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La Habana, Cuba. – Desde que estalló la pandemia de la Covid-19 a finales del 2019, el mundo puso sus ojos en una posible vacuna para cortar el avance del nuevo coronavirus identificado como SARS-CoV-2  y que en pocas semanas se expandió por todo el planeta, con una cifra creciente de enfermos y fallecidos.

Desde el inicio, arrancó una fuerte carrera por obtener la vacuna, llegándose a registrar medio centenar de candidatos vacunales, en su mayoría procedentes de naciones ricas con un amplio potencial científico y tecnológico.

Más de un año después de los primeros casos reportados en la lejana ciudad china de  Wuhan, el proceso de vacunación se acelera en el planeta, aunque con una distribución desigual y en beneficio de aquellos países que más pueden pagar por el medicamento.

Vacunas … un negocio rentable?

En un inicio, las grandes farmacéuticas del mundo no mostraron mucho entusiasmo en estudiar y desarrollar una vacuna contra el SARS-CoV-2 .

Firmas reconocidas en el mundo de los medicamentos como Oxford-AztraZeneca, Johnsons&Johnson, Novavax, Moderna, Pfizer/BioNTech y otras más no manifestaron un entusiasmo inicial, desgano también presente en los inversores privados que no encontraban incentivos financieros para sus bolsillos con una vacuna.

Varias son las razones que condujeron a la indiferencia inicial.  La creación de vacunas, especialmente en caso de una emergencia sanitaria, no ha demostrado ser muy rentable en el pasadopues una vez controlado el pico pandémico las demandas de los preparados descienden o buscan una meseta de mercado.

Si a esto se le añade que el proceso de descubrimiento lleva tiempo y su apresuramiento está lejos de ser seguro e inocuo a los seres humanos, esto funciona como retranca a iniciar esos estudios.

A estos argumentos se suman otros meramente mercantiles y donde el interés sanitario público no encaja, de ahí que las grandes farmacéuticas valoren  que las naciones más pobres necesitan grandes suministros pero no pueden permitirse pagar precios altos, razón que las vacunas resultantes tienen que ser baratas, lo cual no está en su filosofía de mercado. Basado en eso, las farmacéuticas enfocan sus investigaciones y producción hacia los países más ricos, especialmente en medicamentos que requieren dosis diarias, razón que los hacen más rentables.

La expansión del virus, el creciente número de enfermos y la elevada cantidad de muertes actuaron como un resorte de presión frente a los gobiernos que tuvieron que reaccionar con medidas sanitarias para contener el problema y a las largas, apostar por una vacuna que detenga el contagio, por esa razón las arcas de muchos gobiernos se abrieron para financiar los estudios de las grandes farmacéuticas, renuentes a realizar inversiones desde sus propios recursos.

Europa y Estados Unidos son las regiones donde el financiamiento procedentes del Estado ha llegado con más fuerza a las farmacéuticas. Los datos de financiamiento son elocuentes: Novavax recibió 1 570 millones de dólares,  Oxford-AztraZeneca contabilizó una ayuda por 2 220 millones, mientras Moderna y Pfizer/BioNTech contabilizan sumas de 562 y 545 millones cada una. En total esas grandes compañías recibieron fondos de gobiernos, cuentas privadas y organizaciones sin fines de lucro por un monto total superior a los 8 mil millones de dólares para financiar la búsqueda de vacunas contra la Covid-19.

Un factor de apreciación cambió la perspectiva de las farmacéuticas sobre las vacunas para la Covid-19, su rentabilidad por encima de cualquier otra consideración sanitaria.

En la medida que los estudios clínicos sugieren que la Covid-19, tal como la gripe o enfermedad estacional, llegó para quedarse y va a requerir inyecciones de refuerzo anuales para lograr la inmunidad de las personas, entonces sí podría ser rentable para las empresas, de ahí la decisión de impulsar el estudio y producción de las vacunas.

Llenando los bolsillos

La reacción de todas la grandes farmacéuticas no parece ser igual, mientras algunas mantienen una postura ética de vender sus productos a precios bajos, teniendo en consideración el enorme respaldo financiero recibido desde los gobiernos y otras fuentes, existe otro grupo que busca una ganancia extrema para sus cuentas.

En el primer grupo están la farmacéutica estadounidense Johnson & Johnson y la británica AstraZeneca, esta última asociada a la Universidad de Oxford, quienes venden sus preparados a precios bajos. En el otro extremo está Moderna, una pequeña empresa de biotecnología que ha fijado su vacuna hasta 37 dólares la dosis.

La gama de precios es hoy muy variada, ajustada en gran medida a la demanda y a la capacidad de pago que tienen los gobiernos más ricos, dispuestos a gastar millones para tratar de controlar la epidemia.  Sin que resulten tasas fijas, hoy los precios de las vacunas van de 4 a 37 dólares la dosis.

La china Sinovac mantiene precios entre los 13 y los 29 dólares, mientras Pfizer/BioNTech expende su preparado a 19 dólares, Novovax a 16, Curevac a 11 y la rusa Sputnik V se contabiliza a 10 dólares la unidad.

Además del problema de los precios de las dosis, las vacunas contra la Covid-19 están sacando a la luz un viejo problema que marca las relaciones Norte-Sur y es referente a la transferencia de tecnología.

Ya varias voces en el mundo alertan sobre la posición de la mayoría de las farmacéuticas que retienen para sí la tecnología y los resultados de sus investigaciones, lo que no facilita la producción de vacunas en otras naciones.

Las críticas vienen también hacia los gobiernos que aprobaron fuertes financiamientos para esas empresas en la búsqueda del preparado antiCovid-19 y no pusieron reglas que obligaran a las farmacéuticas a compartir y transferir sus resultados a fin de poder fabricar vacunas  en otros laboratorios.

Esta situación pone en total desventaja y dependencia  a naciones del sur que no tienen acceso a los datos, procedimientos y manejos tecnológicos para producirlas, aun teniendo capacidades de laboratorios e industrias para replicar algunas de esas formulaciones. Naciones como la India, Sudáfrica, Brasil y México pudieran fabricar esas vacunas a partir de la transferencia que hagan las grandes farmacéuticas, hasta ahora negadas a compartir sus conocimientos, mientras se adentran en una competencia mercantil entre ellas para ver quién vende más dosis.

En esta batalla por los mercados, las grandes farmacéuticas han firmado cartas de intención con los países, con volúmenes que superan sus capacidades reales de producción y distribución, lo que ha provocado desacuerdos y reclamaciones de naciones que no están recibiendo la cantidad de lotes pactados.

A todo esto se suma un problema  tecnológico relacionado con la conservación y cadenas de distribución de los fármacos, en su mayoría necesitados de cadenas de frio de muy bajas temperaturas, lo que dificulta su transportación, almacenamiento y manejo, en particular en las unidades asistenciales de base donde se deben aplicar las dosis.

Mientras el mundo sigue enfrentando una pandemia que ya deja más de 112 millones de personas infectadas y ha causado la muerte a cerca de 2 millones y medio de seres humanos, la producción de vacunas contra la Covid-19 constituye un campo de batalla donde para algunos, el dinero sigue siendo su principal incentivo.

Tomado de Radio Reloj

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