solo eficaces medios de inteligencia y contrainteligencia, sino una conciencia educacional acompañada de recursos y acciones —persuasivas o represivas, según corresponda— para poner freno al fermento contrarrevolucionario concentrado en el lumpen y en zonas poblacionales que él pueda infectar, o haya infectado ya con auxilio de la indolencia. Esta puede ser una aliada de la contrarrevolución, y una fuerza nociva en sí misma, objetivamente contrarrevolucionaria.

Vale incluso pensar que hasta contrarrevolucionarios convencidos, pero que intenten conservar algún grado de decencia, sentirán pavor al ver quiénes se prestan para actuar como “combatientes” de la contrarrevolución. No hay que ser lombrosiano ortodoxo —y ni siquiera como lo es, libérrimamente y por su cuenta, quien esto escribe—, para aterrarse ante los rostros de tales personajes siniestros.

No digamos ya ante su conducta y sus maneras expresivas, que oscilan entre la oligofrenia y una mala educación que no debería existir en un país que tanto ha hecho por elevar el nivel de instrucción general. A finales de este año celebrará la vacunación de todo su pueblo y el aniversario 60 de la Campaña Nacional de Alfabetización.

Sí, de esa obra de saberes y amor que está en la base de todo lo bueno que hoy Cuba puede hacer, y hace, en el terreno de la salud y, en general, de distintas ciencias. Las centradas en el conocimiento, la conducción y la transformación de la sociedad tienen también mucho que aportar a tratamientos preventivos, terapéuticos, quirúrgicos y vacunales en sus áreas de acción.

Tomado de CubaDebate

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